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Chapter III

Miré mi taza de café a medio camino de vaciarse. Aún estaba caliente pero a esta altura ya iría en mi segunda taza.

Los pastelillos todavía seguían en el plato, siquiera los había tocado. Y eso era raro porque los de anís eran mis favoritos y hasta el momento no había probado bocado alguno.

Esta conversación que John y yo teníamos me estaba destruyendo por dentro.

— Mis padres fueron muy sobreprotectores conmigo. Apenas me dejaban salir por las noches cuando cumplí dieciséis.

—  Eres el más pequeño de los hermanos, ¿cierto?

— ¿Cómo lo sabes?

— Porque siempre es así. Todos los errores que tus padres cometieron con tus hermanos no volverán a ser cometidos contigo.

— ¡Me asfixiaban! —Golpeé la mesa con las manos.

— Ellos te quieren.

— Si me quisieran me hubrían dejado ser lo que yo quería.

John se inclinó hacia atrás, manteniendo una mirada seria sobre mí. Supongo que debería de estar pensando en cómo podría convencerme de que el solucionar las cosas con mis padres sería la razón por la que «Dios» —si es que sí existe—, quiso que me quedara. Pero la verdad es que yo no me dejaré convencer. Me fui de mi casa por una razón, y esa razón son mis padres.

— ¿Por qué no me cuentas qué fue lo que sucedió?

Dejé que mi boca soltara un suspiro. Sabía muy bien cómo era John y no se detendría hasta que le contara todo.

Decidí llamar a Molly para que trajera una jarra de café y la dejara en la mesa. Aquella sería una larga historia.

— Mi hermana mayor tiene treinta años, mi hermano tiene casi veintiocho y yo recientemente cumplí veinticinco. Al principio todo iba bien. Supongo que como era el más pequeño mis padres siempre me consentían, pero eso no significaba que dejaran a mis hermanos de lado. Ellos me complacían porque sabían que mis hermanos se irían algún día y yo seguiría un tiempo más con ellos.

» Cuando mi hermana entró a la universidad las cosas cambiaron un poco. Mi hermano se hizo un poco más rebelde de lo que ya era, y mis padres comenzaron a tener problemas con él — miré mi taza  y con mis dedos comencé a girarla sobre el pequeño plato. El recordar a mi padre y a mi hermano gritando no era un lindo recuerdo—. Mi padre vivía discutiendo con él. Diciéndole que estaba arruinando su vida y que era un mal ejemplo para mí. Supongo que al final tenía razón —me encogí de hombros, mostrando algo de indiferencia—. Pero mi decisión de irme no tuvo nada que ver con él... Al menos no directamente.

— ¿Tú hermano era de meterse en muchos problemas? — me preguntó John, mientras se llevaba un panecillo de sésamo a la boca.

— Más o menos. No es que le gustara beber y esas cosas que yo hago. Lo que él hacía era meterse en problemas con las personas. Le gustaba jugarle bromas a los demás y por ello se metió en más de un lío — sonreí débilmente, lo que más bien me pareció una mueca de dolor—. Recuerdo que una vez llegó a casa y tenía un gran moretón en el ojo. Mi madre puso el grito en el cielo cuando lo vio entrar. Luego de eso, mi padre intentó sonsacarle información de lo que había sucedido, pero él se negaba a decírselo. Al día siguiente, la policía apareció en casa diciendo que mi hermano había entrado en una propiedad privada, y como un vecino los había visto pelearse a él y a otros más, los denunció.

— Vaya joyita.

Yo reí para mis adentros. Ahora que lo pensaba, mi hermano no había sido el mejor ejemplo para mí cuando mi hermana se fue a la universidad. Mis padres estaban tan ocupados con él que comenzaron a descuidarme a mí, y como consecuencia, creo que comencé a experimentar la libertad.

— Mis padres estaban tan enfrascados en mi hermano que un día me di cuenta de que las puertas hacia la libertad se abrieron para mí. No me metía en tantos problemas como Adrián pero bueno, digamos que me divertía con mis amigos. Éramos niños y las cosas que hacíamos nos parecían geniales, aunque no se comparaban en nada con lo que hacía mi hermano.

— ¿Tu hermana había sido igual de problemática?

— No —respondí con firmeza de inmediato—. Mi hermana no era en lo absoluto así. Admito que de vez en cuando se escapaba con su novio y se llevaba un regaño por parte de mis padres. Pero nunca fue una persona de meterse en líos.

— ¿Y entonces qué sucedió para que tus padres te asfixiaran tanto?

Dejé escapar un suspiro. No me había dado cuenta de que John se había bajado casi un tercio del café. Eso solo demostraba el tiempo que había pasado hablando con él.

Miré mi taza casi vacía. El poco café que quedaba allí dentro debía de estar frío, por lo que decidí llenarla para disfrutar de algo más caliente.

— Cuando mi hermano se fue a la universidad, la cual no era la que mis padres aspiraban, volvieron a centrar su atención en mí. Al principio no me molestó mucho pero cuando vi que comenzaron a ponerse algo estrictos conmigo, me alarmé. Tenía quince años y quería experimentar un poco con las chicas. No pasar a ese nivel tan rápido, primero quería experimentar un poco de amor —le aseguré a John cuando vi que una de sus cejas se curvaba. 

»Mis amigos comenzaron a ir a  discotecas pero mis padres me lo prohibieron. Como Adrián se había metido en alguno que otro lío en esos lugares, mis padres temían que yo hiciera lo mismo, o peor, que esos matones tomaran represarías contra mí por ser su hermano.

— Te protegían —comentó John para redondear la idea de mi relato.

— Sip —asentí cabizbajo—. Me protegían demasiado —elevé la mirada para verlo a los ojos—. No me dejaban hacer nada. Ni siquiera salir por las noches a las casas de mis amigos. Que mi hermano hubiese tenido problemas no significaba que yo también tenía que tenerlos.

— ¿Y no lo hiciste? — Me miró enarcando una ceja.

— ¡Es distinto! —Me defendí al instante—. A Adrián le gustaba meterse en líos, yo simplemente bebo y fumo hierba. ¡Soy pacifista!

— Oh, sí. Ya lo creo. Con toda esa hierba y el amor y paz...

Vi como una sonrisa socarrona se le dibujaba en los labios. Yo simplemente puse mis ojos en blanco y dejé escapar un gruñido. Odiaba cuando John me tomaba el pelo con mi estilo de vida.

Le di un gran sobro a mi taza de café que casi la vacié por completo. 

— Okay, lo siento. — Se disculpó con una sonrisa—. Puedes continuar.

Para ser un hombre mayor, en ocasiones se comportaba como un niño.

— Intenté convivir con ellos pacíficamente pero a medida que pasaba el tiempo me di cuenta de que eso era imposible. Mis padres me asfixiaban cada vez más y no me dejaban hacer nada. Preferían que mis amigos vinieran a casa a que yo fuera a la de ellos. —Mi voz comenzaba a sonar desesperada. Sentía nuevamente la desesperación que había tenido cuando era más joven—. Pero por más angustiado que estuviera, nunca me enojé con mis padres; hasta que decidieron meterse con lo que más me gustaba: Mi estudio. Siempre amé la literatura, y al estar encerrado en casa por tanto tiempo, los libros se volvieron mi fiel compañía.

»Mi hermano siempre me había dicho que tenía una gran imaginación, y cada vez que leía, ese mundo mágico se iba haciendo cada vez más grande hasta el punto en que tuve que sacarlo de allí dentro. Comencé a escribir y de lo lindo. No lo compartía con nadie porque no me sentía cómodo, pero cuando vi que en la academia Chadman, entregaban media beca a aquellos alumnos que presentasen una historia digna de ella, me entusiasmé. Comencé a escribir como loco para lograr obtener algo que pudiese gustarles.

— Creo que he oído hablar sobre esa academia. ¿Qué no es una de las academias más caras de literatura?

Yo asentí débilmente. 

— Y por más que me diesen una beca, mis padres me dijeron que no podían costearlo. No éramos pobres, pero el dinero se destinaba a otras cosas de la casa. Además, al principio, mis padres tuvieron que mantener los estudios de mis hermanos hasta que éstos encontraron un empleo fijo. Y para ser honestos, Sam no es buena con los empleos.

— Bueno, pero tampoco tus gustos eran baratos.

— ¡Era mí vida! Ellos decían que me amaban, que haría cualquier cosa por mí. ¿Por qué no podían apoyarme con eso?

— ¡Porque era muy costoso! —Me respondió como si fuese lo más obvio del mundo. Yo simplemente arrugué los labios, me dejé caer sobre el respaldo del asiento y me crucé de brazos.

Nunca quise hablar de esto con él porque sabía que empezaría a decirme todas estas cosas. Cosas que no quería oír.

— ¿Por eso te fuiste? —Me preguntó después de un largo rato.

Observé la jarra de café y vi que estaba ya casi vacía. Eso denotaba que habíamos pasado mucho tiempo hablando... O que simplemente era yo quien tomaba más rápido de lo normal. Aquel tema sin duda me ponía ansioso.

— Mis padres querían que fuera contador. Decían que era bueno con los números, pero la verdad es que no me apetecía sentarme en un escritorio de traje y corbata todo el día. Yo quería salir y ver lo que me rodeaba. Además, no era justo que yo tuviese que ir a una universidad pública porque mis hermanos ocupaban la mitad del presupuesto en casa.

»Adrian despilfarraba el dinero y nunca llegaba a fin de mes. Y eso parecía darles lástima a mis padres, por lo que le daban un poco más para que pudiera subsistir. Por otro lado, Sam nunca conseguía un empleo estable, y como su universidad no era barata, mis padres tenían que emplear dinero en sus libros y demás.

— Pero tú no viniste aquí hasta que cumpliste veintiuno...

— Estudié fotografía porque era un hobby que encontré fascinante. A mis padres eso no les gustó mucho, pero no les parecía tan mal porque eran estudios públicos. Al final, cuando cumplí veintiuno, encontré un empleo aquí en Las Vegas y sin siquiera preguntarles a mis padres, tomé mis cosas y me marché.

»Trabajé en una tienda de fotografía por cinco meses. Un día encontré en un periódico una academia en donde enseñaban muchísimos más temas de los que yo había aprendido. Así que me apunté allí y me hice varios amigos. Inicié mi propia tienda de fotografía para eventos junto a dos de mis amigos, y cuando gané lo suficiente, me apunté en Codex.

— ¡¿Codex?! — Los ojos de John se abrieron hasta ocupar el espacio del lugar—. Es una de las más prodigiosas academias de literatura.

Yo asentí orgulloso.

— Así es. Y al igual que en Chadman, gané media beca por mis obras. Y la verdad es que me siento muy cómodo estudiando lo que realmente quiero. Me tomó tres años poder entrar allí. Y aunque no es Chadman, me siento igual de feliz.

John carraspeó un poco y una sonrisa se dibujó en sus labios. Se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos y rodeando la taza con sus brazos.

— Me alegro mucho de que hayas podido hacer lo que tanto deseaste.

Yo le devolví la sonrisa, y no una forzada, sino una verdadera. Me sentí agradecido de que me  escuchara, pero sobre todo, el hecho de que la historia ya hubiese terminado. No quería seguir hablando más del tema. Mi cabeza comenzaba a recordar cosas que simplemente no me interesaban, más bien, que no quería volver a recordar.

— Bueno... —tosí para aclarar mi garganta—. Esa fue toda mi historia —elevé la mirada hacia el reloj que había sobre la pared del mostrador, y otra sonrisa se formó en mis labios—. Ya son más de las doce, creo que deberíamos irnos.

Estaba a punto de levantarme para irme cuando John alza la mano y me indica que me detenga. Instintivamente volví a sentarme, pero más despacio. Por alguna razón notaba la mirada acusadora que me ponía encima y eso me daba escalofríos.

— Tú realmente prestaste atención a todo lo que me has dicho, ¿cierto?

Elevé mis cejas y le regalé una mirada de asombro. Era mi propia historia, ¿cómo no voy a escucharla?

— ¿Sí?

Él negó con la cabeza.

— Tú mismo me has dicho una de las razones por las que él te dejó aquí.

Solté un suspiro con fuerza y elevé la mirada al techo. ¿Por qué siempre  « él »? ¿Qué no sabían hablar de otra cosa?

— ¿Qué? —pregunté sin interés, cruzándome de brazos.

— Tus padres intentaron darte todo lo que quisiste. — El escuchar aquello hizo que resoplara, y lo único que gané fue que John me retara. Era increíble que él dijera eso—. No me vengas con pretensiones. Tus padres se desvivieron por ti, tratando de que siempre tuvieras lo que quisiste. ¿Y cómo se los pagaste? Yéndote sin siquiera decirles adiós.

— En primer lugar —le solté furioso—, sí les dije adiós. El que nunca haya llamada o atendido sus llamadas, es otro asunto.

El asunto es que necesitas mejorar la relación con ellos. ¿Qué acaso pretendes morir y dejar que ellos no se enteren?

— Los llamarían de todas formas.

— ¡¿En serios quieres que tu madre tome el teléfono para que le digan que después de cinco miserables años, el único hijo por el que se desvivió para darle todo lo que quería, y que en todo este tiempo no ha recibido señales de vida, ha muerto?!

Desvié la mirada y tragué duro. Por alguna razón sus palabras habían tenido algún efecto en mí. A decir verdad, no quería que llamaran a mi casa para decirles que había muerto. Conozco a mamá, y aunque se haga la mujer dura, por dentro es como un terrón de azúcar.

— Debes ir, volver a tu casa... Y disculparte con tus padres.

Volví mi vista para verlo a los ojos; aquellos enormes ojos azules que parecían penetrarme hasta el alma.

— No puedo.

— ¿Por qué no?

— Porque si lo hago tendré que disculparme con más personas... Y no quiero hacerlo.

— ¿Por qué? — Me preguntó poniendo cara de sorprendido. Al parecer, le asombraba el hecho de que hubiese más personas a las cuales pedirles perdón... O más bien, las cuales deberían de pedirme perdón.

 — Cuando me fui de Covington dejé una vida... Y no quiero volver a vivirla. — Y eso fue lo último que dije antes de tomar mi chaqueta y largarme de allí.

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