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Capítulo XIX

Se hizo de noche y todo mundo se aprontaba para ir a comer afuera. Al parecer Adrián había visto un restaurante muy pintoresco y convenció a todos para que lo acompañaran, excepto a mí, claro. Esto claramente es un fin de semana en pareja, me siento más solo que el uno. No me apetece ir por ahí rodeado de parejitas felices, siendo que estoy soltero. Me hace sentir incómodo, además de que después del altercado de hoy no me entusiasma estar con ellos.

Me excusé diciendo que tenía que editar las fotografías. Mi madre protestó, diciendo que ya habría tiempo para eso, pero Sam la acalló insistiendo en que debía quedarme para terminar con mi trabajo. No la culpo, todo esto es mi culpa.

Estúpido bloqueo de fotógrafo.

Sin embargo, nunca me sentí tan bendecido por sus palabras. A buena hora su mala relación conmigo sirvió de algo.

Antes de irse Adrian se me acercó para pedirme una disculpa. Rodé los ojos y le di una palmada en el hombro para que se largara y no siguiera molestándome. No opuso mucha resistencia, aunque en sus ojos estaba claro que no quería dejar las cosas así. Para calmarlo hice un comentario con doble sentido, esperando que entendiera la indirecta de que lo había perdonado, siendo que en realidad me importaba muy poco.

Al echarlo fuera de mi vista, Stella caminó detrás de él y me miró momentáneamente. Me quedé estático; sus profundos ojos verdes me miraron con picardía. Me hizo un guiño y sentí como mis piernas temblaron. Una estúpida sonrisa se formó en mis labios y comencé a perder el equilibrio, apoyé rápidamente la mano contra la pared para evitar una escena vergonzosa. Sus mejillas se ruborizaron y le escuché reír. Dios, esta chica iba a matarme.

Finalmente me quedé solo, así que me dirigí a la cocina y me preparé mi propia comida gourmet. Bueno, en realidad calenté lo que había sobrado del mediodía.

Pensé en tirarme en el sofá, pero me dio lástima desperdiciar una noche tan hermosa, por lo que decidí hacer unos arreglos temporales. Abrí las puertas francesas y salí al patio trasero en busca de una mesa. Una vez la encontré la deposité frente a los sillones de jardín y entré en busca del televisor. Lo saqué con sumo cuidado y busqué en el garaje un alargue para proporcionarle electricidad. Terminada mi sala de cine volví con mi plato de comida y me dejé caer en el sofá. Afortunadamente aquí había Netflix así que me dispuse a mirar los capítulos de un par de series que había dejado abandonadas hasta ponerme al día.

Llegó un punto en el que pensé que vendrían en cualquier momento, ya eran más de las doce. No obstante, si se aparecían solo serían mis padres, los viejos de la manada. Me apresuré a arreglar el desorden que había hecho antes de escuchar las quejas de mi madre. Fregué lo que había ensuciado y dejé la cocina tal cual la había dejado mi hermana. Subí a mi habitación y en vez de tirarme a escribir un poco me di cuenta de que no había hecho nada con las fotografías. Se suponía que me negué a la salida por ellas, si llegaba a decirles que no había hecho nada me matarían.

Encendí mi computadora y de inmediato me puse manos a la obra.

Comencé apartando las que reflejan la esencia del proyecto a una carpeta limpia, conservando algunas para mí biblioteca y eliminando el resto. Mientras miraba foto por foto, deteniéndome a apreciar cada pequeño detalle, veo y entiendo lo que April y Sam intentan hacer: Había un hombre viejo sentado solo en una banca. Su expresión era seria y algo dolida, la primera impresión es pensar que su esposa murió y su familia está lejos, sin embargo, al cambiar la imagen te encuentras con una escena completamente distinta; el mismo hombre aparece sonriendo, tomando una flor que su nieta le había traído y detrás de ella estaban sus padres.

Una pareja con sus hijos, felices y despreocupados de lo que la vida de casados te puede dar. Un hijo a veces puede hacerte olvidar los problemas con una sonrisa.

Un hombre saliendo de una cafetería a toda prisa, cuando un chico en bicicleta lo atropella. El café se le derrama encima y comienza a insultarlo. De seguro que llegó al trabajo amargado o tarde por tener que irse a cambiar la camisa. Por otro lado, el pobre chico de la bicicleta no había tenido la culpa, intentó frenar pero el hombre se le atravesó por delante. Quizás había estado teniendo un día excelente y por un torpe todo se le arruinó.

La influencia humana puede afectarnos de diferentes maneras y es entonces cuando pienso en mi familia. Recuerdo la sesión de fotos que hoy hicieron y rápidamente busco las fotografías. Cuando las encuentro no estoy muy seguro de si deseo abrirlas. Mi dedo índice queda suspendido por encima del mouse, no sé qué hacer. ¿En verdad deseo verlas? No entiendo lo que mi cabeza está diciendo, pero mi cuerpo parece jugarme una mala pasada. Mi dedo hace doble click sobre la primera imagen y allí están mis padres. Se ven radiantes, como si el alma les hubiese vuelto al cuerpo. Recuerdo haber visto fotos esporádicas de ellos en el Facebook de mi padre y no creo haberlos visto así de felices. ¿Acaso mi llegada provocó esto en ellos?

Continúo pasando las fotos, eliminando aquellas en las que Dylan y April salen solos. Siquiera me percato de lo que hago, presiono la cruz, le doy en aceptar y la imagen desaparece. Apenas quedan unas dos fotos cuando pienso que podría haberlas separado del resto como lo estoy haciendo con las de mi familia. Copié las últimas dos en una carpeta a parte y me siento satisfecho, por lo menos así no me llevaré un rezongo por parte de mi madre. Ya tengo hasta la excusa perfecta por la desaparición de las otras: "salían espantosos".

Seguí mirando una por una, llevándome un tiempo considerable apreciarlas por completo. Miraba cada detalle, casa sonrisa, cada mirada, cada gesto... todo se veía tan distinto a como recordaba que salían en Facebook. Se asemejaba mucho a cuando era pequeño y sentía que éramos la familia feliz.

Llegó un punto en el que me topé con una imagen en donde aparecían todos. Sus sonrisas no tenían cabida en sus rostros y se los veía más que contentos. Apoyé el codo sobre el escritorio y dejé que mi mentón descansara en mi mano. Lentamente fui arqueando la espalda hasta encogerme.

Todos estaban ahí menos yo.

Ahora me arrepiento de no haber aceptado la propuesta de mi padre al pedirme que me uniera a ellos.



A la mañana siguiente no perdí tiempo y mientras desayunábamos les entregué a April y Sam mi laptop para que pudieran ver las fotografías. Una otras otra mi hermana maldecía y mi madre la interrumpía para que cuidara su lenguaje. Al principio pensé que estaba insultando mi trabajo, pero después de ver su rostro de asombro me di cuenta de que en realidad estaba elogiándolo. Ninguna de las dos podía creer lo que estaban viendo. En cada una de las fotografías se detenían para comentar algo sobre el proyecto, decidiendo cuál quedaría mejor en cada parte y cuales formarían parte de la multimedia.

Sus comentarios y expresiones indujeron a los demás en una curiosidad extrema, en menos de un segundo tenía a todo mundo rodeando mi computadora para ver el trabajo que había hecho.

Siempre que halagaban mis fotografías y demás me enorgullecía de mí mismo y de lo que era capaz de lograr, sin embargo, en esta ocasión me sentía algo incómodo. Quería que todos se callaran la boca, dijeran que había hecho un buen trabajo y siguieran con sus vidas como si nada.

Creo que por primera vez me doy cuenta de que la opinión de tu familia tiene más peso que la de un montón de desconocidos. Ahora más que nunca me doy cuenta de que en verdad hago un trabajo excepcional, pero no quiero reconocerlo. No quiero reconocer que lo logré a costas de abandonar a mi familia.

Menee la cabeza rápidamente para alejar esos pensamientos de mi mente. Tomé un par de donas que había sobre una bandeja y estaba a punto de largarme cuando el comentario de mi padre me hace detener en seco.

— ¡Esos somos nosotros! —dice y me acerco para ver a lo que se refiere.

Allí en la pantalla estaba la foto en donde todos habían aparecido. No recordaba haberla agregado al disco, tal vez se me pasó por error.

— Tal vez debamos agregarla —insinúa mi hermana—. Es muy bonita y refleja lo que es una familia unida.

Todo mundo pareció mostrarse de acuerdo y por alguna razón me dolió el hecho de que nadie considerara el que yo no estuviera en esa foto.

— Creo que tienes razón —asiente mi madre—, pero falta Logan en ella.

Le observo sorprendido. De todos, ella es la única que hace mención sobre mí. ¿Por qué? ¿Por qué justamente tenía que ser mi madre?

Samantha abre la boca como para decir algo, pero le interrumpo antes de que expulse algún comentario ácido.

— Descuida —digo—. Hace tiempo que me fui, ya casi ni soy parte de la familia.

Las miradas se posaron en mí de manera incómoda. Nadie decía nada, todo mundo permanecía en silencio observándome. No sé qué era lo que estaría pasando por sus mentes, pero yo sí sé lo que dice la mía: ¡Vete!

Detesto el silencio y ya comienzo a irritarme.

— Las imágenes ya están pasadas al CD, así que puedes quedártelas. —Esbozo una sonrisa y me largo antes de que alguien me diga algo. Me escapo por la puerta delantera y me dirijo en dirección al lago para tener un momento a solas.

Cuando el hambre se hizo presente decidí volver a la casa. Ya casi iba a ser el mediodía y yo moría por una comida gourmet. Deseaba una sabrosa pizza con abundante queso, de esas que tomas un trozo y la mozzarella se escurre por los costados, formando varios hilos que terminas cortando con los dientes, abriendo la boca bien grande para seguir el camino hasta la mismísima gloria.

Iba a sugerirles mi idea, pero en la cocina Dylan le estaba dando instrucciones a mi padre de cómo adobar bien un pollo. Supongo que eso es lo que comeremos hoy. La verdad que no me apetece para nada, pero no importa, en mi recorrida por la ciudad divisé varias pizzerías, por lo que esta misma noche podría saciar mi antojo.

Esperé a que ambos se fueran para poder entrar a buscar algo de beber. Creo que estoy empezando a darme cuenta de que no puedo ver a Dylan ni en figurita. Lo detesto. Siento que es demasiado estúpido como para estar con April, aunque a veces maquino en mi mente la posibilidad de acercarme a él para hacerle ver quién es su novia en realidad. Pero por el momento no es una opción que esté considerando. Por ahora será mejor que lo estudie a distancia.

Diablos. Tengo tantos deseos de beber una cerveza. Hace exactamente dos días y seis horas que no bebo ni una sola, ¡y es horrible! ¡Espantoso! Es una sensación tan desagradable que no se la deseo ni a mi peor enemigo. Abro la heladera pensando que mágicamente estará esperándome uno de los tres packs de seis latas que compraron el otro día..., pero solo me encuentro con una botella de leche, jugo de naranja y pera light.

¿Qué demonios? ¿Quién de aquí bebe pera light? Odio la pera y para colmo esta es light. ¡Detesto lo light!

Qué más da, si salgo esta noche por mi pizza me aseguraré de pedir una jarra de cerveza bien ámbar. Ya puedo saborear la espuma en mi boca.

— ¿Logan?

Aquella voz me toma por sorpresa. Estoy imaginando el refrescante sabor a la cerveza, seguido por el ligero gusto amargo que cosquillea en mi paladar, y tenía que venir mi hermana a interrumpir el momento.

Tomo rápidamente una mini-botellita de agua mineral (imaginando que es de vodka, como esas que te ofrecen en los hoteles) y me acerco a ella.

— ¿Qué sucede?

Sam esconde las manos en los bolsillos de sus jeans. Un mechón de cabello se sale de su lugar al agachar la cabeza, pero lo arregla con rapidez, sorprendiéndome la agilidad que tiene.

— Con April estuvimos viendo las fotos más detenidamente, y terminamos escogiendo treinta y dos.

Su voz era suave, casi hablándome con timidez. No entiendo a dónde quiere ir con todo esto así que me limito a asentir.

— Algunas serán para el proyecto —me explica—. Mientras que otras las usaremos para una presentación que estamos desarrollando. Las pondremos a todas en forma de collage a modo de comienzo.

— Suena genial.

— Sí, bueno... —carraspea un poco y otra vez la siento nerviosa—. Recuerdo que dijiste que cobrabas 20 por foto, así que como elegimos 32 son unos 640 dólares —dice, extendiéndome el dinero.

Yo me quedo viendo el regordete cilindro de billetes verdes que sostiene en su mano, pero en ningún momento los agarro. Su mirada, que hasta hace unos segundos atrás era tímida, ahora se mostraba confundida y hasta exasperada. Posiblemente estaría pensando que le exigiría más dinero, sin embargo, mis palabras la toma por sorpresa, haciéndole tragar todos los posibles insultos que había estado dispuesta a decirme.

— No los quiero.

— ¿Cómo? —pregunta atónita—. ¿De qué hablas? Es lo justo, es lo que te mereces por tu trabajo. Tómalos. —Vuelve a insistirme, pero yo los rechazo.

— Entendí lo que tú y April intentan demostrarle a los demás —le regalo una media sonrisa, pero ella parece no comprender—. Esas fotografías son impagables, no porque sean mías, sino por el gran significado que guardan detrás. No me debes nada.

Sus ojos se entornan un poco, examinándome meticulosamente en busca de algún engaño. Sin embargo, pese a sus esfuerzos no pudo encontrar nada, y eso la dejó conmocionada.

Le doy una palmadita en el hombro y me marcho sin mediar palaba.

Por alguna razón me hizo sentir bien hacer lo correcto.



Gracias a mis fotografías el proyecto de Sam y April estuvo casi que terminado. Se pusieron manos a la obra para intentar acabarlo antes del día de la presentación. Por ello, todos decidieron que sería una buena idea permanecer un par de días más en Southport, así cuando las chicas terminaran tendrían más tiempo para disfrutar de sus pequeñas vacaciones.

Encontré atractiva la idea de permanecer más tiempo en este pueblo costero. Las vistas son maravillosas y la casa del lago lo es aún más. Tendría más tiempo para recorrer los alrededor, para escapar de esta realidad... pero por primera vez, por algún motivo que desconozco, no quería huir. Quería quedarme, permanecer con mi familia. Algo me atraía a ellos como un imán. Si me alejaba sentía remordimiento, algo que jamás había experimentado con anterioridad.

Me ponía mal el hecho de no estar a su lado. El pensar: hoy no estaré con ellos por ser egoísta y preocuparme de mí mismo.

Y no sé siquiera por qué eso me importa. Solo sé que deseo estar a su lado.

Fuera mi padre se encontraba encendiendo la barbacoa. Todos los ingredientes para el adobo estaban esparcidos en pequeños recipientes a lo largo de la barra. No sé qué le habrá dicho Dylan, pero había cosas que olían verdaderamente bien.

Cerca de allí los chicos se encontraban divirtiéndose en la piscina. Jugaban una especie de waterpolo, pero las reglas eran distintas. Tomando sol en una reposera se encontraba Stella —bellísima— y ella era la jueza del partido, gritando cada vez que alguno cometía una falta o contando los puntos de cada uno.

No me sentía atraído por su torpe juego, aunque sí me apetecía sentarme junto a Miss Universo. Pero por hoy tendría que hacer de tripas corazón y olvidarme de Stella. Me acerqué a mi padre y le ofrecí mi ayuda. Debí de haberlo sorprendido porque casi se quema la mano y me mira con asombro.

— S-Sí —responde casi de inmediato, refregando su mano en el delantal de chef—. Me vendría bien algo de ayuda.

Se acerca a la mesa y me señala la basta cantidad de especias y aderezos esparcidos en la barra. De dentro del bolsillo de su delantal extrae un pedazo de papel con varias anotaciones. Reconozco que no es la letra de mi padre así que asumo que se trata de las instrucciones que Dylan debió haberle dado.

— ¿Por dónde comenzamos? —pregunto acercándome a él, tal vez más de lo debido. Mi brazo roza con el suyo y puedo sentirlo tensionado. Me alejo un poco solo para no confundirlo más.

Mis ojos están clavados en la lista que mi padre sostiene, pero puedo ver la expresión contrariada en su rostro. No entiende lo que está pasando, y no lo culpo, yo tampoco lo sé con exactitud.

— Creo que sé cómo hacerlo. Mi amigo Daniel adora la carne y siempre que hace parrillada hace un adobo diferente.

— Tú amigo Daniel es muy inteligente.

Me rio y tomo el bowl grande para comenzar a mezclar los ingredientes. Tenemos que hacer dos variedades de adobo: uno salado y picante, y por otro lado uno agridulce. Mi padre había conseguido un pollo y un pecho de res para hacer, así que creo que este último iría fantástico con el salado-picante. Así es como lo prepara Daniel y creo que es magnífico.

Mientras cada uno trabajaba en su propio bowl mi padre comenzó a preguntarme sobre mi vida en Las Vegas, más específicamente sobre mis amigos y trabajo. Le conté sobre cómo fue que conocí a Olivia y Cooper y luego sobre nuestra alocada, pero muy acertada idea de poner una casa de fotografía. El trabajo al principio era escaso aunque no nos rendimos. Seguimos luchando hasta que ahora tenemos una empresa sólida con varios trabajadores, materiales excelentes y una vasta lista de clientes que va creciendo a medida que pasa el tiempo.

Luego le mencioné sobre mi entrada a Codex y de cómo conocí a Summer y Daniel. Le hablé un poco sobre lo que hacemos allí y de cómo son las tareas, siendo que luego me explayé en las anécdotas. Me reía yo mismo previo a contarlas, pero una vez dichas mi padre también se reía a carcajadas, aprovechando la ocasión para burlarse de mí.

Sin darme cuenta empecé a hablarle sobre las anécdotas que tenemos entre todos. Como cuando a veces nos vestimos de gala y recorremos los casinos para codearnos entre las personas adineradas. Las chicas tienen más suerte que nosotros, algunos hombres se sienten atraídos por ellas y al ganar una partida le ofrecen el dinero. Así fue como Olivia consiguió mil dólares en una sola noche y sin gastar un centavo. Sin embargo, Daniel también corrió con la misma suerte, aunque no se sintió para nada cómodo.

El objetivo principal es ir a los bares y beber el mejor alcohol que se pueda pedir, pero esos extras no tienen precio, en especial porque luego nos burlamos de ello.

Hablé hasta por los codos. Por lo general no soy así salvo con mis amigos, pero por alguna razón me sentía cómodo hablando con mi padre. Tanto que le conté sobre el día de mi accidente. Sobre mi condición, sobre mi irritable doctor... y sobre John.

No era mi intención que se enteraran de John, pero cuando quise acordar su nombre había escapado de mis labios y ya no pude detenerme. No obstante, pese a que le conté sobre que él fue quien me incitó a venir a verlos, omití la parte de la apuesta. Sentí que no era necesario que se enterara de eso. ¿Quién quiere saber que su propio hijo solo va a verlos a cambio de una caja de donas?

— ¿Y hablas mucho con él? —pregunta mi padre, colocándole una exagerada cantidad de miel a la mescla.

Estiro mi brazo y levanto la botella de miel. De inmediato, mi padre se da cuenta de lo que intento decir y vuelve a dejarla en el lugar.

— Bastante —comento con una sonrisa en mis labios—. Generalmente lo hacemos por correo electrónico.

« Así no pueden escuchar lo que hablamos» pienso, pero tampoco quiero decírselo. Cuando estaba solo en el hotel hablábamos por teléfono, ahora que sabe que estoy en casa le pedí mandarnos correos. Aunque no siempre respeta lo que le pido. Se me está poniendo rebelde.

— Pues dale las gracias de mi parte.

— ¿Por qué?

— Porque gracias a él tú estás aquí ahora —dice con una amplia sonrisa y continúa con su trabajo, en cambio, yo me quedo cortado.

Son estas cosas las que me confunden.

Me siento mal. Percibo como la bilis sube por mi garganta. Tantos años y mis padres parecen ser los que recordaba cuando era niño. ¿Por qué ellos pueden y yo no? ¿Por qué pueden amarme y yo sigo batallando con mis sentimientos? Fácil. Ellos hicieron a un lado el pasado... yo no.

— Creo que todo este trabajo duro debe de darles sed —la voz de mi madre irrumpe en el aire. La veo aparecer de dentro de la cocina y trae en sus manos una botella de cerveza y una lata de coca-cola.

Me relamo los labios por beber algo de alcohol. Estiro la mano pero la botella pasa frente a mí y sigue de largo hasta los dedos de mi padre. Debí imaginarlo.

— Tú no —me reprocha mi madre y me entrega la lata de coca-cola.

Sabe perfectamente que cuando me voy por ahí bebo hasta hartarme, pero cuando estoy bajo su custodia me lo prohíbe. No me había afectado tanto hasta ahora. Aceptaba su preocupación de madre porque podía salir y hacer lo que quisiera, pero aquí estoy encerrado. A donde quiera que voy ellos están, por lo que no es tan fácil salirme con la mía. Creo que lo están haciendo a propósito.

— ¿Qué tal van con el adobo?

— ¡Estupendo! Ya lo terminamos, ahora solo queda adobar bien la carne.

— Genial. Yo iré a lavar la verdura. Mucha diversión, mucho trabajo, pero se olvidan que la comida no se hace sola.

— ¡Yo te ayudo! —las palabras se salen de mi boca, pero no me arrepiento de haberlas dicho.

Mi madre se da la vuelta y me mira con el ceño fruncido, pero solo por un segundo. Las arrugas desaparecen y una sonrisa forma hoyuelos en sus mejillas.

— De acuerdo. —Me hace un movimiento con la mano para que le siga y como si tuviese una soga atada al cuello me muevo cuando lo indica.

Al entrar a la cocina me encuentro con la encima repleta de bolsas de supermercado. ¿Acaso se piensa que somos un batallón? Solo permaneceremos un par de días más.

Qué más da, mamá siempre fue así.

La ayudé a sacar los vegetales y frutas para ordenarlos en aquellos que deben lavarse y los que no. Guardé las zanahorias en un bowl quitando previamente las que utilizaríamos ese día, luego me dispuse a ordenar las papas y las cebollas en un canasto.

Finalmente, mientras mi madre lavaba en un fregadero la fruta yo lavaba los vegetales en el otro. Limpié los tomates y pepinos, dejando para lo último la lechuga. Nunca me gustó limpiarla, en especial porque son demasiadas hojas y requieren de cierto cuidado. Separé las hojas y comencé a lavarlas, de pronto una risa escapa de mis labios al recordar algo gracioso.

— ¿Qué? —pregunta mi madre con una sonrisa en sus labios. Se estaba mofando de mí.

— ¿Recuerdas una vez que me pediste que lavara la lechuga y de pronto salió disparado un insecto de adentro de ella?

Mi madre comenzó a carcajearse, recordando la jocosa escena.

— ¿Cómo olvidarlo? Dejaste el piso de la cocina hecho una laguna.

— Yo solo sé que vi la lechuga volar por encima de mis ojos y luego resbalé.

Seguimos riéndonos hasta que nos dolió el abdomen, y aun así no podíamos parar. A mi madre se le caían las lágrimas y yo me burlaba de eso. Esta era la primera vez que tenía un tiempo de calidad con ella.

Me estaba riendo. Con mi madre.

Jamás en la vida habría apostado por una cosa así. ¿Reír con mi madre? Por favor, la detesto. En tal caso me burlaría de ella.

Y fue entonces cuando me di cuenta de las cosas. Dejé de reírme y mi expresión se tornó seria. Miré fijamente las ondas que se formaban en el agua por la canilla mal cerrada. Creo que mi madre se dio cuenta de que algo pasaba porque ya no le escuché reírse.

Su risa.

— ¿Logan? —su voz sonó dulce y preocupada.

Aferré las manos al borde de la pileta. No me daba cuenta de la fuerza que estaba haciendo, mis blancos nudillos parecían normales para mis ojos.

— ¿Qué pasó con esos días? —Apenas reconocí mi voz.

Vi la mirada afligida en el rostro de mi madre. Se me acercó como para abrazarme, pero yo me aparté de inmediato.

— No.

Ella suspiró con cansancio en los ojos.

— ¿Cómo pretendes volver a esos días si ni siquiera lo intentas?

— ¿Qué no lo intento? —Le miré con desconcierto—. No tienes idea de por lo que tengo que pasar todos los días. Me siento abrumado, confundido, no sé lo que está pasándome. Lucho contra esto que siento cada maldito segundo, ¿y te atreves a decir que no lo intento?

— Tal vez sea por eso. No luches más. Deja de intentar combatir las cosas, tal vez solo necesitas dejarlas correr.

— ¡No! —me doy media vuelta. Los ojos me escuecen y siento una opresión en el pecho.

— ¿Por qué no?

— Porque tengo miedo de lo que pueda llegar a pasar —confieso y percibo como la voz se me quiebra al final.

— Oh, cariño.

Siento la proximidad de su contacto y me aparto dándome la vuelta. Mi mirada lo dice todo, así que no se acerca. Su mano sigue extendida en el aire, pero luego la baja lentamente, angustiada por no poder consolarme.

— Lo intento. Juro que lo hago, pero me cuesta demasiado. No es lo mismo contigo.

Veo la mirada confundida de mi madre para luego fundirse en la tristeza. Sacudo la cabeza y limpio con rapidez las lágrimas que salen de mis ojos antes de que las vea.

— Me hicieron cosas que me cuesta muchísimo olvidar... pero siento que el odio es diferente en cada uno de ustedes.

— ¿Qué fue lo que te hicimos? —esta vez percibo la rabia en la voz de mi madre. Sus ojos están cristalinos por las lágrimas—. Dímelo así puedo entenderte mejor. Entender porqué nos dejaste. ¡Te amábamos! Y nos diste vuelta la cara.

Me duele verla llorar, pero no puedo sentir compasión.

— ¿En verdad no lo sabes?

— Si lo supiera no estaría preguntándotelo ahora.

Me sequé las manos con un paño, y luego miré a mi madre, desafiante. Está bien, la entendía, no podía comprender mi odio si no entendía lo que me había hecho. Sin embargo, creo que sus actitudes fueron demasiado obvias como para tener que andar explicándoselo ahora.

— Recientemente entendí su temor de dejarme salir por miedo a los Cráneos Rojos —apreté los ojos momentáneamente al recordar a Cody—. Pero su temor fue asfixiante. No me dejaban ir a ningún lado, con suerte lograba que me dejaran ir a casa de un amigo.

— Ya viste lo que hicieron esos tipos la otra vez. —Se excusó, señalando con el dedo a un miembro fantasma.

— ¿Crees que no lo sé? Solo estoy argumentando mi punto de vista. Era un niño, quería salir y divertirme con mis amigos y ustedes lo único que hacían era prohibírmelo todo. No salgas, vuelve temprano de la escuela, si quieres ver a tus amigos diles que vengan a casa... —conté con los dedos de la mano, llegando hasta casi los diez.

— ¡Intentábamos protegerte!

— ¡Me asfixiaban! —grité enfurecido—. No podía hacer absolutamente nada sin su supervisión. Todo lo que Sam o Adrian habían hecho mal intentaron corregirlo en mí. ¡No era ninguna rata de laboratorio! Si habían sido males padres no era asunto mío, yo estaba feliz y lo arruinaron todo.

» Pero lo peor —continué sin dejarle espacio para hablar—. Lo peor fue cuando quisieron meterse con lo que más amaba.

Mi madre tragó duro, empujando sus lágrimas directo a su estómago. Sus ojos se asemejaban a dos esferas de agua, brillantes y azules.

— Sabes que tu padre y yo...

— ¿No tenían dinero? —Me crucé de brazos, desafiante—. ¿Saben por qué no tenían dinero? Porque la estúpida de mi hermana no era capaz de mantener un solo empleo, así que mami y papi tenían que ayudarla todos los meses, pagando adicionalmente la media beca que no logró conseguir por sus calificaciones del asco.

— No tienes derecho de hablar así de tu hermana.

— ¿Me ves cara de que me importa? Seamos honestos, a medida que fue creciendo se volvió desordenada, no sabía dónde estaba parada y con suerte logró entrar a una universidad decente. De los tres fui el único que siempre supo lo que quería ser, ¿y me tomaron en cuenta? NO.

— Te pagamos la escuela de fotografía.

Me eché a reír de repente. No pude contener la risa, su ironía era demasiado para mí.

— ¿Me pagaron? Lo único que hicieron fue comprarme una cámara. Era una academia pública, allí no habían gastos grandes. Por eso me dejaron hacerlo, por el precio, pero estaba más que claro que querían que fuera contador. ¡El sueño fallido de mi padre! Y como nadie lo siguió me quisieron meter a mí de eso.

— Nosotros...

— ¡Y claro...! —continué—. Tampoco podía ir a un lugar mejor, porque el bebé de mamá no llegaba a costear los gastos del mes. —Mi voz estaba cargada de ironía, pero luego se tornó seria—. Semejante imbécil Adrián cómo para tener que pagarle todo. Se aprovechaba de ustedes, en especial de ti porque sabía que eras su favorito.

— ¡Yo no tengo favoritos! Quiero a mis hijos por igual.

— ¡Mentira!

— ¿Cómo te atreves a pensar lo contrario?

— Deje de creerlo cuando me golpeaste.

Los ojos de mi madre se tornaron del tamaño de la luna. Su rostro se volvió ceniciento y su labio inferior comenzó a temblar sutilmente.

— Tú sabes... —la voz se le quebró—. Tú sabes que yo no quise...

— No querías, pero lo hiciste de todas formas. Me golpeaste y luego me prohibiste decírselo a alguien. ¿Qué clase de madre dice que me ama y termina haciéndome algo como eso?

— Logan... —Se me acercó pero me le aparté de inmediato. Recordar aquel momento me hizo repudiarla.

— ¡No me toques! —Dije poniendo las manos en alto—. Quiero quererlos, quiero dejar de sentir esta mierda que hay dentro de mí... pero hay cosas que simplemente no puedo olvidar. Y eso es una de ellas.

No lo soporté más y me largué de allí. Antes de perderme por el pasillo me di vuelta y pude observar la figura de mi padre bajo el umbral de la puerta. No sabía cuánto tiempo había estado allí, cuánto había escuchado. Solo esperaba que haya sido lo suficiente como para no tener que volver a gastar saliva. 

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