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~ 04 ~

Bajó del taxi, que se detuvo en la entrada del edificio donde vivía. Ahora vestía con su propia ropa, y cargaba su maletín con nerviosismo.

Agradeció al chofer y caminó hasta detenerse a mirar el lugar frente a él. Tenía la misma apariencia, los edificios contiguos también. Nada, ningún cambio, ni el color azulado de las ventanas de vidrio, ni la puerta automática de la entrada con la alfombra marrón en el suelo, nada era diferente.

Seokjin volteó para ver el vehículo, que había sido cortesía del hospital, desaparecer en medio de la gran ciudad, pues el personal había conseguido su nombre, dirección y otros datos a raíz de su credencial universitaria, guardada en uno de los bolsillos de su pantalón.

Decidió que era hora de entrar, para comprobar si algo le daba un indicio de no estar loco. No recordaba haberse sentido tan nervioso por entrar al lugar que llamaba "hogar" en toda su vida.

Eran pasadas las 10 PM, no había mucho movimiento en el lugar. Seokjin introdujo la tarjeta magnética y ésta le permitió acceder a recepción. Caminó en silencio hacia el ascensor, y presionó el botón con el número nueve.

Al llegar, las puertas se abrieron y lo recibió un piso silencioso, con tres puertas débilmente iluminadas por pequeños focos circulares sobre cada una. Usó la llave, y con cierta aprensión, empujó la puerta hasta finalmente abrirla y entrar.

Su departamento era de dos ambientes, una cocina pequeña a la izquierda de la entrada, el salón recibidor en frente, y hacia la derecha un corredor que conducía a su habitación.

Seokjin inspeccionó con cuidado, todo estaba perfectamente ordenado, como era habitual.

El sofá tenía el mismo tapizado rojo, las paredes alternadas en color blanco y negro, la alfombra turquesa en el suelo, un par de cuadros de su familia y alguno que otro que había sido un obsequio... Todo parecía estar justo como cuando lo dejó en la mañana.

Dejó caer sus pertenencias y corrió a su habitación. Comprobó que la cama estaba hecha, que sus muebles y objetos estaban donde siempre, y eso solo lo empeoró todo. Seokjin necesitaba encontrar "algo" que fuera diferente, además de su inminente recuerdo sobre el accidente en el tren.

Encendió la computadora, se conectó a Internet y empezó a buscar en diversos portales de noticias para ver si alguno comentaba algo sobre el tema.

En su corto camino en taxi, vio que las calles no estaban cerradas, no había aglomeraciones ni demoras que no fueran monótonas. También pudo revisar por enésima vez su teléfono, en busca del contacto de su mejor amigo, pero había desaparecido, así como sus fotografías juntos y todo lo vinculado a él.

Los minutos pasaron demasiado rápido. Eran casi las 12 de la madrugada y Seokjin seguía buscando con su computadora. Ninguna red social, ningún medio... Nadie hablaba sobre el ferrocarril Norte. Hasta que finalmente encontró un portal dedicado exclusivamente a recopilar diariamente los horarios de arribos y partidas de diferentes transportes públicos. El castaño echó un vistazo a las anotaciones sobre el tren, siguiendo con la vista el registro desde la estación donde lo tomaba siempre, y comprobando que entre las seis y siete, había hecho su recorrido con normalidad.

6:11- Llegada a la Estación de la Universidad
6:12- Salida de la Estación de la Universidad

6:23- Llegada a la Estación del Centro 6:23- Salida de la Estación del Centro

6:31- Llegada a la Estación 24
6:32- Salida de la Estación 24

6:41- Llegada a la Estación 12
6:43- Salida de la Estación 12

7:02- Llegada a la estación 43
7:04- Salida de la Estación 43...

Y la lista seguía.

Seokjin sentía que otra vez su mente estaba al borde de fundirse. No era posible no encontrar algo. No era posible que la tierra se tragara de esa manera a un tren entero.

Apartó el equipo con fastidio y sujetó su cabeza, presa del pánico. Las lágrimas rebalsaron de sus ojos y se puso de pie, tirando el asiento donde había permanecido las últimas dos horas. Su vista se nubló y se sintió totalmente abatido. Dejó escapar un escandaloso llanto de desesperación. Se abrazó a sí mismo dejándose caer al suelo de rodillas, y apoyó una mano contra la alfombra para poder sostenerse.

No había forma de haber vivido algo tan espantoso y que no quedara ningún registro. ¿¡Dónde estaba Kim Namjoon!? Su mejor amigo viajaba a su lado y de repente había desaparecido.

Seokjin golpeó el piso con su puño en un desgaste de rabia y continuó llorando, maldiciendo. El retrato donde estaba de pie junto al rubio, era lo único diferente en todo su apartamento, pues ya no estaba en la mesa de su habitación. El lunes que había comenzado como un buen día, uno en el que se reencontraba con su mejor amigo y hacía un progreso con su amor platónico, se había vuelto un día infernal.

El castaño sabía que debería calmarse y comenzar a pensar en hablar con alguien, pero la angustia lo desbordaba por completo. Aunque se repetía a si mismo que llorando en el suelo no averiguaría nada, no podía ponerse de pie.

Estaba aterrado.

La hoja de notificación del hospital yacía sobre la cama del muchacho. Debía regresar al lugar con sus padres en un margen de setenta y dos horas, y no sabía cómo hacerlo. El pecho de Seokjin dolía. Respiraba de manera entrecortada y hacía movimientos involuntarios debido a su escandaloso llanto.

Terminó por ponerse de pie y buscar su teléfono con desesperación. Encontró el contacto de su amigo Jimin. Aunque fuera un poco tarde, no podía esperar por hablarle sobre lo ocurrido. El tono de espera lo puso más y más ansioso.

¿Hola?

—¿J-Jimin? —preguntó temeroso, limpiándose el rostro con las mangas.

¿Seokjin? ¿Eres tú?

—S-Sí, soy yo — respondió volviendo a llorar—. ¿Me recuerdas? ¿Tú estás bien?

¿Qué sucede? ¿Estás llorando? ¿¡Te ha ocurrido algo!?

Seokjin percibió el tono de preocupación de su amigo e hizo una pausa para seleccionar de forma correcta sus palabras.

—Jimin, ¿el nombre de Kim Namjoon te dice algo?

Jimin hizo un silencio desde el otro lado de la línea.

Seokjin, me estás asustando —respondió—. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?

—Quisiera verte —admitió de inmediato—. N-necesito verte Jimin, por favor, sé que es tarde, pero —sollozó—. Necesito hablarte. Tienes que venir.

Claro, no hay problema, entiendo —se apresuró en contestar, intentando infundirle calma—. Sólo, dame un minuto, me tomas totalmente desprevenido —Seokjin escuchó ruidos como si su amigo estuviese vistiéndose—. ¿Dónde nos encontramos?

—En mi departamento. Por favor, por favor no tardes —rogó con impaciencia.

Uhm, bien, de acuerdo.

El castaño suspiró con alivio, el primer alivio que sintió en toda la noche. Aun pegado al teléfono, terminó de limpiarse el rostro de forma torpe y volvió a dirigirse a su amigo, quien seguía del otro lado.

—Gracias Jimin. Prometo que te explicaré todo, pero en realidad yo estoy bien. Prepararé café, creo que olvidé decirte que dejaste aquí tu bote de café favorito la última vez que viniste —sonrió levemente.

Sí, de acuerdo —contestó Jimin, quien no parecía poner demasiada atención—. Por cierto, ¿Me das tu dirección?

Aquellas palabras fueron como una cubeta de agua helada para Seokjin. Su teléfono cayó al suelo de forma inmediata.

¿Hola? ¿Seokjin? ¡¿Sigues ahí!? ¡¿Hola?!

La voz del menor sonaba preocupada. El castaño retrocedió un par de pasos. Jimin había estado en su departamento millones de veces, miles, desde que eran amigos. Y ahora de repente ya no recordaba su dirección.

Corrió a la cocina y verificó que el frasco con el café que había visto en la mañana dentro de su alacena había desparecido. El estudiante sintió el comienzo de un ataque de pánico nuevamente, pero entonces el timbre sonó.

Seokjin miró en dirección a la puerta principal, dejando la llamada completamente de lado. Caminó con cierta desesperación hacia el recibidor, y aunque era consciente de que su aspecto era desastroso, abrió de forma apresurada.

—¿Quién eres? —preguntó al ver un muchacho de cabello azul, bastante llamativo, de pie en su puerta.

—Hola Seokjin —respondió levantando una mano, aparentemente nervioso—. ¿Me dejas pasar?

—¿Perdona?

—Tengo algo que decirte —comentó mirándolo de forma insistente.

Seokjin dudó. Nunca antes había visto al sujeto. Tenía la piel blanca, pequeños ojos negros y un semblante serio.

—N-no te conozco —dijo el mayor, escondiéndose tras la puerta.

—Llámame Suga. Ahora ya me conoces —avanzó hacia él—. Permiso— y en un santiamén, consiguió entrar luego de que el mayor se hiciera a un lado.

Suga miró el departamento echando un vistazo atento, sin ocultar su sorpresa.

—Me agrada el lugar —dijo sin mirar a Seokjin.

—E-escucha, perdona, no me siento bien, este no es un buen momento —dijo llevando una mano al puente de su nariz—. Dime en qué puedo ayudarte.

El más bajo sonrió ladeado, con total soberbia.

—Tú no vas a ayudarme, Kim Seokjin. Yo te ayudaré a ti.

El castaño lo miró confundido.

—Sé lo que pasó. Sé sobre el accidente de tren que el mundo parece haber olvidado —comentó Suga—. Y vine aquí para ayudarte.

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