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La hora del muerto

Desperté a las 3:33 am. sintiendo que una presencia extraña me acechaba.

Prendí la luz de la mesita de noche y me incorporé con rapidez. Tallándome los ojos con brusquedad eché un vistazo rápido a la habitación.

Ropa desperdigada por allá y por acá, la ventana abierta, las cortinas corridas, los cuadernos sin ningún cuidado sobre el escritorio... nada fuera de lugar.

Me rasqué la cabeza dando un bostezo.

Tal vez el demonio de la parálisis del sueño me había seguido hasta acá.

Que buen servicio.

Estirándome perezosamente, convencida de que me sería difícil conciliar el sueño otra vez, me dirigí a la cocina, aprovechando la desvelada.

Al pasar afuera de la habitación de Willy, me fue más consistente el crujido de la cama, delatando que tenía compañía esa noche. Apresuré el paso y me encogí de hombros.

En la cocina, asalté el refrigerador y la despensa, para hacerme un pan con mayonesa.

Revisé el móvil y encontré a mi mejor amiga en línea. Tecleé un mensaje rápido y enseguida Freddie Turbia y su temazo "Equilibrio espiritual" inundó la sala.

- ¡Julieta! -exclamó la chica al otro lado de la pantalla.

- ¡Lolita! -a continuación, empleé un tono de voz grave. -Luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta.

La aludida se carcajeó poniendo los ojos en blanco. A sus espaldas, se veía el viejo respaldo de madera de su cama y las paredes de rosa pálido. Su cara en forma de corazón se veía más delgada desde nuestra despedida.

- Boba, te he echado de menos...

- Y yo a ti, no sabes cuánto. -Enjuagué una lágrima invisible, que bien podía ser de verdad.

Lola era mi mejor amiga desde preescolar. Su personalidad excéntrica se complementaba con la mía reservada...

- Dudo que me vayas a extrañar, rodeada de gringos...

- Sí... gringos... son la cumbia... -recordé a uno en particular y fruncí el ceño.

- ¿Ah? ¿Querías fugarte con Hassan?

Nos miramos un rato en silencio y soltamos una carcajada al unísono. Igual no era tan mala idea vender un riñón y comprar un pasaje a Turquía...

Hassan era un apuesto cuarentón, con aires de Tarkan... versión pirata. Más arrugado, regordete, pero con los mismos ojos y la misma nariz prominente.

En resumen, se mantenía bastante bien para su edad y sus hábitos. Un excelente espécimen de suggar daddy, que por casualidades de la vida había conocido por FazeBook.

Hablábamos con frecuencia, y entre charla y charla... me propuso matrimonio...

Que loco ¿no?

El asunto es que quería una esposa trofeo que le diera muchos herederos para hacer crecer aún más su negocio. Y yo le parecía una opción razonable.

Una belleza exótica, me había dicho. Una manera amable de decir que era fea, pero no tanto, o así lo interpreté yo.

Con nuestras largas y absurdas conversaciones que no llevaban a ningún lado, salvo que él era el suggar daddy que necesitaba y yo una perezosa joven de caderas anchas, -ideales para parir muchos bebés- logré trabajar mi pobre inglés. Con Duolinguo y traductor, en mano, me hacía entender con ese hombre que dominaba a la perfección el inglés, el árabe y con algo de dificultad el alemán.

De español no sabía nada, pero ahora, gracias a mí, sabía un par de groserías y una que otra frase.

- Nah, no se me da eso de andar tapada hasta el cuello y pedir permiso hasta para cagar.

- ¡Julieta!

- ¿Qué?

- Supongo que no dices ese tipo de cosas con tus nuevos amigos...

- Compañeros... -fruncí el ceño y me froté la barbilla. - Eso sonó muy comunista... Conocidos... Ah... sabes que Hassan quiere cientos de hijos y yo no estoy dispuesta a echar a perder esta figura. -Hice un ademán con una mano, mientras que con la otra seguía sosteniendo mi pan.

- Estás más rellenita. -sentenció mi mejor amiga.

Abrí los ojos desmesuradamente ante su brutal sinceridad. - Tú estás más flaca.

- ¿Ah, sí? Al fin me funcionó la dieta...

- ¿Cuál dieta?

- La del lagarto.

- ¿Y cuál es esa? -Torcí el gesto, confundida.

- Comer poco y culiar harto.

Su risa se volvió estridente, cuando me atraganté a causa de su réplica.

Seguimos hablando trivialidades un rato más, hasta que me volvió el sueño. Di un bostezo y nos despedimos con la promesa de seguir enviándonos memes y de que si me conseguía un novio, debía presentarle a un hermano o amigo del desafortunado, para sacarla de Latinoamérica.

Rodé los ojos, ante lo difícil de la promesa y no prometí nada.

Tenía más posibilidades de irme a Turquía nadando, que de encontrar novio en Yanquilandia.

Uno, porque no estaba poniendo mucho empeño en buscarlo y dos porque mi encanto y escaso sazón latino no estaban surtiendo efecto.

<<Ah, ¿sabes? Me chupa un huevo. Voy a criar gatos hasta que me muera y me devoren>>. anuncié ante su insistencia de que madurara y "me volviera mujer".

Si no era mujer, ¿qué era entonces?

¿Un traba?

Esa pregunta me quitó las escasas horas de sueño que me quedaban.

Por la mañana, me salté el desayuno, dado que, me dolía horrible el estómago. Sopesé la posibilidad de quedarme en casa, ya que, al parecer, la mayonesa vegana, no me había caído bien.

Muy a mi pesar, decidí asistir a la dichosa escuelita, dado que tenía examen de trigonometría ese día.

No me hizo falta leer el horóscopo para pronosticar que sería un día para el olvido.

Mientras hacíamos la fila para comprar comida, ante el asombro de Mike, me conformé solo con una rebbul.

- ¿No te devorarás toda la cafetería el día de hoy? -denotó Laura, o Lauren, una chica que cada vez que me veía arrugaba la nariz.

- ¿Y tú qué? ¿Te comiste un payaso?

Mike y Eric miraron en nuestra dirección, aguantando las ganas de meter cizaña. Jessica se acercó a la chica de cabello color arena en un intento por calmar los ánimos. Angela me miró con ojos ensanchados de asombro.

- Solo ha sido una broma... -murmuró en tono inocente.

Di un bufido.

Me dolía la tripa. Me había ido como la chota en trigonometría y quería que aguantara a la comediante de turno. Que no soy un santo, ni tengo la paciencia de uno.

Enfurruñada me dirigí hasta la mesa. Jessica seguía hablando con Lauren, quien miraba en mi dirección con cara de pocos amigos.

- ¿Te gustaría sentarte conmigo hoy? -preguntó una voz grave a mis espaldas. Casi escupo el rebbul a causa del asombro.

- ¡Casi me matas del susto! -le recriminé a Edward, cuando me volteé. Sus ojos acaramelados, me escrutaron exigiendo una respuesta.

Caminé en dirección opuesta a la mesa donde estaban mis compañeros y me desparramé en un lugar apartado de la cafetería. Edward tomó asiento frente a mí con movimientos calculados y elegantes.

- Tus amigos, piensan que te he secuestrado -denotó con una sonrisa torcida.

Miré sobre su hombro y me encontré a Mike mirándonos fijo. Solté un bufido.

- Gracioso.

- Es cierto... Newton se debate entre venir hasta aquí o pedirte explicaciones después.

- ¿Nani? Eso suena... muy fumado. Digo, como si... estuviera celoso... Tienes mucha imaginación Edward. -El muchacho guapo frente a mí, frunció el ceño. -Además ¿Qué sabes tú lo que piensa Mike?

- Soy un buen lector de mentes.

Ensanché los ojos con sorpresa. Lo decía en serio. Entonces, varias cosas me hicieron sentido. Edward no alejaba a las personas de él. Las personas se alejaban de él, porque estaba loquito. Cuanto bulliyng.

- Ok -dije siguiéndole la corriente. - Entonces dime... ¿Qué estoy pensando?

Apretó el puente de su nariz y dio un suspiro.

- Julieta... Me es imposible leer tu mente.

Inflé las mejillas y di un bufido.

- Que mentalista más charlatán... Dime ¿no has pensado en ir a terapia para curar tus delirios?

Sacudió la cabeza negando y esbozó una sonrisa mostrando sus perfectos dientes.

- ¿Siempre eres así de directa?

Una indecorosa respuesta se me cruzó por la mente. Una indecorosa y muy poco feminista respuesta. Carraspeé antes de contestar.

- Pues... No lo sé. Tú dime... -solté una risita tonta.

- Me es difícil leerte, lo sabes.

- Ah, cierto que eres psíquico.

- Exactamente. -Respondió clavando sus ojos color miel en los míos azules desteñido pasados por barro.

Asentí a la vez que tomaba un sorbo.

Edward seguía frente a mí, observándome como si fuera el ser humano más interesante del mundo. Fruncí el ceño. En cualquier otro momento me habría sentido cohibida ante su mirada penetrante y su semblante serio.

Pero, hoy no.

Hoy me preguntaba qué diantres hacía sentado frente a mí después de la sarta de tonterías que le había dicho hace unos días.

Cualquiera me hubiera rehuido, como lo había hecho tiempo atrás un muchacho con el que me llevaba bastante bien. Hasta que le dije que mi padre era un ex-convicto. Entonces inmediatamente dejó de hablarme.

Lola, me reprendió porque lo había espantado y según ella el muchacho me pretendía.

Yo me defendí alegando que no le había dicho ninguna mentira.

Efectivamente Juan de Dios era un ex-convicto... por vender CD's pirata en la plaza sin permiso.

La parte en la que lo habían arrestado por enterrar un cadáver en el patio trasero era mentira. Tan solo quería hacer de una historia aburrida, un thriller de terror. Y el baboso había huido despavorido.

Por ese motivo se me hacía rarísimo, que Edward no huyera después que le hubiera revelado el oficio de mi padre. Se supone me evitaría... A menos que fuera un policía encubierto...

Los colores en mi cara huyeron y el pulso latió violento en mis oídos.

- ¿En qué piensas? -aleteó sus pestañas largas y oscuras. Eran hermosas. La envidia de cualquier chica. Y no parecían postizas.

- En... nada...

Su gesto se endureció y sus labios se tensaron en una línea recta. Extendió una mano sobre la mesa, apuntando a la lata de redbul.

- ¿Solo eso almorzarás? -percibí un tono de preocupación en su voz.

- Pues sí... No sabes lo que he sufrido... La mendiga mayonesa debe haber estado vencida. -Me observó con extrañeza. - Anoche me mandé un pan con mayo pal bajón y hoy he estado todo el día con un dolor de guata de la perra. Para variar me fue como la poronga en trigonometría... -Hice un puchero. - Y a ti... ¿qué bicho te picó que te sientas conmigo?

Inhaló pausadamente y sonrió con ojos tristes.

- Me cansé de hacer lo correcto...

- Ah... ahora estás en modo malote o qué. Porque yo te veo igual...

Sacudió la cabeza, clavando sus ojos caramelo oscuro en mis pupilas dilatadas.

- Hablaba en serio cuando decía que te alejaras de mí... No te convengo... Pero, dado que pareces ignorar mis advertencias y de todas formas me iré al infierno, haré lo que quiera.

- ¡Esa es la actitud! -exclamé entusiasmada. - ¡Al demonio lo correcto! ¡Satanistas! ¡Hail satan! -Hubo un breve silencio, hasta que volví a denotar: - Y en esta nueva faceta... ¿Vestirás todo de negro? ¿Sacrificarás vírgenes? ¿Beberás sangre?

Lo dejé lívido. -Una observación innecesaria, puesto que, siempre está paliducho-. Pero ahora parecía un muerto. ¿Acaso había cesado de respirar? Sus labios, estaban abiertos en una perfecta "o" que no alcanzaban a abarcar todo el asombro que le habían provocado mis triviales palabras.

Comencé a reír de puro nerviosismo.

- ¡Te has quedado tieso! Solo era una broma... -Bajé la voz y me incliné hacia adelante, acortando la distancia entre nosotros. - A menos que realmente, estés metido en una secta. -Alcé las palmas abiertas en señal de rendición. - Lo cual es perfectamente válido. Cada uno alaba lo que se le dé la gana.

Volvió a pestañear con normalidad y soltó el aire de los pulmones con un bufido. Pasó las manos por su cabello y esbozó una sonrisa torcida.

- Eres impresionante Julieta.

- ¿Le achunté?

- No.

Torcí el gesto confundida.

Sonrió y volvió a extender la mano sobre la mesa, para alcanzar la mía. Se detuvo a escasos centímetros de su objetivo y tamborileó los dedos. Estaba retirando lentamente la mano, cuando la alcancé y la atrapé entre mis dedos.

Edward observó el gesto con sorpresa dibujada en su rostro. Se quedó inmóvil cuando pasé la yema de mis dedos por su dorso suave y frío. Nuevamente tenía las manos congeladas como si no pasara sangre por ellas. Seguí examinándolas hasta que volví a sondear su rostro. Su expresión era ilegible, sin embargo, seguía estático, como si hubiera sido alcanzado por un rayo.

- Estás helado -dije cuando solté su mano sin rastros de marcas, ni de detergente para la loza, que te deja las manos como lija. No. Las de él eran tersas y gélidas. - Dime ¿tienes presión baja o algo así? ¿Quieres? -ofrecí lo que me quedaba de redbul.

Sacudió la cabeza en gesto negativo. Juntó ambas manos sobre la mesa -fuera de mi alcance- y entrelazó los dedos.

- Necesitas guantes -sentencié. - Es increíble que con este frío no se te hayan pelado las manos, ni se te hayan caído los dedos. Dime ¿quieres unos de polar o...?

- No es necesario.

- Claro que sí... Aunque eres rico... ¿Cómo es eso que no te has comprado unos?

Era ilógico. Iba siempre a la moda, impecablemente vestido, y con un cabello despeinado que parecía recién salido de la peluquería... ¿Por qué carajos no se compraba guantes?

- No harían ninguna diferencia.

- Entonces de lana.

- No los necesito.

- Tejeré unos para ti... -El calor acudió a mis mejillas al instante. - Con esa lana que pica, para que cada vez que los uses te acuerdes de mí...

Soltó una carcajada que hizo que se le achinaran los ojos. El calor en mi cara se hizo más intenso, al punto que creí que empezaría a emitir vapor.

- Estaría encantado si los hicieras tú -dijo luego de un breve silencio, extendiendo la mano hasta mis mejillas y rozándolas como si se trataran de un fino cristal. Esbocé una sonrisa.

- Apenas sé tejer.

- Sé que lo harás bien.

- Bien como... -como el hoyo -como me salgan nomas. -Concluí.

Frunció ligeramente el ceño y dio un bufido bajo, retirando la mano con excesiva lentitud.

Miré su perfecto semblante con descaro, reparando en cada detalle de su ser. En las ojeras pronunciadas como si se hubiera desvelado maratoneando One Piece, la nariz perfecta como hecha a mano, los ojitos de tornasol que me dejaban sin aliento y que me daban un pelín de miedo cuando se volvían del color del ónix... La piel pálida como si nunca hubiera tomado sol...

- ¡Edward! -denoté dejando entrever mi entusiasmo. - Estás pálido como una pantruca ¡vamos a la playa!

- ¿Solos tú y yo?

Su contra-proposición hizo que mi corazón latiera desbocado. Desvié la mirada para que no me enrojecieran las mejillas. A sus espaldas, Mike nos observaba con el entrecejo fruncido.

- No... con los chicos. Jessica, Angela, Lauren -puse los ojos en blanco al nombrarla. -Tyler, Eric, Mike. -Su mandíbula se tensó en un claro gesto de disgusto.

- ¿Cuál playa?

- La de Bush o algo así.

- ¿La Push?

- Sí, sí. Esa misma.

Dio un suspiro y torció el gesto en una mueca de descontento.

- Temo que tendré que rechazar tu invitación. -había un deje de decepción en su voz.

- ¿Por qué? -inquirí en un tono más alto de lo normal. Me mordí el labio, como si con eso pudiera reparar en mi error.

- Demasiada gente -sentenció, para luego curvar sus labios en una sonrisa.

- Ah -musité decepcionada. - ¿Aaahhh? -¿Qué quería decir con eso? ¿Qué hubiera ido si fuéramos solos los dos? ¿Qué quería ir conmigo a la playa sin testigos? ¿Qué quería que solo yo viera sus perfectos abdominales tallados por los dioses?

Esto último hizo que mis mejillas se tornaran rojas como los de un tomate y me diera un derrame nasal.

Edward, sin camisa, tomando sol, con un apretado micro traje de baño. Me desangré ahí mismo sobre la mesa, ante tan suculenta imagen mental. O hubiera sido el caso, si fuera un monito chino, de esos con los que me desvelaba.

Me limité a sonrojarme y a poner las palmas sobre mis mejillas para disimularlo.

Edward me miraba como si se le hiciera divertido todo aquello.

Luego de unos minutos, en los que aproveché de terminarme hasta el último rastro de rebdul, Edward se incorporó y me ofreció su mano. Lo imité y aproveché para estrujar sus falanges gélidas entre las mías cálidas.

- ¿Tan tarde es? -dije cuando noté las mesas vacías a nuestro alrededor. No había un alma en la cafetería, quien sabe desde hace cuánto.

- Tendremos que apresurarnos para llegar a tiempo a Biología. -Bajó la vista hasta nuestras manos entrelazadas e hizo el ademán de apartar la suya. La aprisioné unos instantes más, hasta que la solté, con la certeza de que la suya, seguiría fría, no importaba cuanto me esforzara por hacerla entrar en calor.

- ¿Una carrera hasta el salón? -propuse enarcando las cejas. Frunció el ceño y sacudió la cabeza con gesto negativo. - Ya... apostemos algo para hacerlo más interesante.

- ¿Qué cosa?

- Pues... si gano serás mi esclavo por un día...

- ¿Y si gano yo?

- No vas a ganar... pero... no sé... hago lo que tú quieras.

¿En qué momento se me ocurrió que yo sería más rápida que Edward? ¿En qué universo esa aseveración se volvería real? ¿En qué cabeza cabe que lo iba a alcanzar teniendo las piernas mucho más cortas? En la mía obviamente.

Como soy mala perdedora, lo declaré un empate, porque en mi afán por ganar, salí disparada de la cafetería, sacándole una ventaja considerable, sin embargo, al doblar hacia el pasillo que daba al salón de biología, casi me voy de hocico al suelo y Edward me atrapó en el instante preciso. Sus manos se aferraron a mi cintura evitando que mi nariz besara el suelo e hiciera ¡crack!

Como consecuencia, ambos llegamos tarde a Biología y todos nos miraron como si fuéramos dos fenómenos. A excepción de Mike. Sus ojos me escrutaban como si hubiera cometido un horrible crimen.

Pasé la siguiente hora fingiendo que le ponía atención a la película que puso el señor Molina y devanándome los sesos, ante la idea de estar a la entera disposición del hombre a mi lado.

<<Yes daddy.>>

Contestaría ante sus proposiciones fueran decentes o no...

Mejor si eran indecentes, así lo pasábamos mejor.

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