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★4. Reunir estrellas

La rabia no tarda en convertirse en vergüenza y la vergüenza muta en un terror que te carcome las entrañas.

Con el rostro enrojecido y la mirada enorme, brillante y temerosa, ves a Ju— a Lucero acercarse a ti.

Tienes preparadas todas las excusas. La boca te arde en mentiras.

Recordaste tarde, muy tarde, qué Julieta es un alma que ya no existe en el mundo. Tu sobrina es Lucero. Lucero. Julieta es tu sobrina muerta.

La preocupación la carcome y se nota. La culpa te carcome a ti y esperas que pase desapercibida.

Tienes un plan que va a funcionar, te repites. Te susurras.

—¿Está bien, tío? —pregunta ella, las sílabas tiemblan preocupadas entre sus labios.

—Sí, sí. Solo me volé y se me pasaron algunas estaciones del metro...

—¿Por qué me dijo Julieta? ¿Me confundió?

—Yo...

—¿Se le olvidó que ella está muerta?

Es un balde de agua fría. Estás seguro que su mirada te va a perseguir lo que te queda de vida.

—No, no es eso —balbuceas, sabes lo que debes decir, pero de pronto es tan difícil soltar las palabras de tu garganta—. Solo me confundí. Sí, sí, fue eso... Ella murió en estas fechas. Me acordé de ella y se me cruzaron los cables —dices al final. Una verdad a medias.

Cuando una persona miente suele mirar hacía abajo y luego a la derecha; también evita hacer contacto visual. Por años se ha catalogado como instintivo, pero puedes ser capaz de mentir viendo a los ojos si crees lo suficiente en lo que dices. Eso hacen los buenos mentirosos.

No es algo que te enorgullezca, pero es lo que la vida te enseñó a la fuerza. Antes, ser gay y estar en pareja era un secreto sucio y triste; por eso mentir se convirtió en un arte, en un arma para defenderse y cuidarse. Para ti, la mejor mentira es la que contiene porciones de verdad, bien ejecutada se vuelve indetectable.

John siempre fue tu amigo, siempre te gustó admirar la belleza humana, siempre tuviste mala suerte con las mujeres, demasiado complicadas para ti. Siempre preferiste la soledad y estudiar a salir.

Las palabras, bien utilizadas, tienen un poder increíble y aprendiste a manejarte con ellas. En ellas.

Ahora no es diferente.

Te relames los labios y esperas que no se escuche el fuerte latido de tu corazón cuando miras a tu sobrina. Directo a los ojos y sin miedo, piensas, esbozas una sonrisa temblorosa, que esperas, proyecte debilidad.

—Ya sabes cómo es ser viejo, Lucero. Se le cruzan los cables a uno. Me acordé de su muerte mientras viajaba en metro y justo me llamaste, no fue nada más, te lo prometo.

Tu sonrisa sabe a disculpa, tocas uno de sus brazos con suavidad. Leíste el concepto en El arte de la guerra de Tsun-Zu, hace años, aparentar debilidad cuando eres fuerte.

—Fue como esa vez en el cumpleaños de tu hija, ¿te acuerdas? Cuando se me confundieron todas las fechas. Fue porque estaba estresado con la pérdida de mis horas curriculares, eso dijo el doctor. —Rematas. Sabes que lo recuerda. Sabes que es un poco sucio lo que estás haciendo—. Ahora es lo mismo, una tontería. No le des más importancia, no quiero que esto arruine este día tan especial.

Aparentar fortaleza cuando eres débil, decía también el libro, lo recuerdas. Tienes un poco de ambas. Mentir y manipular no es una fortaleza, pero sobrevivir lo suficiente para no preocupar y no ser una carga si lo es y piensas aprovecharla hasta que no puedas más.

Aún tienes mucho por hacer, por vivir. Y el resto no tiene porque cargar con tus problemas ni debilidades. Estás convencido de eso.

—Perdón si te hice preocuparte. Pero no pasa nada, estoy bien.

Lucero te mira con duda, con temor; pero tras unos segundos asiente. Con el pulgar acaricias su brazo en agradecimiento y le dices que mejor que vayan partiendo; el aire exterior les hará bien y este impass pasará al olvido.

Aunque mentir es algo aprendido, no ha dejado de ser desagradable en todos estos años y mientras caminan por las calles de Providencia, piensas con amargura que perdiste una oportunidad de decir la verdad a alguien que te ama y se preocupa por ti.

Aún no es el momento, estás seguro, pero cuando llegue, Lucero será una de las primeras en saber, te prometes, sabiendo que harás lo posible por no cumplir.

★★★

La Piccola Italia es un restaurante familiar. El suave murmullo de las conversaciones es tranquilizador. Hay algo bello en estos momentos, estar rodeado de personas, formar parte de la humanidad que sigue su curso en problemas mundanos; todos rumbo al mismo fin en diferentes suspiros del tiempo.

Alguna vez trajiste a Julieta y Lucero aquí, años antes del accidente y la muerte. También en un cumpleaños. Es curioso volver al mismo lugar sin querer.

—¿Quieres intentar la Tripasta?

—Sí, suena bien.

La Tripasta son tres pastas en un plato gigante, hecha para compartir. Una porción grande de lasaña, otra de ravioles y otra de salsa boloñesa. Julieta adoraba la lasaña, Lucero los ravioles; ambas peleaban por los últimos bocados de boloñesa.

Ambos piden algo de beber mientras llega la comida y aprovechas el breve silencio para colocar el regalo encima de la mesa. Sonríes con toda la suavidad que eres capaz de reunir.

—Eres como una hija para mí —dices. Tus dedos tocan una esquina de la pequeña caja cuadrada—. Siempre te preocupas por nosotros y uno de mis recuerdos más preciados son estas comidas. Nunca te lo digo, pero siempre he estado orgulloso de ti.

—Tío, no es necesario...

—Feliz cumpleaños, Lucero.

Extiendes el regalo y ella lo toma, te regocijas en su sonrisa y en la emoción mientras lo abre.

—¡Tío! No, no puedo aceptar esto. Es demasiado bello. Y es demasiado caro.

—Y es lo que querías. Es lo que mereces por trabajar tanto.

Sus labios rojos tiemblan. Su mirada está clavada en el reloj de plata y la pequeña cajita que lo contiene. Es un artefacto precioso, la correa es rosa pastel con brillos dorados. Lucero lo mencionó hace tiempo con una mirada soñadora, diciendo lo mucho que le encantaría tener algo así; pero que la situación económica de casa es más importante que caprichos personales.

Poder regalar algo que quería y darle tiempo, irónicamente, envuelvo en un reloj, es una maravilla. Te costó bastante, pero ver a tu sobrina allí, contenta, hace que valga la pena el sacrificio.

—Anda, póntelo, quiero ver como queda.

—Siempre quise un reloj con correa rosada. No sé porque odiaba tanto el rosado cuando era chica.

—Porque tus papás solo te vistieron de rosado hasta los catorce.

—Ah, sí, luego me rebelé con mi época siniestra y en la adultez volví a ser una princesita.

Lucero sonríe y vuelve a mirar como queda el reloj en su muñeca por última vez y lo guarda con sumo cuidado en la caja. Sus ojitos castaños brillan de felicidad.

—Gracias, tío. Es más de lo que merezco.

—No seas tonta. Mereces esto y más.

—Voy a tomarlo como premio por aguantar al Benja reclamar todos estos meses por su negocio —dice Lucero, no ha dejado de sonreír—. No te conté las buenas, ¿verdad?

—No.

—¡Después de un año trabajando, Benjamín al fin está teniendo éxito en su negocio!

Su sonrisa flaquea cuando ve que no celebras con el entusiasmo esperado. En lugar de una sonrisa de festejo, se encuentra con un ceño fruncido y una mente intentando recordar lo específico.

Son unos segundos tormentosos. Tensos.

Pero Lucero es la que decide romperlo.

—A lo mejor pasó mucho tiempo, ¿hace cuánto no nos vemos? Casi un año.

Vuelve a reírse. Hay una tensión muy desagradable en sus ojos.

—Oh, oh. Ya recuerdo —dices apresurado. Las mejillas rojas de vergüenza e incomodidad—. Tu marido renunció a su trabajo y...

—Y ahora tiene una distribuidora de huevos en la casa —termina Lucero por ti. Su voz se te antoja tensa—. Estoy segura que se lo conté la última vez que hablamos por teléfono.

—Si lo hiciste, lo hiciste —dices con una sonrisa que no sientes. Ganas tiempo dando un par de bocados y te limpias con suavidad una esquina de tu boca—. Es bueno ver qué logró salir adelante. Me acuerdo que los primeros meses nadie quería comprar.

—Sí. No nos tenían confianza porque estábamos vendiendo más barato para ganar clientes...

La conversación se estabiliza en esto: colocarse al día en la situación familiar de Lucero y piensas que el pánico debería disminuir, porque las miradas incómodas desaparecieron al ser reemplazadas por huevos, por futuro y esfuerzo. Pero no, la desagradable sensación sigue allí, en el fondo de tu estómago.

Este es el problema de las mentiras. Todo parece ser una. A cada sílaba se esconde la verdad y te cuesta distinguir. Te cuesta saber.

Puede que las preocupaciones que reportan el rostro de Lucero sean proyecciones tuyas. Puede que no.

Puede que ella sume dos más dos y pueda desentrañar la verdad sin más. Puede que no.

Puede que en realidad no seas tan buen mentiroso como crees y tus verdades siempre han estado reflejadas en tu rostro. Puede que no.

No tienes forma de saberlo. No puedes saberlo.

Los aplausos repentinos interrumpen su momento y ambos buscan el origen del ruido.

Unas mesas más adelante, una mujer está arrodillada en el piso. Una cajita en su mano. Desde la distancia pueden ver su sonrisa y lo brillante de sus ojos. El "¡claro que sí! ¡Mil veces, sí!" de la mujer que está sentada en la silla se escucha ahogado y feliz.

—Siempre quise que Benjamín me pidiera matrimonio así —dice Lucero, una sonrisa soñadora en sus labios rojos. Tiene los ojos brillantes de emoción—. Encuentro muy romántico que se tomen la molestia de preparar algo así.

—Bueno, cualquier cosa es más romántica que el asado que organizó Benjamín para pedir tu mano...

—No me lo recuerdes. —Suspira Lucero con un puchero—. Aún no puedo creer que le hiciera caso a mi papá en eso. "A mi hija le gustan los asados, eso le encantará". Bueno, me gustan las pedidas de mano en lugares públicos y muchos ramos de rosas. Eso también me hubiese encantado.

La gente no ha dejado de aplaudir y vitorear, algunos conversan con sus compañeros de mesa, seguramente compartiendo las mismas experiencias que están hablando ustedes. Lucero observa las diferentes mesas antes de volver a hablar, nunca ha dejado de sonreír, perdida en sus recuerdos y en la ilusión de un futuro ajeno que pudieron presenciar.

—Mi sueño era que tras una bonita caminata por La Alameda, fuéramos a Quinta Normal y tras un paseo en el lago, siguiéramos caminando por el parque, frente al invernadero donde la gente se va a sacar fotos y allí que el Benja me dijera que cerrara los ojos, me daría un beso en la frente y pum, al abrirlos él arrodillado y con la cajita del anillo abierta. Luego todas las promesas de amor eterno del mundo. ¡Ah! Y después de ese momento, un ramo de rosas, de esos enormes.

—Bueno, fue casi parecido...

—Hubo promesas de amor eterno al menos. Él pasado a humo y yo vestida con chanclas. Al día siguiente me llegó un arreglo floral al trabajo. Se acercó bastante, supongo.

—Aunque no hubo más gente que nosotros esa vez. No tuviste público.

—Sí —dice Lucero en un suspiro derrotado—. Una lástima, pero él después me dijo que no le gustaban esas propuestas. Siempre se le antojaron como que obligaba a la otra persona a decir sí por presión y entiendo su punto, a mí me gustan porque las encuentro bonitas, pero creo que es porque quiero que los demás sepan que voy a ser feliz y para causar un poquito de envidia.

—Tiene un punto.

—Sí, sí, lo entiendo. Soy feliz con lo que hizo, lo importante es que llevamos muchos años juntos.

Lucero se ríe, se le marcan los hoyuelos de las mejillas y arruga la nariz. Un pequeño silencio cae entre ustedes y el restaurante, las cosas vuelven a la normalidad; ambos comen hasta que ella vuelve a hablar:

—¿Nunca pensaron en casarse?

—Siempre temí que John me dijera que no.

—Y si se lo pides ahora, ¿qué crees que diría?

—No podemos casarnos por la Iglesia.

—No, pero está el Acuerdo de Unión Civil, creo que entró en vigencia en abril. Podrían casarse si quisieran.

—Tenemos más de ochenta años, Lucero. ¿Para qué me va a decir que sí?

—¿Y porqué no? Nunca es tarde para el amor. Ni para organizar una boda.

—Nunca me permití pensar en eso.

Es verdad. Nunca pensaste poder vivir lo suficiente para estar en un mundo donde fuera posible. Nunca te preocupaste de canalizar esa emoción, tampoco, porque la posibilidad de algo así se siente grande, se siente bello. Y se siente triste, también. Es una mezcla muy extraña de emociones. Para ti el matrimonio es más una fantasía que un fin.

—Nunca pensé en eso —dices con suavidad—. Nunca pensé en casarnos. Pero creo que sería algo bonito...

Puedes imaginarlo. Un lugar amplio, mucho verde y adornos. Muchas velas y una brisa de verano agradable. Tus amigos, la familia; John en todo su esplendor con un traje azul, o gris. Un tulipán, su flor favorita, en el ojal. Un anillo de oro en su dedo, uno que vería cada vez que se tocara las manos o estuviera lejos, trabajando; uno que podrías besar en noches frías, como un recordatorio.

—¿Por qué no? —Pregunta Lucero tras unos momentos. Su voz es delicada y dulce—. No pierden nada. Y ganan mucho, con el Acuerdo de Unión Civil van a ser un matrimonio como cualquier otro bajo la ley. Van a poder acompañar al otro si se enferma, tendrán herencias y bienes. Es conveniente.

—Bueno, viéndolo desde ese lado...

—Y es romántico también. —Remata. Su sonrisa brilla—. Creo que debería pensarlo. Podría ser una oportunidad.

—Lo pensaré —dices tras meditarlo un poco—. Si decido que sí, te pediré ayuda.

—¡Claro que sí! Tienen que casarse porque quiero ir a una boda. Adri puede ser la niña de las flores. El Benja hace el asado y mi papá los tragos. Ustedes solo deben verse bellos, nosotros nos encargamos de lo demás.

La idea suena tentadora. Linda, como volver realidad un cuento de hadas, pero nunca ha sido tu prioridad.

—Antes de eso me gustaría hacer más cosas —murmuras ligeramente pensativo. Vuelves a rellenar tu plato con un poco de ravioles—. Me gustaría tener más planes...

No es algo solo del momento. Desde que inició todo esto, tienes la necesidad de hacer, de planificar. El envejecer ha estancado de alguna manera tu vida, marcando tu rutina y de los dos, John es el único que tiene aventuras memorables. También quieres lo mismo.

Mientras ambos terminan de comer, le cuentas sobre este pequeño temor sin dar detalles. La necesidad de más, de aventura, de llenar lo que queda de vida con experiencias que siempre fueron postergadas. Lucero te escucha con atención, cada idea tonta que escapa de tu boca es bien recibida.

—Me gustaría viajar —confiesas después que un mesero tomara su pedido para el postre—. Gracias a Dios tengo algo ahorrado y quiero ahorrar lo que queda de año para poder viajar el que viene...

—¡Eso es estupendo! ¿Dónde quieren ir?

—Siempre quisimos ir a Punta Arenas, pero eso es demasiado caro. John y su grupo de trabajo estuvieron averiguando en Porvenir y alrededores, no ha dejado de sacarme pica sobre lo lindo que es todo.

Lucero te mira con una emoción que no puedes descifrar, pero que siempre achacas a esa idea romántica de "los ancianos también hacen cosas" y es lo que te anima a contarle a grandes rasgos, tu plan: viajar, recorrer, gritarle a John que lo amas a todo pulmón, reencontrarse con esa sensación de amor brillante que a veces la vida apaga.

—Espero poder cumplirlo.

—Claro que va a poder cumplirlo, tío. Si es necesario, le voy a ayudar a organizarlo.

Hay algo en el tono de Lucero que te suaviza el corazón. Hay algo en su esperanza que remueve la tuya.

Atrás quedan los malos momentos, los problemas y miedos. En este instante son un tío y una sobrina sin preocupaciones, son una familia que va a disfrutar un delicioso postre.

Eres tú, convencido de que todo estará bien.

Irse en la volada: Me volé, te volaste, como quieran que se conjugue, significa perderse o desorientarse un poco. Es un modismo chileno que se popularizó en los noventas, pero creo que ahora no lo usan mucho. Elliot sí, al menos.

¿Qué modismo usan de sus países? 

¿Usan modismos de otros sitios? Yo tengo muy pegado el boludo.

Acá apareció Lucero, la sobrina de Elliot. Ella va a tener papeles importantes en esta historia y es una mamá muy adorable y dulce. Tengo muchas ganas de que la conozcan y la quieran tanto como yo.

Lucero es un poco romántica, cree en ese amor de cuento y ella quería esa pedida de mano mágica que solo aparecen en las películas. 

Ustedes, ¿cuál es su pedida de mano ideal? 

La mía es en casa, con la familia y sin tanta bulla, algo pequeño pero significativo y bello. 

Aprovecho de agradecer todo el amor que le dan a esta historia. Con todos los años que pasaron desde su publicación no creí que tendría recepción, pero desde que la inicié, ha subido 2K de lecturas y su amor es lo que me hace seguir. 

Les adelanto que en el siguiente capítulo aparece John y la coraza frágil que Elliot ha formado, se empieza a derrumbar.

Acepto sus teorías al respecto★. 




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