Apreté las llaves del coche hasta que el filo se hundió en la palma de mi mano y un latigazo de dolor trepó mi brazo. Luego, me mojé los labios y volví a pulsar el timbre.
Ni siquiera tenía muy claro cómo había acabado allí.
Ni siquiera sabía si estabas en casa.
Después de encontrar alguna foto más de Alicia en actitud muy cariñosa con otros dos hombres en las cuentas de sus amigas, fotos poco nítidas en las que se la distinguía entre los haces de luz y la penumbra bailando muy apretada a ellos, una calma brumosa descendió sobre mí, adormeciendo mis sentidos y mis pensamientos. Puede que haberme dado cuenta de que no era mi culpa y que yo no tenía por qué cargar con todo el peso de sus acciones ni del declive de nuestro matrimonio tuviera algo que ver.
No era yo el que buscaba a otras personas fuera de nuestra relación.
Aunque, quizá, no era el más indicado tampoco para hablar porque allí estaba yo, delante del portal de tu chalet, mirando de cara a la cámara incorporada al interfono y esperando que estuvieras en casa y me abrieses en vez de acudir a mi abuela o mi hermano como cualquier persona con dos dedos de frente habría hecho en una crisis así.
Sin embargo, ellos no me habrían entendido como tú lo hacías.
—¿Sí? —preguntaste después de que el interfono emitiese un chasquido y se encendiera. Luego, hubo una pausa—. Espera. ¿Paco? ¿Qué haces tú por aquí? —Resoplaste una risa burlona—. No me jodas. No me digas que ya estás aburrido de darle a las teclas del mando de tu PS4. ¡Y yo que pensaba que tardarías más en caer y reconocer que estabas muerto del asco!
Debería haberme molestado la manera en que la perplejidad dio paso a la mofa en tu voz, pero solo cambié el peso de un pie a otro y musité:
—¿Puedes abrirme? No sabía muy bien adónde ir y... tú... Yo... Desde anoche... Y... y luego hace un rato... he visto... y me he... yo me he...
Cerré la boca de golpe, respirando de manera agitada por la nariz. ¿Por qué se agolpaban y enredaban mis pensamientos forma tan confusa?
Mi tono quedo y la incoherencia de mis palabras te hizo pausar.
—Claro. —Mucho más serio, agregaste—: Espera ahí donde estás que salgo a por ti.
¿Y adónde se suponía que iba a irme? ¿A mi casa, que estaba llena de recuerdos de Alicia y de una vida que era una mentira? ¿O a la de mis padres, que ni siquiera podían llegar a imaginar o sospechar ni una milésima parte de lo que ocurría en mi matrimonio? No, mucho mejor quedarme donde estaba, esperándote.
Así que eso fue lo hice.
En cuanto abriste la puerta, sin embargo, no te di tiempo más que a fruncir el ceño y preguntar que por qué traía esa cara. Tragando saliva con dificultad, negué con la cabeza y me puse en movimiento hasta chocar contra ti; apoyé la frente en tu hombro con la respiración ya del todo descontrolada y los ojos ardiendo. Todo tu cuerpo se tensó. Seguramente, hasta ese momento, habías estado disfrutando de un día tranquilo; claro está, hasta que me había presentado yo allí actuando como un demente y me eché encima de ti.
Mi rostro estalló en llamas.
Aun así, no me retiré. En todo caso, apreté los ojos y enterré aún más el rostro en tu cuello, presionando mi nariz contra tu piel, mientras me aferraba a los bajos de la camisa verde militar que llevabas puesta. No fui consciente de que contuve el aliento hasta que tus brazos me rodearon despacio y comenzaste un lento masaje circular entre mis omóplatos y mi baja espalda. Solo entonces solté todo el aire y me permití aspirar hondo tu olor, una mezcla intoxicante a limpio, acompañado de notas amaderadas y especiadas, que seguro tenía algo que ver con los mechones rubios mojados que se pegaban a mi frente y mejilla.
Por alguna razón, la opresión en mis entrañas creció y afiancé más mi agarre.
Preguntaste algo ininteligible más contra mi oreja, tus labios calientes y suaves contra mi sien, y negué con la cabeza a la vez que mi visión se emborronaba y sendos caminillos húmedos y abrasadores zigzaguearon mejilla abajo.
—¿Por qué? —Mi voz estrangulada se rompió en la última vocal—. ¿Por qué nunca soy suficiente, Ventu? ¿Qué hago mal? ¿Es que tan mala pareja soy?
Seguí con mis preguntas, dándole voz a toda esa maraña de pensamientos inconexos, de acusaciones, que no podía evitar dirigir a mí mismo. No dijiste nada. ¿Cómo lo ibas a hacer, si te había caído literalmente encima hablando incoherencias? Con todo, no dejaste de acariciar mi espalda y murmuraste un «shh» contra mi piel mientras me maniobrabas y me pasabas un brazo por los hombros. Cerraste la puerta tras nosotros y luego nos movimos por el sendero de piedras que conducía a la entrada de tu casa sin soltarme, algo que nunca podré agradecerte lo suficiente, viendo cómo mis recuerdos de cómo había llegado allí eran difusos y mi cuerpo no parecía funcionar más que en automático.
Una vez dentro de la casa, hiciste amago de apartarte de mí y emití un sonido de protesta antes de apretarme más contra ti y cerrar mis puños a media espalda en torno a tu camiseta.
—Shhhh. No me voy a ir a ningún lado, ¿vale? —Aunque asentí, no estaba tan seguro de ello. Tu cuerpo se relajó al suspirar—. Bien. —Pusiste las manos en mis hombros—. Entonces déjame que te vea la cara, que debes estar haciéndote polvo la nariz con las gafas puestas, y cuéntame qué mierda ha pasado porque no entiendo nada.
Con reticencia y un puchero del que no estoy orgulloso, dejé que te alejaras, pero solo unos centímetros. Sin mediar palabra, me pusiste bien las gafas y me contemplaste en silencio mientras peinabas un mechón tras mi oreja. Con tu mano quemando contra mi cuello, te me quedaste viendo. La intensidad de tu mirada clara y la manera en que me escudriñabas, como si quisieras echar un vistazo dentro de mi ser y descubrir todos y cada uno de los secretos que escondía, fue suficiente para soltarme la lengua y se me enredara en mi afán por romper ese mutismo y llenar el silencio.
De manera torpe y algo inconexa al principio, te conté sobre las otras infidelidades de Alicia.
Y sobre las fotos que acababa de ver y lo que significaban.
Y sobre lo estúpido que me sentía por haber creído que sería suficiente para alguien.
Conforme más hablaba, más aguda y letal se volvía tu mirada y más comprimías los labios; sin embargo, no me interrumpiste ni una vez, incluso cuando estoy convencido de que algunas de las cosas que decía no tenían sentido alguno para ti.
Cuando las palabras murieron lentamente en mis labios, hasta que ya no hubo ninguna más que decir, me sorbí la nariz y un músculo de tu mejilla se marcó al pincharme la barbilla y alzarme la cara. El corazón me dio un brinco. Con parsimonia y con cuidado de no mandar las gafas al suelo, me retiraste la humedad del rostro con los pulgares mientras me examinabas de cerca; tus ojos se deslizaron por todo mi semblante, como si no supieran dónde detenerse ni qué abarcar primero, y un burbujeo conocido, uno que me ocurría cada vez con más frecuencia cuando me hacías el dueño de toda tu atención o estábamos demasiado próximos y convertías mi cerebro en papilla, se instaló en mi estómago.
¿Por qué no podías haber sido tú mi pareja? ¿Por qué no te había conocido a ti primero? ¿Eh? ¿Por qué?
Dejé que mi mirada repasara cada rincón y esquina de tu rostro y pasara una y otra vez por encima de tus labios y volviera siempre a tus ojos. Salvo esas pocas ocasiones en que te encerrabas en ti mismo, enseñabas los dientes y me atacabas, contigo nunca me sentía inútil o deficiente. Y ni siquiera esas pocas veces estaba seguro de que lo hicieras adrede, sino que parecía más un mecanismo de defensa al que recurrías para sentirte en control y protegido. ¿De qué? No lo sé. Quizá del mundo en general.
Y, aunque dolía verte así, dolía que me tratases así, no podía reprochártelo.
Me diste un apretón en el cuello al tiempo que acariciabas el filo de mi mandíbula con el pulgar.
La respiración se me trabó. No, no podía enfadarme contigo más de cinco minutos porque me importabas demasiado como para perder el tiempo estando de morros. Mi corazón rebosaba tanto de ti que no había hueco o grieta alguna por el que se colasen sentimientos negativos e improductivos. ¿Para qué reñir y dejar que el enfado fermentase en rencor o algo peor y emponzoñara lo que teníamos cuando podíamos bromear, reír, disfrutar de la compañía del otro, tocarnos y... y mirarnos a los ojos sin importar nadie más?
Un momento. ¿Quería eso decir que me...?
Dios, sí. Sí, sí, sí. Me... me gustabas.
Aunque gustar no era la palabra correcta: me estaba enamorando de ti, si es que ya no lo estaba del todo.
La boca se me secó y el estómago me dio un vuelco agradable. Sin pensármelo dos veces, me sujeté a tus brazos y me elevé ligeramente sobre la punta de mis pies mientras mis párpados se agitaban y tu rostro estaba cada vez más cerca.
Uní nuestros labios.
Primero suave y titubeante, pero enseguida el corazón traqueteó contra mi pecho y me apreté con fuerza contra ti, como queriendo beber hasta la última gota de tu ser y convertirnos en uno solo. Lentamente, me respondiste; me sujetaste por la nuca y tocaste mi rostro mientras inclinabas hacia un lado cara y acariciabas mi labio inferior con tu lengua, a la que recibí con entusiasmo y con la que me familiaricé durante un rato, mientras nos consumíamos sin prisas y con el retumbar de mi pulso, el ajetreo de nuestras respiraciones y nuestros jadeos ahogados en los oídos.
La calma se transformó en tormenta, sin embargo, y pronto nos devorábamos con desespero, como si el uno fuese la última cena del otro antes de una fatídica ejecución.
Apretaste mi cuello e hiciste ademán de apartarte, a lo que lancé un quejido.
—No... No pares.
Y me abalancé de nuevo a tu boca y la atrapé. ¿Cómo podían ser tan adictivos tus labios?
Tus manos descendieron hasta mis hombros y me empujaste hacia atrás, lo que rompió de manera efectiva el beso, a pesar de mis nuevas protestas y mis nuevos intentos por encontrarte a ciegas. En algún momento, había cerrado los ojos al entregarme con los brazos abiertos a ti, por lo que me forcé a abrirlos y te enfoqué con dificultad, acalorado.
Bocanadas de tu aliento caliente bañaban mis labios entreabiertos, que hormigueaban y te costaba dejar de mirar mientras tu pecho subía y bajaba deprisa.
—Mierda. Esto no está bien...
—Sí que lo está. He sido yo el que te ha besado, ¿no?
Apretaste tus labios en una fina línea.
—Sí, pero no estás bien. —Proferí una queja que tajaste enseguida al levantar tu mirada fulgurante y espetar—: Joder, Paco, que acabas de contarme que tu mujer lleva años poniéndote los cuernos y que lo ha vuelto a hacer. ¿Cómo vas a estar bien? ¿Sabes el aire de derrota y desconsuelo que traías contigo cuando te he visto por la pantalla del telefonillo o cuando he abierto la puerta?
—Sí, pero...
—Pero nada, joder. No voy a aprovecharme de que estás mal. —Tus dos manos acabaron en la base de mi cuello. Tu expresión era una de frustración—. Ahora mismo no estás pensando con claridad. —Pero ¿qué decías? Si mi mente no había estado más clara y despejada en la vida. Cuando fui a rebatirte, cubriste mis labios con un dedo—. No. No sigas. ¿Te crees que no me gustaría arrastrarte a mi cama y hacerte que sudar y estremecer hasta que te corrieras? —Bufaste—. Por favor, en cualquier otra circunstancia, lo haría con gusto.
¿Y por qué no lo hacías? ¿Es que no veías que mi cuerpo tenso vibraba de expectación y ansiaba tus manos en él tanto como yo?
—Pues ¡hazlo!
—No. ¿Y sabes por qué? Porque me conozco bien este guion. No me mires así, Currito, que no estoy diciendo nada descabellado. —Me diste un apretón en la nuca, pero yo solo fruncí más el ceño y retiré la vista. Exhalaste—. No trates de hacerme sentir culpable que no va a funcionar. No voy a seguir porque lo estás haciendo por despecho. Alicia ha traicionado tu confianza otra vez, te ha hecho mucho daño al romper tus esperanzas, y ahora estás tratando de devolverle el golpe donde más le pueda doler a ella.
Qué chorrada más grande. Clavé mi vista en ti.
—Así que es eso, ¿no? ¿Eso es lo que trato de hacer? ¿Tan bien te piensas que me conoces? ¿Tan bien sabes lo que pasa por mi cabeza?
—No te enfades conmigo que solo estoy preocupado por ti.
Mierda. Tenía razón. No estaba siendo justo tampoco. Dejé caer los hombros con un suspiro y murmuré:
—Lo siento.
—Además, estás casado y siempre juras y perjuras que amas a Alicia —continuaste como si nada. Bajé la cabeza—. ¿Te piensas que mañana por la mañana no te despertarás y te arrepentirás de haber hecho una locura? Si lo haces por despecho, si solo estás buscando una distracción que te ayude a sobrellevar el dolor de su traición, te digo yo que no va a acabar bien. Hazme caso. Lo sé por experiencia. Me encantaría seguir comiéndote la boca, daría lo que fuera por meterte en mi cama y secuestrarte durante días, pero no soy lo que necesitas en realidad y lo sabes.
Aflojé los puños. ¿Y si... y si tenías razón y me estaba precipitando?
No, claro que no.
Todo lo que despertabas en mí era real, desde mis ganas de querer pasar cada segundo libre de mi día contigo, compartiendo risas, sonrisas privadas y largas miradas rebosantes de intención, hasta ese deseo por querer vivir para siempre entre tus brazos y estar ahí el primero en cada obra de teatro, película o serie que entrenaras, apoyándote y felicitándote por tu gran trabajo, por todo tu esfuerzo puesto, por ser un actor tan bueno.
¿Cómo podía ser todo producto del despecho? ¿Cómo podía ser producto de mi imaginación? Dime, ¿cómo?
*
Aun así, dejé que te salieras con la tuya.
Acariciaste mi brazo y cerraste los dedos en torno a mi muñeca, tras lo cual me guiaste al comedor, te sentaste a mi lado y me pediste que te contase con más calma lo que había pasado esa mañana. Y eso fue justo lo que hice después de tomar aire mientras movías tu pulgar en círculos lentos en la cara interna de mi muñeca. No tenía sentido enfadarme contigo y, bueno, en cierta forma habías hecho bien en pararme los pies: ¿quién no estaría abrumado si descubriese en el mismo día que su mujer le es infiel, que su matrimonio es una patraña o que está enamorado de alguien que se había enterrado poco a poco tan hondo en su ser que le había pillado por sorpresa tal revelación? Porque yo, desde luego, no me lo esperaba. Te habías convertido en una persona vital para mí en los últimos meses, en un amigo inesperado del que me sentía muy agradecido, pero que jamás se me habría ocurrido que pudiera colarse en mi corazón e instalarse a vivir en él sin que yo me diera cuenta.
Tal vez tú ni siquiera sintieras lo mismo. ¿Por qué deberías?
Eso, no obstante, no quita el hecho de que eres una buena persona que, a pesar de que en ocasiones te lanzas a dar dentelladas, como un perro callejero rabioso al que han apaleado demasiadas veces como para fiarse ya de nadie, a pesar de mi propia estupidez, de mi confusión y mis inseguridades, siempre ha tenido mi bienestar muy presente.
Por eso, te conté todo y te enseñé las fotos.
Me preguntaste que cómo me sentía, pero yo solo mantuve la vista gacha y me encogí de hombros. ¿Qué sabía yo?
Tendría que sentirme culpable por haberme tirado a tus brazos nada más abrirme la puerta y haberte besado, por hacer justo lo que Alicia me había hecho, pero esa fría indiferencia que había descendido sobre mí seguía ahí anidada en mi pecho cada vez que pensaba en ella. Tenía que hablar con ella, lo sabía; era urgente que pusiéramos las cartas sobre la mesa y lo dejásemos si no teníamos futuro.
Sin embargo, en esos momentos, Alicia era lo último que me importaba.
Pasamos la tarde en silencio y viendo una película de acción, cogidos de la mano mientras reposaba la cabeza en tu hombro y jugueteaba de forma distraída con la pulsera de cuero trenzado que te había regalado la noche anterior. Llegada la noche, no dijiste nada cuando no anuncié que me marchaba. De hecho, me dejaste en el sofá y volviste con algo de cenar para ambos; más tarde, me guiaste al segundo piso, a una habitación de invitados con una cama que ocupaba gran parte de la estancia y a la que te ayudé a ponerle sábanas limpias.
Luego me dejaste solo y me desvestí hasta quedar en ropa interior.
Me metí en la cama y clavé la mirada en el techo con los brazos cruzados sobre el abdomen al tiempo que la luz anaranjada del atardecer se filtraba por la ventana de persianas entreabiertas y pintaba la modesta habitación de luces y sombras.
Me quedé ahí, respirando.
En algún punto de la noche, cuando la oscuridad hacía ya horas que cubría cada rincón del cuarto, unos pasos resonaron fuera de la habitación. Tus pasos. Con las entrañas apretadas y el corazón embravecido, me giré hacia la puerta, sin atreverme a respirar. ¿Entrarías? ¿Habrías cambiado de opinión?
Pero no, no lo hiciste.
Algunos minutos después, regresaste a tu cuarto en esa marcha sigilosa que, en esa ocasión, sí vaciló delante de mi puerta.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos y seguiste de largo.
Si antes ya me era imposible dormirme, después de ese momento ya no pude relajarme ni cerrar los ojos, todos los músculos de mi cuerpo rígidos, vibrando y en alerta. No cuando habías titubeado. No cuando cabía la posibilidad de que desearas aquello tanto como yo.
No cuando seguía ansiando tu boca, tus manos, tu cuerpo.
*
Conteniendo la respiración, cerré los dedos en torno a la manivela y la giré.
Despacio, abrí la puerta. Ni siquiera rechinó.
Al otro lado, la penumbra del pasillo se condensaba oscura en el interior. Tu figura borrosa descansaba tendida de lado en la cama y de espaldas a la puerta. La mancha que debía ser la piel desnuda de tu espalda relucía bajo la luz pálida de la luna, que entraba por la parte baja de la persiana y algunas rendijas abiertas, mientras que las vaporosas cortinas blancas del balcón se mecían con la suave brisa. Me humedecí los labios y traté de hacer desaparecer el nudo en la garganta al tragar, pero fue en vano: los nervios hacía rato que habían hundido sus garras en mi estómago y no había manera de aflojarlas.
De puntillas, me colé en la habitación, sin llegar a cerrar de nuevo la puerta.
Me apresuré hacia la cama, en la que hundí con cuidado las rodillas y por la que gateé hasta alcanzarte. Hice una pausa. Tu respiración seguía siendo acompasada. Libre de goma alguna, tu pelo caía como arena de playa sobre las sábanas claras y esa vez no me contuve de hacer algo que llevaba meses deseando hacer: me tumbé a tu lado, me pegué a tu espalda y enterré el rostro en tu cabello mientras te rodeaba con los brazos, insinuaba una pierna entre las tuyas y me aferraba a ti.
En esa ocasión, sí te sobresaltaste.
—¿Paco? —preguntaste en voz baja y ronca. Al cabo de unos segundos, los músculos de tu espalda se tensaron contra mi torso. Aunque intentaste moverte, apartarte de mí, no te lo permití—. Mierda, Paco, ¿qué cojones te crees que estás haciendo? —La molestia en tu voz se tornó en preocupación al momento siguiente—: ¿Estás bien? —Intentaste girarte hacia mí, pero afiancé más mi agarre y cerré los ojos con fuerza—. ¿Ha pasado algo? ¿Necesitas que hablemos? Sabes que puedes contarme lo que sea. Entiendo que después de lo que pasó ayer estés...
Sacudí la cabeza, lo que te silenció.
—No me eches, por favor. No me tires de tu habitación. —La voz me temblaba, al igual que el resto de mi cuerpo. Me apreté más a ti y aspiré hondo el olor dulce y afrutado que habitaba entre las hebras de tu pelo—. No puedo sacarme de la cabeza nuestro beso. No, qué digo. —Emití una risa nerviosa, casi histérica—. Es a ti al que no puedo sacarme de la cabeza. Vives en cada esquina, en cada recoveco, en cada espacio que hay dentro de mí. Al principio creía que eras como un virus informático y que lo infectabas todo, ¿sabes? —Tus músculos se endurecieron más—. Que por eso no podía dejar de pensar en ti, que por eso tu mirada me había hipnotizado tanto desde la primera vez que la vi, que por eso empezaba a sentir cosas que no debería.
—Curro...
—No, déjame seguir. Estoy harto de que todo el mundo decida por mí lo que es mejor para mi persona o lo que deseo. ¿Sabes lo frustrante que es no sentirte dueño de tu vida? ¿Dejar que otros la manejen? Pierdes todo el control y a veces te sientes como un zombi, uno que arrastra los pies y pasa por su propia vida sin pena ni gloria, muerto en vida porque ya no sabe qué sentir o qué pensar, así que simplemente no lo hace.
Cuando volviste a tratar de girarte, las sábanas susurraron. Negué con la cabeza, oprimiendo la frente contra la curvatura de tu nuca y cercando más los brazos a tu alrededor con la respiración agitada.
De forma titubeante, acariciaste mis antebrazos y ladeaste la cabeza.
—Currito. Mírame —pediste en un tono bajo y dulce. Me negué de nuevo—. Sé bien lo que estás sintiendo. En serio. Lo sé mejor que nadie. Lo he vivido en mis propias carnes, por eso...
Te interrumpí al espetar:
—Entonces no asumas lo que quiero. No decidas por mí.
—Pero es que no estás bien, joder. No lo estás. Y no quiero aprovecharme de ti cuando...
—No te estás aprovechando cuando es algo que deseo con todas mis fuerzas, tanto que casi duele en los músculos, en los huesos, en el corazón. —Algo de lo que dije te silenció y tus yemas se clavaron en la carne blanca de mis antebrazos—. Por favor. No me eches, ¿sí? Déjame tener esto. Déjame tener algo que yo elija por mí mismo. Sé que piensas que lo estoy haciendo por despecho, pero no es así. Te lo juro por lo más sagrado que tengo, que es mi familia. Si te he besado, si estoy aquí ahora mismo, es por ti; es por todo lo que despiertas en mí, que es algo que no creía que pudiera volver a sentir jamás; es porque me has ayudado a reencontrarme conmigo mismo y me haces sentirme a gusto en mi propia piel. Es por...
Hundiste más los dedos en mi carne.
—Ya. No sigas. —Tu voz enronquecida tenía una nota temblorosa y vulnerable—. No sigas porque, como lo hagas, no soy dueño de lo que pueda hacer.
—Hazlo. Por favor, hazlo. Si lo deseas tanto como yo, hazme tuyo.
Te desprendiste de mis brazos con brusquedad, lo que me arrancó una exclamación. Apenas un pestañeo y te tuve encima de mí, tus rodillas apretadas contra mi cadera, tu peso sobre mi regazo y tus manos sosteniendo las mías por encima de mi cabeza. Inclinado sobre mí, con el pelo alborotado como un suave halo pálido a contraluz, eras como un ángel caído que baja a las entrañas de la tierra para salvarme de mí mismo.
O como un león que estudia a su presa antes de devorarla.
Un escalofrío me subió por la espalda. El pecho me subía y me bajaba con rapidez, sin apartar la vista de lo poco que podía distinguir de tus facciones en aquella penumbra y sin gafas. Atrapando mi labio inferior entre los dientes, empujé mi entrepierna hacia arriba y me removí bajo tu peso. Despacio, con el agarre firme de tus manos, descendiste hasta que nuestros abdómenes y pectorales se tocaron y tu boca fue una leve caricia contra mi oreja.
Tu aliento caliente provocó un escalofrío que prendió fuego en mi bajo vientre.
Estremeciéndome de nuevo, cerré los ojos y volví la cabeza hacia ti.
—Solo te lo voy a preguntar una vez. Después, ya no habrá vuelta atrás. ¿Estamos?
Asentí enseguida.
—S-sí. Lo que digas.
—¿Estás seguro de lo que me pides, de lo que quieres que hagamos?
—Sí, sí, sí. Estoy seguro. Nunca he estado más seguro en mi...
Tu boca impactó contra la mía. Tus movimientos, al principio, fueron agresivos y erráticos, como cuando tu lengua se abrió paso entre mis labios y me sometiste o cuando empujaste tu entrepierna contra la mía en envites bruscos e inmisericordes. Sin embargo, jamás se me habría ocurrido quejarme. Mi cuerpo estaba en llamas, mi piel vibraba y tenía hasta el último vello erizado, pero nunca había sido más consciente de otra persona ni me había sentido tan despierto como en ese momento.
No, no quería que sofocases el fuego. Lo único que deseaba era que lo avivases y que nos consumiera a los dos.
Poco a poco, la desesperación se fue templando y nuestras bocas se buscaban ya con una pasión más sosegada, como si unidas fuera la única manera posible en la que podríamos vivir desde a partir de ese instante hasta que muriésemos; como si hubiéramos nacido para salir al encuentro del otro, para enredar nuestras lenguas y fundir nuestros cuerpos y estuviésemos recuperando el tiempo que habíamos perdido hasta que nos encontramos en esta vida.
Sin romper el beso, te acomodaste entre mis piernas mientras deslizaste las manos por mis muslos y frotabas con lentitud nuestras erecciones. Gemí contra tus labios, acariciándote la espalda y ondulando las caderas contra ti.
Tu dureza se deslizaba y apretaba contra la mía, pero no era bastante. Necesitaba sentirte desnudo, sin nada que nos separase ni se interpusiera entre nosotros. Subí las manos por tu espalda, arañando la piel a mi paso, y enterré los dedos en tu cabello, que cogí en sendos puños y tironeé mientras te exigía de manera incomprensible que te desnudaras, que me desnudaras, que no dejaras de tocarme, que necesitaba tus caricias como necesitaba el aire.
Reíste contra mis labios.
―¿Hay algo que quieras decirme, Currito? ―Tu sonrisa era una curva imprecisa que, a continuación, pegaste a mi cuello. Dejaste un reguero de besos calientes y húmedos hasta mi oreja―. No me gustaría que te guardases nada en esa cabecita tuya. Cuéntamelo. Estoy aquí para ti, para lo que sea que tu cuerpo desee.
Apretando las tensas rodillas contra tus costillas y enterrando las uñas en tu cuero cabelludo, te ofrecí mi cuello.
―Ventura... Ventu...
Rozaste tus labios contra mi lóbulo. Me estremecí.
―Dime. ¿O es que la fiera ha perdido sus garras y se ha convertido en un cachorrito inofensivo? ―Subiste por el arco de mi oreja―. ¿Te metes en mi cama medio en pelotas, me pides que te folle y ahora se te ha comido la lengua el gato? Tsk. ¿Qué se supone que haga contigo? ¿Eh? ¿Qué debería hacer?
Lo que quisieras. Todo.
*
Me mordisqueaste la oreja y, cuando te apartaste, tus labios se curvaron en una de esas sonrisas atractivas y exasperantes.
A pesar de que estuviera desdibujada, la adiviné.
Emití un gruñido. Lo estabas haciendo adrede. Una vez más, me estabas provocando. La manera burlona en que tu boca se torció al instante siguiente así me lo confirmó. Te tiré del cabello para acercarte a mí, para que volvieras a besarme, para que volvieras a tocarme, lo que fuera, pero no cediste ni un ápice. Ceñudo, me incorporé sobre los codos, a escasos centímetros de tus labios, y siseé:
―¿Quieres saber qué deberías hacer? ¿Quieres saberlo? Lo que deberías hacer es quitarte esos estúpidos pantalones de dormir que llevas y luego deshacerte de mis calzoncillos. Y deberías hacerlo ya porque necesito sentirte desnudo contra mí como no he necesitado nada nunca antes. Y después necesito que me toques y que no dejes de hacerlo hasta que los dos estemos a punto de explotar. Y entonces... entonces necesito que te hundas en mí y me hagas volar lejos de aquí contigo.
Con una risa baja y gutural, capturaste mis labios en un beso corto.
Después, te alzaste sobre mí y enterré los dedos en las sábanas mientras hacías justo lo que te había ordenado y arrojabas los pantalones largos a un lado. Con el corazón bombeando con fuerza contra mi esternón, lamenté que la luz no estuviera encendida, que no pudiera verte en todo tu esplendor. Quizá en otra ocasión. De todas formas, prefería la penumbra de la habitación, especialmente cuando retiraste las sábanas y plantaste tus manos calientes sobre mis gemelos.
¿Cómo me estabas mirando? ¿En qué estarías pensando? ¿Estarías, aunque fuera, una mínima parte de lo nervioso que yo estaba?
Acariciaste mis piernas hasta mis caderas, dejando un rastro de llamas a tu paso. Metiste los dedos dentro del elástico y tiraste de ellos con una parsimonia que me hizo agradecer de nuevo que estuviésemos a oscuras. Levanté las caderas y me desprendiste de la ropa interior, con la que no sé qué hiciste a continuación.
Estaba demasiado pendiente de ese dedo sobre el hueso de mi cadera.
Te atrapé por la muñeca y deslicé tu mano de forma ascendente por mi estómago mientras me dejaba caer hacia atrás. Cuando te tumbaste, busqué tus labios y, cuando nuestros cuerpos encajaron a la perfección, suspiré contra ellos. Después de eso, el mundo se redujo a nuestros besos, a las caricias que compartíamos, a los jadeos que intercambiábamos y a la manera en que nos mecíamos el uno contra el otro mientras tu dureza, aterciopelada y candente, se frotaba contra la mía y tus manos me aferraban de las caderas.
Ese fue el único lenguaje que conocimos durante los minutos u horas que duró aquello.
Solo dejé que te separases de mí una sola vez. Tu risa ahogada retumbó en la habitación mientras yo lanzaba un gruñido, hundía las uñas en nalgas duras y trataba de hacerte volver a mí, cosa que no hiciste hasta que te estiraste hacia la mesita de noche y sacaste algo de su interior que luego dejaste a nuestro lado.
Una vez más sobre mí, nos besamos durante lo que pareció una eternidad mientras nos masturbabas y yo acariciaba la extensión de tu espalda.
Tus besos se desviaron a mi mentón, mi mandíbula, mi cuello, mi torso, mi bajo vientre hasta que llegar a mi erección. La primera vez que tu boca húmeda la rozó, me agité como electrocutado; luego, lancé un jadeo y separé más las piernas enseguida. Con mis dedos enredados en tu cabello, eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos al tiempo que disfrutaba de cómo esa lengua tuya dejaba un recorrido mojado y caliente antes de envolver y chupar mis testículos, momento en que el chasquido de un bote abriéndose resonó en la quietud de la habitación. Abrí los ojos y parpadeé mientras me humedecía los labios.
Incluso antes de que uno de los dedos empapados rozase mi entrada, ya estaba empujando mis caderas hacia arriba y hacia ti.
De forma pausada, con cuidado, lo metiste dentro de mí. Fue algo incómodo y doloroso al principio, ya que hacía meses desde la única otra vez que alguien, ni siquiera yo mismo, me tocaba allí, pero confiaba en ti y me esforcé por relajarme mientras controlaba mi respiración. Cuando te tragaste mi dureza hasta el fondo y comenzaste a chupármela, sin embargo, la quemazón pasó a un segundo plano y la rigidez abandonó mis músculos.
Me preparaste con meticulosidad, hasta que me tuviste retorciéndome debajo de ti y empujándome contra tus dedos.
Y cuando finalmente te posicionaste, cuando rozaste mis labios con los tuyos y empezaste a enterrarte en mis entrañas despacio, estaba seguro de que estaba justo donde tenía que estar, que estaba justo con la persona que debía estar. Aferrado a los barrotes del cabezal de tu cama y respondiendo a tu beso con torpeza, te recibí poco a poco; la sangre pulsaba en mis oídos y mi piel estaba a punto de estallar de lo mucho que te necesitaba.
Dios, cómo me hubiera gustado que aquella noche durara para siempre, que nada de lo que pasó durante los siguientes meses hubiera ocurrido.
Pero así no es cómo funciona la vida, supongo.
Uno no puede deshacer algunos de los errores que comete, sino que le toca vivir con el peso de las consecuencias y aceptar parte de su responsabilidad en ellos.
Así que es bueno que aquella noche no supiera aún lo que se me vendría encima. Es bueno que, aquella noche, solo conociéramos las mieles de lo que podíamos crear juntos, en vez de la hiel de nuestro amargo final, esa que aún saboreo en la boca algunos días, desde que abro los ojos por la mañana hasta que me acuesto, aunque cada vez con menos frecuencia.
Nuestros besos se fueron volviendo más urgidos y, llegado un punto, me masturbaba y me empujaba con tanta desesperación contra tus embestidas que el restallar de nuestras pieles, nuestras respiraciones y gemidos, debían oírse desde la primera planta. Fuiste el primero en correrte con un jadeo gutural que contrajo mi estómago y reverberó en mi pecho. Sin salir de mi interior y con movimientos más calmados, te tumbaste encima de mí, rodeaste mi pulsante erección y moviste tu mano aprisa mientras besabas la extensión de mi mandíbula y nuestros torsos húmedos se deslizaban uno sobre el otro.
Estaba al borde. Solo un poco más y...
Mordiste mi barbilla y se me escapó un gemido mientras me retorcía y todo mi cuerpo daba espasmos.
Gotas calientes rociaron mi estómago, mi pecho, mi cuello, mi mentón.
Aún con mi pecho agitado, lamiste la extensión de mi torso; luego, apoyaste los brazos a ambos lados de mi cabeza, te hundiste en mi boca y, mientras me abrazaba a ti, me diste a probar las huellas de nuestra pasión en forma de un beso perezoso que fue el broche perfecto a lo que acabábamos de compartir.
Habíamos volado juntos.
Seguíamos planeando juntos aquel cielo estrellado por el que descendíamos sin prisas.
Nuestro sudor se secó, nuestras respiraciones se calmaron y, aun así, no dejamos de besarnos hasta mucho rato después. Solo entonces te levantaste de la cama para tirar el condón atado y saliste de la habitación momentos después con una toalla húmeda con la que nos limpiamos los dos.
Tiramos la toalla al suelo y me acurruqué en tus brazos a la vez que apoyaba la mejilla en tu pecho con un suspiro.
Y, mientras jugabas con el pelo de mi coronilla, mientras compartíamos aquel silencio mágico, esa extraña necesidad que llevaba meses sintiendo se hizo más clara que nunca: todo este tiempo, solo eran sentimientos que no había entendido y esa noche se habían solidificado, calentando mi pecho y llenando mi corazón hasta lo imposible.
Nunca había conocido a nadie como a ti.
Y sigo sin estar seguro de si quiero cederle tu puesto en mi corazón a nadie más.
Solo quiero cerrar los ojos, que tu cuerpo vuelva a arroparme con su calor y empaparme de ti. Solo quiero abrirlos, elevar la vista y volver a tenerte a mi lado, con esa sonrisa feliz, afectuosa y satisfecha que adornaba tus labios mientras cardabas mi pelo con caricias lentas y afectuosas.
Solo quiero volver a verte. Punto.
***
¡Buenas, personitas!
No tengo mucho que decir más que: aquí tenéis lo tan esperado 😏 Espero que cumpliera vuestras expectativas y os gustase el capítulo. Este es otro gran paso para Paco👌 aunque...
... ahora queda por ver qué pasará de este punto en adelante 🤔🙄
Muchísimas gracias por estar aquí una semana más 💖 No os olvidéis de votar y de hacerme saber vuestras opiniones, plis. Os lo agradecería mucho 😚
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