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✨ CAPÍTULO DOCE✨

Se podría decir que el problema entre Emma y Alejandra no se debía solo a un chico, sino que se remontaba mucho más atrás, cuando aún no existía Masón en sus vidas. ¿Te daba curiosidad saberlo? Pues, acompáñame a echarle un vistazo al pasado.

Hace un año

Alejandra y Emma no se odiaban en ese entonces; al contrario, eran muy buenas amigas. Tenían pijamadas, noches de películas y se contaban absolutamente todo. En pocas palabras, ambas eran mejores amigas y lo fueron durante al menos un año, hasta que un día, dos chicos ingresaron al instituto y eso causó un gran cambio.

—Alejandra —dijo la pelinegra.

—Dime, Emmi.

—¿Escuchaste sobre los nuevos?

La chica, al escuchar esto, dejó de retocarse el polvo y centró toda su atención en Emma. —No tenía idea de que hay nuevos ingresos.

—Son dos chicos. Uno lo conozco, ya que su padre es empleado de mi papá y lo he visto en una que otra reunión de trabajo. Admito que me gusta —la morena se sonrojó un poco—. Y el otro no tengo idea de quién es.

—¿Te gusta alguien? ¡Qué genial! Prometo que te ayudaré con él. Y cuéntame, ¿está guapo? —dijo la chica de lentes, moviendo las cejas.

—Es un papucho —dijo la pelinegra, moviendo los hombros.

—Su cara parece tallada por los mismos ángeles —completó Alejandra, sonriente.

Pensar que después de esa conversación las cosas se tornarían oscuras para ellas, o mejor dicho, para su amistad. Al día siguiente, los nuevos hicieron acto de presencia y las cosas en el instituto Ángeles dieron un giro de 180°.

Alejandra llegó temprano ese día y, en la entrada, se encontró con un chico de rasgos asiáticos y ojos delineados. Esto llamó su atención y rápidamente se acercó a él.

—Hola, solo quería decirte que tu delineado está genial —le dijo la chica con una sonrisa.

—Eres la primera que no me dice que me veo como un maricón —le devolvió la sonrisa—. Lo siento, yo... Gracias.

—No te preocupes. Imagino que debe molestarte mucho que te critiquen solo por delinearte.

—La verdad, esos comentarios ya no me afectan tanto como antes. Me gusta cómo me veo y eso es lo único que me importa.

—Siento que tú y yo nos llevaremos muy bien —la chica extendió su mano—. Me llamo Alejandra, es un gusto conocerte.

—Un lindo nombre para una linda chica —el chico sonrió y la chica se sonrojó—. Yo soy Masón, también es un gusto conocerte, Alejandra.

Mientras estos dos mantenían una conversación llena de risas y uno que otro coqueteo, una chica los observaba en la lejanía con el corazón algo roto. Masón era aquel chico del que Emma hablaba, y ver que este estaba junto a Alejandra, sonriendo cómodamente, fue la gota que derramó el vaso. Para Emma, Alejandra siempre obtenía lo que ella anhelaba tener: su buen gusto para la moda, su gran habilidad para el maquillaje y su encanto natural que le permitía destacar. Emma odiaba que Alejandra estuviera hablando con quien le gustaba y fue ahí cuando se propuso una cosa: por una vez en la vida, opacarla. Por una vez, sería ella la que ganaría.

Así que empezó a armar su plan. Fingiría que nada ocurría, vería la relación de Masón y Alejandra formarse, y así fue. Con el tiempo, Masón y Alejandra oficializaron su noviazgo, y para ese entonces, Emma ya tenía su plan totalmente armado. Tenía una ventaja: su padre era dueño de la compañía en la que trabajaba el padre de Masón, y usó eso a su favor. Habló con su padre, quien la trataba como una reina. Este accedió a darle un ascenso al padre de Masón a cambio de que sus hijos salieran. Obviamente, este se negó, pero al final, terminó accediendo, ya que, si no aceptaba, sería despedido.

Emma se salió con la suya. Logró separarlos y quedarse con Masón. En su mente, había ganado. Por una vez, era mejor que Alejandra, y cómo estuviera tras todo esto no le importaba, porque ya tenía lo que quería.

Por el otro lado de la historia, Alejandra estaba destrozada en su habitación, llorando desconsoladamente. Su novio le había puesto los cuernos con su mejor amiga. Se sentía inútil, como algo totalmente reemplazable. Poco a poco, dejó de arreglarse. Abandonó el maquillaje, su ropa era holgada, su cabello casi nunca era peinado. Era un desastre. La depresión la había convertido en un desastre. Muchos pensarían "es solo un chico, hay muchos en el mundo", pero lo que no veían era que Masón sabía la verdad de Alejandra, sabía todo acerca de ella, y que esto pasara fue un golpe bajo a su estabilidad, porque algo es seguro: así como el amor te da color, puede quitártelo en un instante.

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