Capítulo IX. Fort Wayne
(19 de junio de 2020, Detroit, Michigan.)
Apenas había llegado con mi familia y ya tenía este tipo de noticias en mis manos. «Alex, mi mejor amigo, ¿piensa suicidarse? ¡No puede ser! ¡No lo voy a permitir! ¡Tengo que llegar con él!». Me dije a mi mismo al salir corriendo hacia el garaje de la casa, mientras todos mis familiares celebraban nuestra llegada.
Traté de no llamar la atención, pero mis primos se dieron cuenta que me separé del grupo y me siguieron. —¡Will! ¿A dónde vas? Acabas de llegar, es peligroso salir —me reclamó John.
—Alex está en problemas, no puedo dejarlo solo, por favor díganle a mis padres que regresaré lo más pronto posible —les dije prendiendo las luces de la cochera.
Mientras ellos trataban de detenerme, yo estaba quitando el cobertor de la motocicleta de mi tío, era un monstruo para alguien de mi
tamaño, pero ya la había manejado antes. Recuerdo que mis primos se reían de mí, por lo ridículo que me veía arriba de ella.
—¡No vayas por favor!, debemos estar juntos —me dijo Arthur suplicando.
—En verdad perdónenme, les prometo que todo va a estar bien, regresaré en un día o dos, lo juro. Ayúdenme con la puerta por favor.
Ellos se negaron, seguían insistiendo que no fuera. —¡John, Arthur, no sé cuánto tiempo le queda de vida a mi mejor amigo, por favor, solo abran la puerta! —les grité.
Me vieron con lágrimas en sus ojos y sin pronunciar otra palabra; abrieron la puerta.
Tomé las llaves de la motocicleta, me puse mi casco y encendí el motor. —¿William? —dijo mi papá por dentro de la casa.
Estaba desesperado, al ver que la puerta del garaje se abría a menos diez kilómetros por hora, y al escuchar los pasos de mi papá, acercándose cada vez más. «Lo siento». La puerta del garaje se abrió en su totalidad y aceleré a fondo; tratando de no voltear hacia atrás. —¡William! —gritó, mientras yo iba acumulando velocidad por las calles de Detroit.
**
(19 de junio de 2020, Fort Wayne, Indiana.)
Jorge parecía que ya llevaba un tiempo subiendo las escaleras de algún edificio de la ciudad, estaba sudando y jadeando.
—¡Debo llegar con Alex! ¡Debo llegar con Alex! ¡Y bajar seis kilos! ¡Y bajar seis kilos! —decía en voz alta, al subir las escaleras.
Jorge ya iba en el piso treinta y siete del edificio y seguía subiendo —¡Nunca pensé que hubiera un lugar tan alto en este pueblo! —se dijo a sí mismo—. Finalmente llegó a una puerta que decía: "azotea". —¡Vaya! —dijo tomando aire y colocando sus manos en sus rodillas—, Alex sí que es rápido.
Al entrar, continuó jadeando durante unos segundos, mientras volteaba a ver a todos lados.
—¡Alex! —gritó, sin tener suficiente aire para expandir su voz.
Caminó hacia la orilla, por donde según él lo había visto desde la calle. Al fijarse un poco más, se dio cuenta que detrás de una pared y cerca de una enorme antena, se encontraba Alex, sentado en una esquina; viendo hacia el horizonte.
—¡No te acerques más Jorge! —gritó Alex con fuerza.
—Alex, entiendo que estás muy mal en estos momentos hermano, pero por favor, no lo hagas.
—Tú no comprenderías, tomas la vida como un chiste.
—Es que la vida, ¡es un chiste! —le contestó Jorge tratando de simpatizar con él.
—¿Acaso no comprendes lo que me sucedió? —le preguntó Alex con rabia.
—Para ser honesto, nunca nos has hablado bien de tus padres y estás equivocado si crees que estás solo. Will y yo te apoyaremos siempre.
—¿Will? ¿Y dónde está, eh? Solo tomó sus cosas y se largó —le contestó molesto.
—Te equivocas amigo, Will viene para acá, cabalgando en su caballo blanco para ayudarte a entrar en razón.
—¿Cómo sabes eso?
—¿Este... Whatsapp? —le contestó Jorge enseñándole su celular—, viene en la motocicleta de su tío, como si su virginidad dependiera de ello.
—¡Eres increíble Jorge! —le contestó sarcástico.
—¡No! ¡Tú eres increíble! Se supone que tienes el coeficiente intelectual más avanzado que nosotros tres y mírate, ¿Quieres acabar con tu vida? ¿Abandonar a Will y a mí? ¿Qué pasó con: "unidos siempre"?
—Si tan solo fuera así de fácil.
—Alex —dijo Jorge frustrado.
—Solo déjame tranquilo, ¿quieres?
—Está bien, está bien, me quedaré aquí y me aseguraré de que no cometas una pendejada —le dijo Jorge sentándose cerca de Alex, levantando sus manos, dándole a entender que estaría en paz.
**
(19 de Junio de 2020, carretera veinticuatro, Ohio.)
Estaba cruzando el Lago Erie a gran velocidad, no había más peregrinos en la carretera, todo volvía a tener un aspecto sepulcral. El sol se ocultaba, debía llegar a Fort Wayne en dos horas a más tardar. Tenía la presión en mis hombros de no tener noticias sobre Alex.
«Espero que Jorge lo entretenga con sus chistes malos y rutinas de circo».
Lo único que me tranquilizó fue que la motocicleta tenía suficiente combustible. El suficiente, para llegar a Fort Wayne en dos horas o menos. No iba a tolerar otra desgracia, aunque presentía que algo grave iba a ocurrir. Necesitaba traer a mis amigos de vuelta conmigo a Detroit, lo antes posible.
Dentro de poco, había cruzado la infernal ciudad de Toledo, desplazándome por Waterville a toda marcha. Por poco me estampó con algunos autos descompuestos en la carretera, pero gracias a que mi tío me dejaba usar su moto de vez en cuando, tuve la agilidad para esquivar todos los obstáculos.
Mi papá tenía razón, de haber tenido la moto, moverse de Detroit a Fort Wayne, se convertía en un viaje de horas. Al fin y al cabo, nunca nos tomaba más de tres en el auto, dependiendo del tráfico. Solo que en esta ocasión, aceleré más de lo que se permitía.
«Por favor Alex, por lo que más quieras, no hagas una estupidez». Me dije a mí mismo, mientras comenzaba a ver el Río Maumee de mi lado derecho.
**
(19 de Junio de 2020, Fort Wayne, Indiana.)
Jorge se despertó sorprendido, se encontraba en uno de los edificios de la ciudad, asegurándose que Alex no se suicidara. Al recuperar sus sentidos, se dio cuenta que él no estaba donde lo había dejado. —¡Maldición! —gritó—. Se apresuró a asomarse a la orilla, por fortuna su cuerpo no estaba ahí, estampado en el pavimento. Dejó salir un ligero suspiro de alivio y tocó su pecho con su mano. —¡Auch! —exclamó, al recordar aquel dolor intenso que había sentido en su muñeca izquierda.
—Creo que como guardia te mueres de hambre amigo —le dijo Alex a sus espaldas.
Jorge saltó del susto y volteo rápidamente, para ver de dónde provenía su voz. Alex se había alejado de la orilla y estaba contemplando las estrellas en el cielo.
—¿Me quedé dormido? —le preguntó Jorge.
—Casi dos horas... a poco no sería increíble poder volar y explorar cada una de esas estrellas —dijo Alex en un tono calmado—, ¿Qué tantos misterios resguarda el espacio? ¿Que habrá a millones de años luz de aquí? —dijo, mientras Jorge lo veía espantado. —¿En qué momento te vendieron la droga amigo?
—Creo que sería un maravilloso lugar para explorar algún día, ¿No lo crees? —le dijo Alex, mientras sacaba una pistola de la bolsa de su pantalón.
Jorge lo embistió, ocasionando que el arma cayera al piso. Ambos forcejearon en el suelo durante unos minutos. Jorge trató de inmovilizarlo, pero no contaba con la fuerza que tenía Alex, no podía detenerlo durante mucho tiempo. —¡Suéltame panzón!, ¡déjame en paz! —le gritó Alex.
—¡De ninguna manera voy a dejar que tomes esa arma!
Justo en aquel momento, fue donde los encontré.
—¡Hey! ¡Ya basta! —les grité entrando por la puerta de la azotea—, ¡Ya contrólate Alex!
—¡No vamos a poder sujetarlo entre los dos! —me indicó Jorge.
Tenía razón, Alex era muy fuerte. Busqué a mis alrededores para ver con que podía sujetarlo, pero lo único que vi, fue un ladrillo tirado en el piso. Corrí a toda velocidad, lo tomé y me le acerqué.
—Perdón —le dije golpeándolo en la cabeza y dejándolo inconsciente.
—¡Excelente!, aquí llevo horas tratando de salvarle la vida y tú lo matas a ladrillazos, ¡buen trabajo Will!
—¡Cállate!, no hubiéramos podido controlarlo. Tenemos que sacarlo de aquí y llevarlo a mi casa; no estamos tan lejos.
Acabé con dolor de espalda después de haber bajado el cuerpo de nuestro amigo por todo el edificio. Alex era delgado, pero de huesos pesados. Aún cargándolo entre los dos, nos costó una hora llegar a la planta baja.
—¿Viniste desde Detroit en esto? ¿Qué no te queda muy grande? —dijo Jorge al ver la motocicleta de mi tío.
—No estaba pensando en la estética de la situación, si es que a eso te refieres.
—¿Y dónde se supone que voy a ir yo?
—Pues detrás de él —le contesté.
—¡Está bien!, pero vamos a sacar chispas con todo el peso atrás y tú no podrás ver nada —me dijo soltando una carcajada.
—Eso no va a pasar —le dije.
Fuimos muy lento desde aquel edificio a mi casa, el aire estaba terroríficamente frío, las hojas de los árboles, se arrastraban como insectos, haciendo ese ruido tan peculiar que según yo, sólo era posible durante el mes de octubre, cuando las calles de Fort Wayne se llenaban de colores naranjas y cafés. Solo había unas cuantas luces prendidas en toda la ciudad, pero no parecía haber nadie. Aún bajo este escenario, estaba feliz por haber llegado a tiempo con mis amigos. «Solo deseo ayudar a Alex con su duelo».
Llegamos a mi casa a las tres de la madrugada, estaba agotado por todo el viaje y el esfuerzo que habíamos hecho. Alex seguía inconsciente, lo metimos al cuarto de mis papas, atando sus manos y sus pies; por si las dudas.
—¿Aún no me explico de dónde sacó esa pistola? —le pregunté a Jorge.
—Esto es América, te regalan esas cosas en las máquinas expendedoras —me contestó, sacando otra carcajada.
«No tiene remedio este cuate». Le insistí que fuéramos a dormir de una vez, para levantarnos temprano y tratar de convencer a sus padres de regresar con nosotros a Detroit.
—Eso es imposible Will, no podrás sacar a mis papás de su casa, al menos que los amenaces con un rifle o les digas qué hay un concierto gratis de Celine Dion.
De repente, escuchamos ruidos en la parte de abajo de mi casa, alguien había entrado. Le hice señas a Jorge para que no hiciera ningún ruido. Me asomé por las escaleras y vi una sombra moverse en mi sala. Me agaché tan pronto como pude.
—Abre el closet que tienes en frente —le dije susurrando—, saca el bat que está ahí—le dije.
Me alegré que mi papá haya decidido guardar un bat de béisbol, por si algún día, esto llegaba a suceder. Jorge me hizo caso y muy delicadamente abrió la puerta del closet.
—Dámelo —le dije—, ponte detrás de mí.
Nos pegamos a la pared y esperamos. Escuché que la misteriosa figura seguía en mi sala, acercándose a las escaleras. Después comenzó a subir poco a poco. Empecé a sudar, mis manos estaban mojadas y Jorge temblaba detrás de mí. Los pasos se oían cerca, fuertes y pesados. Por fin, algo emergió de las profundidades de la noche. Le pegué lo más fuerte que pude, ambos gritamos y retrocedimos. La figura tomó el bat y lo aventó por las escaleras. Al acercarse a la luz, aprecié el rostro de una persona que yo conocía muy bien. Mi padre nos estaba observando fijamente a los ojos, inexpresivo y respirando con fuerza.
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