Capítulo Final. Sin Un Lugar en el Cielo
(0 días: 1 hora: 36 minutos: 22 segundos para la extinción de la humanidad. Zona X.)
Los tres estábamos viendo atentamente a la profesora quien parecía estar fuera de sí. Sus ojos verdes veían a través de nosotros, como si no nos pudiera ver. Tenía una blusa azul, pantalones oscuros y zapatos planos, todo perfectamente limpio, como si fuera a dar un paseo por la zona. Al parecer todo estaba normal, si no fuera por su inexpresividad y una enorme daga que tenía en su mano izquierda.
—¿Profesora Peril? ¿Se encuentra bien? —le pregunté.
Continuaba en silencio, sin verme a los ojos.
—¿Ella es Peril? —me preguntó Alex.
—Sí —le contesté, aún en estado de shock.
—¿Qué no, según tú, se debió de haber transformado en bestia? —me preguntó Jorge.
—Al parecer me equivoqué, mira —le dije señalándole su brazo izquierdo—, sí tiene la marca de Alatara.
—¿Qué hace con ese enorme cuchillo en su mano? —preguntó Alex nervioso.
—No lo sé, mantengan su distancia —les dije, retrocediendo unos pasos.
Varias lagrimas salieron de los ojos de la Profesora, quien parecía estar recuperando su conciencia.
—¿Eres William Thurman? —preguntó.
—Sí —le contesté.
—No debiste haber venido —dijo con una voz muy sutil y envolviendo la daga; aún más fuerte en su mano—, ella está viva —nos dijo lamentándose.
—¿De qué habla Profesora? ¿Quién está viva? —le preguntó Alex, dando un paso al frente.
—La tierra, la madre naturaleza, está viva —dijo en un suspiro.
Nos vimos unos a los otros. También pude ver a Lydia apuntando su arma hacia la profesora.
—Sé que hay que hacer, sé que es lo que voy hacer —dijo Peril entre dientes.
—¿Profesora? ¡Por favor! ¡Nos queda poco tiempo para resolver la profecía! —le rogué.
—La tierra me ha hablado —dijo aumentando un poco su tono de voz y mirándonos a los ojos—, ella fue quien le ayudó a la humanidad a construir estas pirámides, sus pirámides. Levitando las piedras y colocando una encima de otra, después de ser cuidadosamente talladas. Fueron construidas por todo el mundo, cada una con distintos aspectos, pero con la misma finalidad, honrar su existencia. Ella nos advirtió, que alterar el orden de sus principios, provocaría el fin de la raza humana; coordinando un ataque en nuestra contra. Y solamente les dio una oportunidad a unos cuantos para redimirse.
—¿Se refiere a nosotros? —le pregunté.
—Sí —me contestó.
—¿Qué debemos hacer, que quiere con nosotros? —le insistí.
—Los elegidos tendrán la oportunidad de guiar a los que Ella ha seleccionado para su sacrificio...
—¿De quién está hablando? —le preguntó Alex
—Ella pide que una de estas tres personas muera frente a este templo: Maximiliano Rojas, William Thurman o yo.
Los tres nos paralizamos al escuchar sus palabras, nuestros rostros se pusieron pálidos y el calor del lugar se nos olvidó por completo. La noticia me hizo sentir un terrible aire congelado que perforaba cada poro de mi piel.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? ¿De entre todas las personas del mundo? —le preguntó Jorge.
—Nos eligió —dijo Peril, con una voz endeble—, porque tenemos un linaje único. Representamos a tres figuras importantes en la historia, quienes sacrificaban a inocentes en su nombre, tras enterarse que, Ella era Dios. Max es descendiente del poderoso emperador maya, Kinich Kan Balam, William del sultán otomano, Osman Gazi, y yo, del faraón Akenatón. Las acciones de estos personajes mantuvieron el equilibrio en la tierra, dándole a la humanidad, la oportunidad de coexistir. Sus costumbres fueron adoptadas por miles de civilizaciones, asegurándonos un futuro prometedor. Con el tiempo, el ritual del sacrificio fue abandonado, al igual que la paciencia del planeta. Solo con la muerte de uno de nosotros, obtendrá la genealogía que corre por nuestras venas y calmará su furia; por el momento.
Los tres no podíamos creer lo que oíamos, estábamos pasmados tras escuchar esta revelación.
—¿¡Qué no ha tenido suficiente con lanzar a todos fuera del planeta y convirtiéndolos en bestias!? —le reclamó Alex, con gotas de agua saliendo de sus ojos.
—Eso fue porque nos hicimos sordos de su advertencia. A Max le presentó una profecía en fragmentos, avisándole de nuestro posible destino. A mí, me mantuvo en coma, contándome sus secretos, por eso sé, que Ella considera bellas a todas sus creaciones; solo nos hizo recordar lo valiosa que es —dijo Peril.
—¿Entonces?, ¿el espectro?, ¿mis visiones?, ¿el rompecabezas?, ¿todo fue porque Ella me eligió a mí, para ser un posible sacrificio?
—Me temo que sí —me contestó.
(0 días: 0 horas: 45 minutos: 22 segundos para la extinción de la humanidad. Zona X.)
La tierra tembló, la tempestad volvió y el aire quemaba aún más.
—El tiempo se agota, debo sacrificarme con esta daga, sobre la pirámide y dejar que mi sangre se derrame hasta la tierra —nos dijo Peril con palabras débiles y levantando la daga hacia su pecho.
—¡No! ¡Debe haber otra forma! —le grité.
—Ustedes han hecho un hermoso trabajo, sé que han luchado con todas sus fuerzas para llegar hasta aquí, pero tienen su vida por delante y hacer de este planeta un lugar mejor —afirmó Peril con una ligera sonrisa.
—¡Profesora no lo haga! —le insistió Jorge.
—Williaaaaaaaaaaaaaaaaam.
Era la voz del espectro en mi cabeza, aunque pude sentir su presencia dando vueltas alrededor de mí.
—¿Cumplirás tu propósito o dejarás que todos mueran?, Miraaaaaaaaaaaaaaaa.
La tierra se hizo más inestable, agrietándose y creando hoyos alrededor de nosotros. Entre las nubes los truenos caían con más y más fuerza. Miles de rocas comenzaron a elevarse. Vi que una de las rocas golpeó a la profesora, haciendo que la daga terminará clavada en la piedra caliza de la pirámide.
(0 días: 0 horas: 25 minutos: 37 segundos para la extinción de la humanidad. Zona X.)
—¡Will! —me gritó Alex al elevarse por los aires.
Puse todo mi esfuerzo y volé hacia él; alcanzando su mano.
—¡Vuelve a concentrarte! —le grité.
—¡Estoy perdiendo a Alatara! —me dijo.
De alguna u otra forma, yo todavía podía volar sin perder la señal. Cargué a Alex y lo llevé debajo de un árbol.
—¡Sostente! ¡No te sueltes! ¡Por favor! —le dije dejándolo sano y salvo entre las enormes raíces.
—¡William! —me gritó Alex, implorando con sus ojos que me quedara con él.
—Te amo —le dije, mientras la zona comenzaba a ser destruida. Esperando no haberle dado el último beso; pero tenía que poner a los demás a salvo —me dije a mí mismo—, siempre estaré contigo —le dije.
(0 días: 0 horas: 20 minutos: 08 segundos para la extinción de la humanidad. Zona X.)
La zona se veía severamente destruida, Jorge había ido con Lydia para ayudarla, pero la gravedad comenzó a levantarlos del suelo. Ella había clavado una cuerda en la tierra para evitar salir volando; sin embargo, la colina inició a despedazarse.
—¡No se suelten! —les dije.
—¡Will!, ya no puedo sujetarme más —me gritó Lydia.
Tomé la cuerda y les di dos vueltas para amarrarlos lo más que pude.
—¡Los llevaré con Alex! —les indiqué.
Había piedras por todos lados, se hacía difícil desplazarse por la zona. La tierra iba a colapsar, no nos quedaba mucho tiempo. Vi que Peril hacia un gran esfuerzo por alcanzar la daga, la cual, seguía clavada en las rocas.
—¡Rayos! —dije.
Me moví a toda velocidad al árbol donde había dejado a Alex. Dejé a Jorge y a Lydia bien amarrados.
—¡Voy por Peril! —les dije.
—¡Will! —me gritaba Alex.
—¡No hagas una tontería! —me dijo Jorge.
(0 días: 0 horas: 15 minutos: 41 segundos para la extinción de la humanidad. Zona X.)
—Esta va ser la tontería más grande que voy hacer en mi vida —pensé.
Llegar a Peril fue aún más complicado, empecé a sentir que la frecuencia de Alatara se extinguía; provocando que mi cuerpo perdiera el control. Me di cuenta que ella ya había alcanzado la daga, iba en camino para realizar lo inimaginable.
—¡Peril! —le grité.
—¡William! ¿Qué haces aquí? ¡Ve con los demás! —me ordenó.
—Disculpe profesora, pero no puedo permitir que haga esto —le dije.
Tomé la daga, la clavé en la piedra caliza, cargué a la profesora por la fuerza y me la llevé hasta el árbol.
—¡¿Qué haces?! ¡Yo puedo hacerlo! —me gritó.
La profesora me dio un tremendo golpe en el estómago y voló hacia donde estaba el cuchillo. Retrocedí unos cuantos metros y fui tras ella.
—¡Vuelva aquí! —le dije.
Logré alcanzarla, la tomé de sus hombros y la alejé del objeto.
—¡William! ¡Debes dejarme hacerlo! ¡O tendré que lastimarte! —me gritó.
—¡De ninguna manera se lo permitiré!
Ambos nos enfrentamos en el aire, mientras grandes pedazos de piedra flotaban a nuestro alrededor. La profesora estaba decidía hacer lo que fuera por obtener la daga. Me lanzó varias patadas y puñetazos, pero logré evadirla, hasta que por fin me tomó del cuello como aquel grandulón lo había hecho en el entrenamiento.
—¡¿Cuál es tu afán de acabar con tu vida William!? —me gritó con desesperación.
Yo me estaba ahogando, a pesar de ser muy delgada, tenía una fuerza envidiable.
—No es justo que usted muera —le dije tratando de respirar—, lo lamento profesora.
La tomé por su ropa, la lancé por arriba de mi cabeza, azotándola en las escaleras de la pirámide. El golpe la tranquilizó, permitiéndome cargarla y dejarla bien amarrada en el árbol junto con los demás.
—¡William! —seguía gritando Alex con el corazón desgarrado.
Me detuve a verlos de frente, ahí estaban mis amigos, mi familia, el amor de mi vida, ellos merecían vivir, yo podía garantizarles eso, yo podía darles esa oportunidad.
—Gracias por todo, son los seres más hermosos que me ha dado la vida.
—¡William! —me gritaban.
—¡No lo hagas!
(0 días: 0 horas: 5 minutos: 15 segundos para la extinción de la humanidad. Zona X.)
Volé sin mirar atrás, me despedí de ellos con un dolor terrible en el pecho —Creo que no existe daga en el mundo que me pudiese doler más que esto —dije en mis pensamientos.
Me apuré a la pirámide y recogí ese enorme objeto punzo cortante entre mis manos. Mi sangre debía tocar la tierra, así que me metí a un enorme hueco que habían dejado las rocas despedazadas, podía escuchar los gritos de Alex a la distancia. —Amor, lo siento, prefiero ser yo, entiéndelo.
Elevé la daga y la dirigí con todas mis fuerzas hacia mi estómago; pero algo me jaló.
—¡Detente William!
Era Max, apareció detrás de mí, sujetando mis manos antes que pudiese terminar con esto.
—¡Max! ¡Estás vivo! —exclamé.
—¡En qué estás pensando Will! ¡Dame eso! —me ordenó, quitándome la daga.
Me di cuenta que él también podía volar con dificultades. Ahora fue él quien me cargó y me llevó con mis amigos.
—¡Will! —me gritaron Alex y Jorge; abrazándome y emanando lágrimas amargas.
—¡Eres un imbécil! ¡Unidos siempre!, ¿recuerdas? —exclamó Jorge.
—¡Porque Will! ¿¡Por qué!? —me gritó Alex.
—No podía dejarlos morir, lo siento. Amor, lo siento.
—¡Eres un tonto William Thurman! —me reclamó Alex.
—¿Max? —dijo Peril.
—Lamento haberte metido en esto Julia, nunca debí...
—No digas más, yo te amo, no hubiera cambiado nada.
Ambos se besaron con ternura; de alguna manera Julia sabía lo que Max quería decir.
—Cuida a la tierra por ambos quieres —le suspiró a Max en el oído.
Ella lo beso una vez más y con los ojos cerrados lo dejó ir. Él se fue volando al hueco donde yo me había metido, dejando a Julia y a nosotros atrás.
(0 días: 0 horas: minutos: 50 segundos para la extinción de la humanidad. Zona X.)
—Julia...
Max se clavó la daga en el estómago y se aferró al suelo lo más que pudo. Parte de su sangre tocó la tierra, el resto salió volando, todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Al teñirse el lodo y el viento, de un rojo oscuro, la tierra dejó de rugir, varias rocas cayeron al piso, los fuertes vientos se detuvieron, las nubes negras se disiparon y el cielo recuperó un tono azul.
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