XII
La búsqueda de Manzano no llegó a nada, por lo que pensé que simplemente su familia se había quedado enteramente en Francia, al menos por ahora. Me pregunto, qué hubiera dicho o hecho si hubiera encontrado un testimonio viviente de las vidas que ya no serán en esta historia. Sé que pude preguntar por mis ancestros, los del capitán o cualquier otro; supongo que tan sólo tomé la pista más cercana. En cualquier caso, mi trabajo era otro.
Una vez que volví a estar en forma, el general Mata me citó a su oficina.
-Capitán Cienfuegos-comenzó-¿Cómo se siente ahora que está de vuelta?
-Listo para servir, señor-contesté
-Eso es bueno-se paró y miró hacia su ventana-ahora que hemos repelido una terrible amenaza externa, es hora de mirar hacia adentro.
-¿Señor?
-Con el oro de California, tenemos más que suficiente materia prima para modernizar el país. El problema será transportarla a lo largo de este. Nos esforzamos tanto en detener la invasión que descuidamos la otra cara de la moneda: bandidos y pandillas aquí adentro.
Apreté los dientes cuando dijo eso. Sin importar la época, era la misma escoria que plagaba México. -¿Y qué haremos con ellos, señor?
El general volteó con una sonrisa pícara. -Se nota que a ti tampoco te caen bien. Las ciudades ya están en proceso de modernización, así que cuerpos policiales aparecerán pronto. Es en los caminos donde nos enfocaremos. Y este...-estira su mano debajo de su escritorio y saca un mapa-...es nuestro plan: vamos a fundar pueblos en puntos estratégicos de los caminos, y dentro de cada uno habrá al menos una guarnición, lista para cuidar los caminos. Funcionarán como puntos de control autosuficientes, ayudarán a la economía y movilizarán a más gente a unirse a la lucha.
Eso me inquietó. -¿Estamos seguros de esto, señor?-pregunté en duda-Tener civiles cerca podría dificultar las cosas o hasta llevar a bajas no deseadas.
-Descuide-respondió el general-los diseñadores tomaron en cuenta eso. Hay al menos un granero o torre en cada pueblo que puede servir de búnker si es necesario. No habrá que preocuparse por ellos si hacen caso.
-Comprendo, señor-asentí satisfecho con la respuesta-Entonces mi misión será acuartelarme en uno de esos pueblos, ¿correcto, señor?
El general sacudió ligeramente la cabeza-No del todo. Verá, estamos muy cortos de personal, especialmente con nuestras recientes pérdidas. Darle un rifle a un granjero no lo convertirá en un soldado, pero alguien más puede enseñarle. Y hará falta un gran maestro para aprender a volar.
Retrocedí sorprendido por lo que él quería decir. -¡¿Quiere que les enseñe a volar?! Con todo respeto, creo que eso va más allá de mis capacidades, señor.
-Tranquilícese, capitán-me aplacó-Bajo otras condiciones, usted tendría que pasar por un riguroso curso de capacitación antes de poder siquiera ser considerado para instructor del Colegio del Aire. Aquí, sin embargo, el 99% del mundo no sabe ni sabrá qué es un avión. Necesitamos mantener la tradición viva y las mentes afiladas. No será instructor pero sí debe seguir en caliente.
-Estoy confundido, señor.
-Míralo de esta forma: no vas a enseñarles los años y años de avances. No van a volar jets, ni mucho menos. Te mantendrás volando en el Quetzal, pero a ellos lo único que les enseñarás es a volar planeadores de baja altitud, ¿queda claro?
Me tomé un momento para procesar el razonamiento detrás de este plan, y viéndole el sentido, asentí-Sí, señor. Haré lo que pueda. Sólo dígame dónde me necesita.
-Muy bien, capitán-exclama con una sonrisa. Saca otro mapa, uno del México que existía en ese momento. Con su dedo, apunta hacia el centro-El pueblo al que ha sido asignado se encuentra en San Luis Potosi. El nombre que se le ha dado...es Comala.
Si sólo es familiar con la pequeña ciudad de la actualidad, no entendería porqué no pude contener mi risa cuando el general dijo ese nombre. La razón está en la conversación que siguió.
-¿De qué se ríe?-pregunta el general, sabiendo muy bien el porqué pero un poco irritado por mi falta de seriedad.
-Perdone, señor-contesto mientras intento contenerme-pero no pude evitar reírme cuando mencionó el nombre de un famoso pueblo ficticio de la literatura mexicana. Sé que ya no será escrito, ¿pero realmente era necesario plagiar Pedro Páramo?
El general hace una mueca-A mí no me diga nada; yo no decidí los nombres. Fuera de ello, ¿tiene alguna duda, pregunta o comentario?
-Ninguna, señor.
-Muy bien. Ahora, empiece a empacar sus cosas, guarde su Rosita y vaya a despedirse. El coronel Aguilar le dará instrucciones especificas sobre cómo se organizarán. Sin más preámbulo, retírese.
-Sí, señor.
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