XI
Desperté agitado en una cama. En mi cabeza sólo había un pensamiento:
-¡MENDOZA! ¡MENDOZA¡
Con la misma fuerza que gritaba, empujaba mi cuerpo fuera de la cama, extendiendo mi brazo para alcanzar un fantasma que no estaba ahí...
-¡Capitán, cálmese!-decían los enfermeros que se abalanzaron sobre mí. En poco tiempo, recupero la conciencia, y poco a poco me doy cuenta de donde estoy.
-¿Qué?-dije todavía con el corazón acelerado y con falta de aliento-¿Qué pasó? ¿Dónde está el coronel Mendoza?
-¿Coronel?-dice un soldado que se acerca-Creo que se golpeó el coco muy fuerte. Aquí el coronel soy yo.
-Lo siento, señor-digo una vez que reconozco al coronel Aguilar
-Descansa, muchacho-responde calmadamente el coronel mientras toma asiento a los pies de la cama-Deja que los médicos te examinen. Hiciste un gran trabajo ahí afuera.
Sin decir nada, deje que los médicos me checaran. Tomaron mi pulso, checaron mis ojos y si respondían mis rodillas y mis brazos. Poniendo atención, me di cuenta que tenía una muñeca fracturada, una venda alrededor de la cabeza, y varias cosas rotas en mi torso.
-¿Cuál es su nombre?-me pregunta un doctor
-Hermes Cienfuegos
-¿Rango?
-Capitán segundo
-¿Dónde está? ¿En qué año?
-Veracruz, 1812. Ahora, necesito saber qué le pasó al capitán Mendoza.
El médico le hizo una seña al coronel. Este se paró de su asiento y se coloca a mi lado.
-¿Qué es lo último que recuerdas?-me pregunta seriamente
-Estábamos en el Quetzal. Íbamos a rescatar al México. Estábamos por disparar, y entonces...entonces...¡augh! ¡No puedo recordar qué pasó después!
-No se fuerce, capitán-aclara el médico-Es normal que tome tiempo recordar lo sucedido. Tuvo una contusión muy fuerte.
-Le contaré lo que sucedió de acuerdo con testigos-dijo el coronel-Tal parece que en el momento que disparaban los cohetes, una explosión cercana a la cabina del capitán Mendoza accionó el componente incendiario antes de que despegaran. Como resultado, su lado del aparato se incendió.
Comencé a recordar lo que sucedió. Recuerdo las flamas que envolvían su cabina y el miedo que me causó pensar que podría morir.
-Lo que hiciste después-agregó el coronel-fue una hazaña increíble. Diste la vuelta al quetzal y lograste acuatizar antes de que las llamas envolvieran la cabina. Ese tuvo que ser un tiempo record.
-¿Lo...fue?-pregunté con angustia-¿Salvé al capitán?
El rostro del coronel se entristeció.
-Lamento decirte que pasó mucho tiempo en el agua. Está vivo, sí, pero en coma. Por poco tienes la misma suerte. El México mandó un bote salvavidas tan pronto como pudieron, pero apenas lograron salvarlos
Se me hizo un hueco en el corazón. Sabía que los soldados morían en batalla. Y sin embargo, cada muerte me pesaba. Pero este era un golpe particularmente duro. Tal vez porque era alguien cercano; un mentor. Un amigo.
Pasó mucho tiempo sin que pudiera pararme. Los sobrevivientes del escuadrón me visitaron en el hospital, bromeando saladamente sobre cómo era un bastardo con suerte. Asistí al funeral de los fallecidos en una silla de ruedas hecha de madera con plumas, y el resto del tiempo lo pasaba intentando pararme por mi cuenta o con curanderas locales (tal parece que uno de las profesiones que menos trajimos fue médicos capacitados para rehabilitación).
Mientras estaba confinado a la cama y la silla, recibí una visita inesperada.
-¿Cómo se siente, héroe?-dice el teniente Manzano
-Maravilloso-le contesté sarcásticamente-tan esplendido como mi cara
-Hey, si sirve de algo, gracias-dice él tan seriamente que no lo creí-Nosotros también perdimos hombres en el mar, incluidos varios de mis amigos. Para serte sincero, no podríamos haber ganado sin ustedes. Y nos salvaron en ese último tramo no una tremenda tunda, tu y el capitán Mendoza.
-Gracias por el comentario. Nos acostumbramos a levantar nuestro peso y más-tomé un sorbo de té que me recomendaron las curanderas mientras él reía-Tan sólo espero que esto haya válido la pena
-Descuida-continua él-Despedazamos la flota invasora y tomamos muchos prisioneros de los naufragios y capturas. Además, reportes dicen que Napoleón en persona fue a Cuba para supervisar la invasión. Yo creo que los estadounidenses no lo van a dejar ir tan fácil. Y como España sólo accedió a tregua para invadirnos, lo más probable es que se revelen abiertamente, con él lejos.
Eso es algo que no había pensado. Esto ya era una diferencia enorme con el curso de la historia como originalmente fue. El hombre más poderoso y hábil del siglo XIX caía estrepitosamente, no a manos de una coalición europea, sino a manos de dos naciones apenas fundadas en el nuevo mundo. Me preguntaba en ese momento, cómo reaccionarían los imperios coloniales ante esto. O cómo reaccionaríamos nosotros o los Estados Unidos. Pero el pensamiento fue sólo fugaz. Por ahora.
-En fin, es bueno ver que vas mejorando-concluye el teniente Manzano-si ocupas algo, puedo encontrar la manera para que llegue a ti. Especialmente, si buscas compañía femenina, hay muchas que quisieran acostarse con el "Quetzal de Veracruz".
Hago una mueca y simplemente respondí-No gracias. Pero si puedes, por favor busca a alguien con apellido Levante entre los prisioneros.
-¿Cómo el general?-preguntó el teniente-Bueno, si eso quieres haré lo que pueda.
Partiendo del hospital, regresé a acostarme a mi cama. Relajarse era importante para volver al servicio activo. México estaba a salvo por ahora, pero faltaba mucho por hacer.
Y no tenía idea de cuanto.
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