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-¡¿Qué han dicho?!-exclama en sorpresa el General Mata.
-Exactamente lo que oyó-contestó el capitán Mendoza-Tienen una forma de darnos allá arriba. No sé si es un cañón, cohetes o qué sea. El punto es que no podremos atacar con impunidad como esperabamos.
El General hace una mueca y voltea al horizonte, hacia la columna de humo y llamas amarillas saliendo del barco que recién hundimos.
-Aún así-declara el General-No podemos quedarnos sentados aquí sin hacer nada. Sin apoyo aéreo, despedazaran nuestros botes como si no estuvieran ahí-
Se voltea hacia nosotros, toma un gran respiro y procede a gritar desde su pulmón-¡Envíenlos al infierno, Quetzales!-
Todos los aparatos despegaron, nosotros al último para reponer los cohetes. Dimos unas vueltas en el aire para colocarnos en formación de flecha. Nosotros al frente, con los demás aparatos a los lados. Debíamos mantenernos lo suficientemente cerca para poder dar ordenes por señas.
Ya en formación, procedimos al mar. Para entonces, la batalla marítima ya había comenzado. Cerca del fuerte, los barcos franceses viraban para alinearse y destruir nuestra flota de defensa en un golpe decisivo. Varios barcos pesqueros cooperaban en conjunto y se batían en duelo contra los más poderosos navíos de guerra, como manadas de lobos atacando enormes alces. Alejados de la batalla principal, los barcos estadounidenses disparaban juntos contra un navío francés mientras maniobraban a su frente y su detrás, evitando exponerse a su peligrosa salva lateral. Más allá, las líneas francesas se doblaban para perseguir al México, efectivamente la amenaza más grande después de nosotros. Esparcidos por el lugar yacían algunos escombros y restos de algunas naves ya destruidas, casi todas nuestras...
Pero nuestra voluntad no flaqueó
-¡Hay que evitar que formen la línea!-le dije al capitán a través de la comunicación.
Sin titubear, el capitán volteó a su lado izquierdo e hizo varias señas hacia nuestros camaradas en el aire, indicando qué barcos atacar. Luego se volvió al lado derecho y repitió. Terminadas los ordenes, nos separamos y reorganizamos en dos líneas. Debíamos atacar en oleadas y separados para minimizar la efectividad de esas explosiones. Ya en posición, liderando la segunda línea, vimos como la primera se internaba en el campo de explosiones. Maniobrando sin perder de vista su objetivo, cada uno avanza sin miedo hasta que esta en posición. Nosotros siguiendo detrás, hicimos lo mismo. Las explosiones se hacen más frecuentes y se acercan cada vez más a nosotros, hasta que casi nos tocan. Y entonces abro fuego.
-¡Impacto!-grita el capitán Mendoza-A ver cómo les quedó el ojo.
El Quetzal se eleva y desde ahí puedo ver el resultado del ataque: todos acertamos. Algunos barcos continúan peleando a pesar de las llamas, ahora débiles para recibir el golpe de gracia nuestras fuerzas. Otros colapsan y empiezan a girar sin control, destinados a consumirse en el fuego antes de ser tragados por el mar. Aquellos que no habían sido alcanzados, maniobraban despavoridos para evitar chocar con sus camaradas inmovilizados. Marineros saltaban a izquierda y derecha, a veces en llamas también. Por nuestra parte, no habíamos perdido a nadie. Eso me lleno a mí, y muy probablemente a todos los demás también, con una sensación de poder y de significado. Que podíamos e inclinaríamos la balanza a nuestro favor sin ningún problema. Porque México iba a nacer como nunca antes, y ni el ejército más poderoso del mundo iba a detener eso.
Volvimos al prado, aterrizando uno a uno. Mientras los cohetes eran repuestos, varios civiles se acercaron, con pan y frutos para nosotros. Comíamos rápidamente sin salir del avión. Algunos incluso abrieron los frutos sobre sí en vez de morderlos, a modo de refrescarse. Tan pronto estábamos listos, despegábamos de nuevo. Y atacábamos de nuevo. Y regresábamos de nuevo.
Llevamos a cabo muchas olas de ataque ese día con una aparente impunidad. Conforme la batalla continuaba, el Sol se hundía más y más en el horizonte, hasta que la única luz venía de restos de barcos llameantes y de sus inútiles intentos de alcanzarnos. Pero a pesar de todo, seguían empujando. Incluso cuando la diferencia numérica iba siendo cada vez menor gracias a nosotros y al México, los pobres barcos pesqueros no podían mantener a raya a las naves francesas. Viendo que formar una línea no funcionaban, se adaptaron y esparcieron, de modo que destruir un barco no afectara a los demás. Cada vez que regresábamos, la línea se acercaba más al fuerte y la zona de desembarque. El fuerte mismo comenzó a ser atacado, recibiendo numerosos ataques de los barcos que se lograban acercar lo suficiente, pero aún así resistía y devolvía la paliza.
No así con nosotros. Al inicio éramos veloces y ágiles, inalcanzables para aquellos debajo. Éramos como el rayo que te alcanza y te fulmina en un instante. Pero conforme transcurría la batalla, nos cansábamos y nos era más difícil seguir el ritmo. Las explosiones se volvían cada vez más cercanas y más atinadas, pero nunca lograban tocarnos.
Hasta que realizamos un ataque en el medio de la noche
-¡Bombas fuera!-grité mientras descargaba la ordenanza sobre el enemigo. En eso un explosión estalló directamente en frente.
-¡Cuidadooooo!-gritó en terror el capitán Mendoza, girando abruptamente para evitarla. Pero estaba demasiado cerca, y el avión pasó en su camino. Me aferré fuertemente al avión, con el corazón en la boca y el miedo de que este fuera nuestro final, mientras que sólo podía ver el negro humo afuera.
Luego todo se aclaró. Seguíamos en el aire. Volteé a verme buscando por heridas, aliviado al final de que estuviera ileso. Mi lado del avión también estaba bien, descontando la pintura quemada y las manchas negras de las explosiones. Estando muy contento de estar bien, casi me olvidó de que no estoy solo en el avión.
-¡Capitán, ¿está bien?!-exclamé por el comunicador mientras volteaba a su lado. En efecto, el estaba ahí, sin alguna herida que pudiera ver, pero concentrado en un punto sin responder. Seguí su vista hasta ver lo que él veía, y entonces se me congeló el alma.
Una bola de fuego descendía lentamente hacía el mar, desprendiendo varios trozos de madera quemada en su camino. Conforme ardía, su forma se podía ver mejor, hasta que fue a parar al mar. Al estrellarse, pude distinguir bien las cabinas, pero no veía ningún movimiento. Rogué porque sólo fuera mi cansancio que me impedía ver bien en la oscuridad, pero en el fondo lo sabía muy bien. Efectivamente, habían derribado a uno de los nuestros, y los ocupantes no sobrevivieron.
No pude sino maldecir entre dientes en ese momento, pues todavía quedaba una batalla por ganar. Dentro de mí sentía coraje y culpa. No éramos invencibles como habíamos pensado. Podíamos caer a nuestra perdición en cualquier momento. El miedo se apoderaba de uno. Pero cada vez que ese pensamiento aparecía en mi cabeza, lo sacudía con otro: juré que daría mi vida por México, y no pienso dejar que otros se arriesguen y mueran mientras yo huyo despavorido.
Continuamos todos juntos haciendo nuestro mayor esfuerzo. Con las piernas casi tiesas del dolor, forzando cada pedaleada con todo la voluntad que tenía, continué luchando. En las siguientes oleadas, perdimos a otros cuantos aparatos. Si bien algunos pudieron acuatizar a salvo y ser rescatados por los barcos pesqueros, más de la cuarta parte del escuadrón inicial fallecería en esta lucha.
Y sin embargo, nuestros esfuerzos no fueron en vano. Los franceses ya no tenían las fuerzas necesarias para tomar la ciudad, y se batían en retirada, varias naves aún en llamas y bajo fuego del fuerte. Aunque con muchas bajas, los navíos pesqueros lograron repeler el ataque y correteaban los barcos en retirada, pero no podían alcanzarlos. Los estadounidenses se las ingeniaron para sobrevivir la batalla sin bajas en barcos, aunque con daños visibles. Incluso, varios barcos franceses inmovilizados se rindieron. Cuando parecía que ya no éramos necesarios, el General Mata dio por terminada la operación y nos permitió descansar.
-Ya terminamos aquí-dijo el General-descan...
-¡General!-grita un oficial con binoculares-¡El México está en peligro!
La victoria estaba asegurada, pero en un acto de incompetencia de la tripulación o de desesperación del enemigo, los barcos en retirada dieron la vuelta hacía el México, el único barco lo suficientemente veloz para perseguirlos, y este no se detuvo hasta que se vio rodeado. Por mucho que el México fuera un navío más avanzado que cualquiera de la época, no podría resistir contra tantos oponentes a la vez. Se nos dio la orden hacer un último recorrido, con los cohetes montados lo más rápido posible, y nuestras piernas a punto de fallar, para salvar a aquellos con los que horas antes estábamos a punto de pelear en un bar. Pero acatamos las ordenes y despegamos.
Empezando nuestra aproximación final, no hubo explosiones para deternos.
-Parece que se quedaron sin jugo los pendejos-dice el capitán con entusiasmo-¡Hora de que paguen!
-¡Fuera cohetes!-grité con el entusiasmo contagiado.
El entusiasmo, sin embargo, desapareció cuando una explosión fuerte sacudió el avión. Vino del lado del capitán. Esta vez, antes de checar cualquier cosa de mi lado, volteé directamente hacia el capitán. Sólo pude gritar una palabra:
-¡MENDOZA!
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