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II

No tomó mucho saber dónde llegamos. La caravana se movió cuesta arriba de una colina, y cuando pudimos ver el final del bosque, también vimos en la cima un castillo. Fue entonces que me di cuenta que estábamos en el bosque de Chapultepec, en ese entonces a poca distancia de la capital, e íbamos rumbo al castillo del mismo nombre. Resulta que en esta época, el castillo estaba abandonado, por lo que podíamos pasar algunos días ahí. El castillo, sin embargo, no tenía la capacidad para tanta gente y cosas, por lo que las salas y habitaciones estaban llenas hasta el tope, e incluso algunos pasillos se destinaron como vivienda temporal. También se instalaron tiendas y cobijas adentro debido a que hacía frío, pues era una región templada donde llovía todos los días, además de que, como nos enteraríamos más tarde, llegamos a pocos días pasados del año nuevo. El 5 de enero de 1811, para ser exactos.

Aunque el viaje no nos afectó de ninguna manera física, se nos permitió descansar un día una vez que terminamos de instalarnos, salvo turnos de guardia rotativos. Las ventanas eran cubiertas en su totalidad durante la noche, y en todo momento se buscó utilizar la menor cantidad de luz artificial posible, para evitar atraer gente y delatar nuestra posición. Por suerte para mí, se me asignó un turno nocturno, en la azotea del castillo. Desde ahí pude ver las tenues luces de la capital y el cielo estrellado. Era una vista hermosa, debo decir. Aunque no descuidé mis deberes de guardia por un solo momento, también pensaba al mismo tiempo que pronto iniciaríamos el cambio, y aunque sabía que el camino sería doloroso y sangriento, al final México sería bello no sólo en el panorama, sino también en la gente.

Desde la mañana se nos dieron instrucciones, a través de reuniones informativos de cada escuadrón. El mío estaba bajo las ordenes del coronel Aguilar, un hombre igual de experimentado y de edad similar al capitán Mendoza, aunque era fácil distinguirlos porque el coronel carecía de cabello. También era alguien mucho más vocal y menos medido en su vocabulario.

-¡Ok escuchen bien, princesitas!-gritó con su voz ronca-Están aquí porque verdaderamente creen que el país merece una segunda oportunidad, y decidieron dejar atrás sus familias, sus hogares, y lo más importante, ¡papel higiénico!-todos soltamos una pequeña carcajada-Pues entonces hay que chambear, porque no nos va a caer nada del cielo

El coronel señala el mapa de la ciudad en el medio de nosotros

-Por suerte, podemos agarrar al toro por los cuernos. Si pusieron atención en la primaria, sabrán que México fue una vez parte del Virreinato de la Nueva España. Bueno, señoritas, vamos a entrar a la Ciudad de México, nos vamos a colar en la casa del virrey, ¡y lo vamos a hacer firmar la declaración de Independencia!... o eso quisiera. Ese trabajo les toca a las fuerzas especiales del ejército. La razón es que somos una de las pocas unidades con pilotos, y por lo tanto, ustedes princesos son irremplazables hasta que tengamos una escuela. P-E-R-O, todos aquí tenemos que contribuir para que esto funcione. Nuestro objetivo será este-Apunta a un punto en el otro lado de la ciudad-Una armería en las afueras de la ciudad. Trajimos munición con nosotros, pero no durará para siempre. Por suerte, los cerebritos diseñaron estas bellezas...

El coronel se voltea detrás de él, se agacha y saca de una caja lo que parece ser un rifle antiguo-El nombre oficial es RB-3, pero nosotros le diremos "Rosita la confiable"-otra carcajada de parte de todos-Parece de esta época, pero en realidad es una semiautomática que funciona tanto con balas modernas como con las bolas de plomo que encontraremos aquí. Sólo tienen que insertar las balas en este hoyo debajo del cañón, sin meter mano como un buen caballero, y la pólvora en este otro detrás también. Pueden meterle hasta 30 municiones y disparar todas antes de recargar. Por lo demás, no es diferente de los rifles que hemos usado hasta ahora, así que no habrá problema en acostumbrarse...¿tiene una pregunta, soldado?

-Me preguntaba, señor-preguntó un soldado-Si entrenaremos con ellas antes de llevarlas al combate

-¡Por supuesto que las van a probar! ¡En el enemigo, eso es!-dice el coronel en tono burlón-Aunque, por si las dudas, practicarán todo el día con ellas por toda esta semana ¿Eso contesta su pregunta? ¿Puedo volver a explicar el plan sin que me interrumpa?

-Sí señor-contesta el soldado, ocultando su vergüenza

-Bien-continúa-Para esta misión, habrá tres fases. Primero, iremos en silencio hasta el otro lado de la ciudad, donde esperaremos a que la señal de humo verde sea dada. Cuando empiece, todos los equipos avanzaran. Se abrirán paso por la ciudad hasta la plaza de la armería, y van a derribar a todos los guardias que puedan. En segunda, dos escuadrillas van a entrar a la armería y tomaran el control. Desde ahí, una irá a la azotea, y cubrirá la plaza mientras la otra se abastece. La tercer y cuarta escuadrilla debe tomar la plaza y prepararse para defender. Una vez abastecidos, comienza el verdadero reto: hay que causar pánico y atraer la atención, por lo que deberán usar granadas incendiarias. Por obvias razones, NO, repito, NO las avienten hacia la armería ni los edificios circundantes. Sólo aviéntenlas a las calles del lado opuesto; las pequeñas explosiones harán el truco. Deben defender la plaza hasta que vean la señal del humo naranja, y aún así cuidado. No usaremos la radio en ningún punto de la misión, pero si ven la señal de humo rojo, activen la radio y esperen instrucciones ¿Dudas, señoritas? ¿No? ¡Pues conozcan a su Rosa! ¡El entrenamiento empieza ya, así que muevan ese culo, que vamos a practicar!

El coronel se hace a un lado, todos tomamos los rifles, y procedemos afuera del castillo. En el muro trasero, se había hecho un pequeño campo de tiro. Como dijo el coronel, Rosita no era muy diferente de los otros rifles, por lo que nos acostumbramos relativamente rápido. De todas formas, la práctica nunca estaba de más. Practicamos durante los siguientes 8 días. En los intermedios entre sesiones, nos sentamos a jugar cartas o serpientes y escaleras, a veces incluso con otro escuadrón, aunque siempre separados de las otras ramas. Algunos tenían familia, pero no interactuaban con ellos hasta el anochecer, una vez acabado el entrenamiento. En una ocasión, noté que el capitán Mendoza vio a su familia y los saludó de una manera disimulada. Su hijo saludó entusiasmadamente, sin soltar la mano de su madre, que saludó también de un modo disimulado, pero con una enorme sonrisa. Su hija, por otro lado, le dio una mirada fría y volteó su cara hacía el otro lado. No dije nada, pero intuí que ella no estaba tan contenta de estar aquí.

Llegó el día. Antes del amanecer, el escuadrón partió. Salimos del bosque, con nuestro uniforme y equipo y cargando las Rositas, y nos escabullimos sin que nadie nos viera. Rodeamos las afueras de la ciudad, con cuidado de no hacer ruido y llamar la atención de algún guardia, por alrededor de hora y media. Sin embargo, cuando llegamos al área desde donde debíamos avanzar, el capitán dio la señal de detenerse. Escuchamos voces, y luego vimos que había un grupo de diez soldados investigando. Traían linternas, pero aunque vieron en nuestra dirección, permanecimos desapercibidos. Los capitanes decidieron que no podíamos esperar a que se fueran, y dieron señas para rodearlos y emboscarlos sin disparar. Nosotros nos acercamos directamente por enfrente, deteniéndonos a casi un metro de ellos, apenas afuera de la luz. Con el corazón en la boca pero las manos firmes, permanecimos inmóviles como piedra, esperando el momento preciso para atacar. Mis ojos estaban sobre la mano del capitán, atento. Contaba en mi mente. Uno...dos...tres...cua...da la señal. Salté al mismo tiempo que todos los demás, directamente sobre el enemigo más cercano. El capitán sostuvo su mano para evitar que usara su arma, mientras que yo desenfundé un cuchillo y lo clavé directamente en su garganta. Vi en sus ojos cómo su vida se iba, mientras la sangre brotaba de su cuello. Cayó al suelo al mismo tiempo que sus otros colegas. Mientras sacudía el cuchillo de sangre, me di cuenta que habíamos derramado las primeras gotas de sangre en la guerra que vendría.

-Ya empezó-le dije al capitán. Él dio un gesto afirmativo, manteniendo su cara seria mientras apagaba una linterna.

Continuamos y nos pusimos en posición. Desde ahí, sacamos y apuntamos nuestras armas hacia los soldados en las afueras de la ciudad. Esperamos. De nuevo, el corazón acelerado, pero el dedo sin temblar sobre el gatillo, esperamos. Cuando salió el Sol, a lo lejos, vimos la señal de humo verde. Respiré hondo, contuve la respiración, y jalé el gatillo.

La batalla de la Ciudad de México había comenzado.

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