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Capítulo 31

Había llegado el día. Como esa primera noche reunida con el equipo de búsqueda, la luna llena reflejaba su luz platina sobre el terreno de La Enredadera. Faroles habían sido colgados en los árboles que bordeaban el terreno de césped. Manteles verdes cubrían las mesas redondas donde habían ubicado a casi todos los habitantes del pueblo. La música sonaba con suavidad por unos altavoces colgados a los costados de un pequeño escenario instalado al fondo del terreno.

Los ojos ágiles de Leya Hunter buscaban absorber cada detalle del evento, sin apartarse de Candelaria. Como medida de precaución, había convencido a Victoria de contratar una ambulancia con paramédicos de la ciudad, que aguardarían en la enfermería de la hacienda en caso de que sus temores se hicieran realidad.

Habría deseado que el departamento de policía de Bosques Silvestres también estuviera alerta, pero el sargento Ruíz había gruñido en exasperación cuando la detective sugirió apostar un oficial en cada rincón de la hacienda. Después de una feroz negociación, Leya consiguió que cada oficial recibiera la orden de llevar su arma a la fiesta, siempre y cuando la mantuvieran oculta. 

Todos, excepto la abuela y prima de la víctima, creían que se había terminado. Sus instintos le gritaban que faltaba el golpe final, el lobo haría su último movimiento esa misma noche.

Violeta había hablado con Leya minutos antes del evento. La muchacha estaba dispuesta a no separarse en ningún momento de su prima. Si alguien intentaba raptarla, le sería muy difícil llevarse a las dos. Dos gritos se oirían mucho más fuertes que uno.

En ese momento ambas jóvenes lucían idénticos vestidos de muselina rosados de manga larga para cubrir las cicatrices de Candelaria. A juego con unas sandalias sin tacones, unas delgadas capas blancas protegían sus delgados hombros de la brisa que por momentos refrescaba en esa noche de verano.

La fiesta había empezado hacía casi dos horas y todo había estado sorprendentemente tranquilo. La cena fue agradable, la atención perfecta como alguna vez lo habían sido los anfitriones. 

Leya estaba en una mesa con los oficiales, Cherry a su lado con un bonito vestido de flores de cerezo cuya falda ondeaba con cada movimiento. 

—Necesitamos crear un código en caso de que alguien desagradable nos saque a bailar —decía Cherry en ese momento mientras los meseros empezaban a apartar las mesas al preparar el terreno para el baile—, algo como una seña y que la otra invente una excusa original.

—Nunca tuve una amiga tan cercana como para hacer eso —confesó la detective, pensando que tampoco había asistido a tantos bailes—. Mi técnica individual era quejarme de mi ex o decirles que me recordaban a mi madre. A veces, señalar que era feminista también funcionaba. Una vez intenté decirle a un pretendiente indeseado que me recordaba a mi padre, y me susurró al oído que podía llamarlo papi cuando quisiera.

La detective fingió un escalofrío. Cherry soltó una risa. A los costados del lugar, instalaron mesones con postres y bebidas. Leya aceptó la copa de vino que le ofrecían pero no dio ni un sorbo. No importaba que el sargento Ruiz le hubiera dado órdenes de divertirse y olvidar el trabajo por esa noche, Leya no conocía el significado de relajarse. 

En ese momento, se apartó hasta descansar la espalda contra un álamo, en un rincón oscuro desde donde podía ver casi toda la escena sin ser descubierta. Observaba a Candelaria sonriendo con timidez a alguna anécdota de su prima. Casi podía vislumbrar el renacer del espíritu lleno de vida que solía tener.

—Algo que no te dicen los cuentos —comentó una voz en la oscuridad. Leya se volvió tan rápido que el vino de su copa manchó su mano—, es sobre los demonios que se quedan en la mente de las princesas después de salir del infierno.

Una mujer con una sonrisa afilada que había estado bajo la sombra de un sauce dio un paso hacia la luz. Llevaba un vestido oscuro que dejaba sus hombros al descubierto y flotaba hasta cubrir sus pies. Leya no podía apartar la vista de los enormes aros plateados que colgaban de sus orejas. 

—¿Nos hemos visto antes?

—La respuesta te sorprendería, Leya.

Esa mirada hipnótica le impedía moverse. Una bruma parecía envolver su cerebro, le hacía olvidar su misión y bajar la guardia por un momento.

Consiguió romper el contacto visual. Sacudió la cabeza. Resistió el impulso de retroceder un paso.

—¿Quién es usted? 

—Alguien que quería conocerte en persona. —La extraña levantó una mano y la movió ante Leya en forma circular como si estuviera acariciando el aire—. Tienes un alma antigua que nació en este bosque. Este pueblo llevaba casi tres décadas esperando que regresaras a tu hogar. ¿Qué te tomó tanto tiempo?

—Tengo entendido que Bosques Silvestres tiene apenas un siglo desde su fundación —replicó Leya con suspicacia. No le gustaba que le hablaran con enigmas—. Si en mi vida anterior nací en esos inicios, eso no es suficiente para considerarme antigua.

—Había habitantes mucho antes de la fundación, muchacha. Llegaste justo a tiempo para evitar el horrible destino de esa niña.

La detective siguió la dirección de la mirada de la mujer hasta Candelaria.

—Creo que mi presencia no hace una gran diferencia —confesó Leya mientras sacudía el vino de sus dedos—. Si no fuera yo, alguien más habría llegado y notado esas coincidencias.

—Veo que no crees en el destino.

—Nosotros construimos nuestro propio camino.

Una sonrisa se reflejó en las pupilas de la mujer.

—Blaise fue el primero en descubrir que vendrías. Cuando los Del Valle Solei se mudaron hace cinco años, ese niño terco fue el único que eligió quedarse. Dijo que su destino estaría aquí. Creí que se refería a las Redes, ahora comprendo que hay mucho más.

—Es familiar de Blaise —afirmó Leya lo que ya presentía. Era joven, debía tratarse de una hermana o prima. La mujer asintió una sola vez—. Es un hombre muy imprudente, tiene la incómoda tendencia a ponerse en el foco del peligro estando desarmado.

—Su mejor arma son sus palabras y sus manos.

—¿Usted también puede hablar con la naturaleza?

«¿Usted también es una bruja?». Esas palabras quedaron en el aire entre ambas.

—Todos podemos hablarle a la naturaleza, la clave está en poder escuchar su respuesta. Y estar dispuesto a aceptar lo que nos advierta.

—Si existen personas que pueden saber lo que pasará, ¿por qué se limitan a ser espectadores? ¿Por qué no actúan para evitar una tragedia?

—Si fuera tan sencillo controlar la magia, la propia vidente compraría un boleto ganador de lotería. —Los ojos almendrados de la mujer estudiaron un momento las estrellas—. Hace unos años hicimos el juramento de que ninguno de los Solei intervendría en las decisiones de otro —El semblante de la mujer se oscureció, su voz bajó varios grados—. Rompí mi promesa hace dos semanas e intenté advertirle a Blaise que algo terrible se avecinaba y la vida de uno de ustedes dos se apagaría… Los resultados fueron desastrosos, nos habríamos evitado esto si ambos hubieran mantenido contacto. Los astros les perdonaron la vida, pero ambos terminaron en el hospital. No es la primera vez que recibo tales advertencias, aprendí por las malas a no entrometerme en historias ajenas.

—¿Eso significa que Blaise y yo seremos castigados por intervenir en los designios divinos?

La risa de la desconocida fue una melodía que se deslizó por la oreja de Leya como la flauta de un encantador de serpientes.

—No. Ustedes son parte de la historia que ya fue escrita, es su deber inevitable estar en el ojo de la tormenta. Tú también posees un tipo de magia primitiva, Leya. Viste la bandera de muerte izarse hace un mes y tomaste la misión de proteger a Candelaria. También presientes lo que pasará, alguien tiene que caer esta noche. Sangre inocente será derramada ante los ojos del lobo, y el corazón que una vez fue roto… acabará hecho pedazos.

Sin otra palabra, la mujer se alejó hasta perderse entre los invitados.

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