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¿Cómo había llegado hasta esa situación? Fue el pensamiento que cruzo la mente de Takemichi al sentir su cuerpo acorralado entre la puerta de la habitación de Shinichiro y el cuerpo del chico. ¿En qué momento había sido hábilmente arrastrado hasta la casa de los Sano? No tenía ni la menor idea, aunque eso en realidad no importaba, su atención completa la tenía el azabache frente a él que no paraba de devorar sus labios con pasión.
Resultaba irónico y hasta divertido que aquel hombre que tantas veces rechazó sus sentimientos y aprovechó de su tonto corazón fuera quien lo besara y tocara con tanta desesperación si hacía unos cuantos meses atrás que Shinichiro lo había echado de su lado como si fuera un perro enfermo.
Durante años Shinichiro menospreció su amor, se burló de sus sentimientos y lo alejó como si fuera una plaga. No dudo en aprovechar cualquier momento para recalcar su rechazo por él, sin importar el dolor que sembraba en su corazón. Y esto Takemichi lo aceptó por amor, porque era mejor tener algo de Shinichiro a no tener nada, aun si esto significaba ser pisoteado de todas las maneras posibles. Después de todo, amar también duele, ¿no? Y eso a veces se siente bien.
Shinichiro era su primer amor, quien le arrancó cientos de sonrisas con sólo una mirada y que hizo mariposas revolotear en su estómago, pero también fue quien provocó mil punzadas de dolor en su pecho y que hizo a sus ojos perder el brillo después de incesantes noches de llanto.
Y el colmo resultó cuando lo hizo comprometerse con su hermano, Manjiro, porque el chico estaba enamorado de él, pero claro que Takemichi no diría que no, después de todo lo único que buscaba era hacer feliz a su amado Shinichiro.
¿Y qué importaba si sus decisiones egoístas le hicieran repudiarlo por instantes y maldecirlo por dejarlo atrapado en una relación que lo agobiaba y le hacía sentir en un laberinto sin salida? Si al final era su amor tan devoto el que le mantenía obediente a cualquier petición. Lo que no imaginó ni el propio Takemichi fue que el cálido amor y trato de Mikey sería capaz de hacer sanar esas heridas que afligían su corazón.
Era momento de soltar sus sentimientos y avanzar hacia un futuro en el que sus sentimientos por Shinichiro fueran un mero recuerdo. Debía hacerlo por el mismo, su tranquilidad y ese futuro junto a Mikey que parecía ser tan encantador.
No obstante, esos traicioneros sentimientos y esa carencia insana de amor propio lo hacían aferrar sus brazos alrededor del cuello de Shinichiro.
¡Carajo! Existían mil y una razones por las que debía alejarse de ese hombre, tantas heridas en su corazón causadas por sus malas decisiones y cientos de cicatrices marcadas en su alma hechas por su filosa lengua que sólo buscaba herirlo. Y aun con todo el amargo pasado, el angustiante presente y el incierto futuro se encontraba amándolo más de lo que podía amarse a sí mismo.
Shinichiro era su droga y terminaría matándolo; tan adictivo, doloroso y letal.
—Esto... Esto no está bien. —Takemichi luchó por apartar los labios del mayor de su rostro y alejarse de él—. Debo volver a casa o si no...
—No, lo mejor es que te quedes conmigo.
La mirada fija de Shinichiro, observándolo, hizo sus piernas tambalear.
Eran los mismos ojos de Mikey, tan similares y diferentes a la vez. Porque mientras que los ojos de Manjiro mostraban un brillo particular y hasta especial, los orbes de Shinichiro le miraban con intensidad y pasión, pero no eran estos últimos en los que quería verse reflejado.
No existía en esa mirada la dulzura y el anhelo al que Manjiro le había acostumbrado. Sí, existía pasión y necesidad reflejada en los ojos del mayor, pero no era igual.
Él no era Mikey.
Había mendigado tanto tiempo por el amor de Shinichiro que al final resultaba tener un sabor agridulce.
—Ya fue suficiente. —El tono firme con el que Takemichi se apartó de sus brazos hizo que los ojos de Shinichiro se abrieran con sorpresa y desencanto. ¿Lo estaba rechazando?
—Mírame, Takemichi —musitó contra los labios de Hanagaki, repartiendo besos en su frente y mejillas—, esto es algo que ambos queremos, no tiene caso detenernos justo ahora.
—Yo tengo que irme.
Takemichi debía ser firme en su decisión, detener a Shinichiro, dejar en claro sus sentimientos por Manjiro y alejarse de una vez y para siempre de él.
El cuerpo de Shinichiro se movió antes de poder darse cuenta y abrazó con fuerza el cuerpo de Takemichi, aferrándose desesperadamente a la idea de que podía mantenerlo a su lado. No podía dejar marchar a Takemichi.
No soportaba el pensamiento de verlo irse con su hermano, pues estaba seguro de que si lo hacía sería para nunca más volver.
—Detente, Shinichiro —suplicó con voz llorosa, sintiendo su pecho oprimirse de dolor—, por favor.
Había tantas heridas, lágrimas y dolor de por medio que continuar su enamoramiento por Shinichiro era la peor decisión de su vida, eso era algo que Hanagaki sabía. Sin embargo, su traicionero corazón mantenía la esperanza de que algo entre ellos podía cambiar, y fue este sentimiento el que lo hizo aferrarse a los brazos del mayor.
—No tengas miedo, Takemichi. —Con tono dulce y suaves caricias, Shinichiro intentó apartar las dudas de la mente del chico—. Cuidaré bien de ti, lo prometo.
—Mikey... Él no merece esto —musitó como última salida.
La debilidad de Takemichi por Shinichiro era grande y rechazarlo por voluntad propia era una idea inconcebible, por lo que, en un intento terminar con eso, acudió a su última salida: los lazos de sangre y cariño que unían a los hermanos Sano.
El repentino silencio y la manera tan abrupta con la que Shinichiro se detuvo le hizo sentir decepcionado, hasta que lo escuchó responder:
—Él no importa en este momento.
No tuvo que pensar más, pues a Takemichi le bastó con esa respuesta para ser ahora él quien se lanzará sobre los labios de Shinichiro, dejándose tomar entre sus brazos y ser arrastrado a la cama.
Ya no había marcha atrás.
Las manos hábiles y experimentadas del mayor, recorriendo su piel, provocaron una sensación eléctrica que erizó la piel de Takemichi y que le hizo estremecer. Era tan diferente al tacto gentil y cálido de Manjiro, pero eso no significó que fuese desagradable.
—Abre los ojos y mírame, Takemichi —ordenó con tono grave—. Quiero que recuerdes bien este momento.
El chico obedeció y asintió hipnotizado, totalmente perdido de amor por el azabache.
Takemichi entregaba su amor, corazón y cuerpo a un hombre que lo había lastimado incontables ocasiones con la esperanza de que sus sentimientos finalmente fueran correspondidos como tantas veces lo soñó.
Se arrepentiría, la culpa golpearía su mente y haría añicos su corazón. Estaba seguro de que destrozaría a Mikey con su debilidad y crueldad, pero ¿dónde quedaba él y su corazón? ¿Estaba mal querer ser amado por la persona que más adoraba en el mundo? ¿No podía ser egoísta al menos por una vez?
Shinichiro acarició dulcemente los labios del menor, borrando cualquier pensamiento de duda de su mente. Deseaba que el ferviente deseo que Takemichi sintiera por él fuera más grande que su insoportable necesidad de resguardar los sentimientos de su hermano menor.
Deseaba que Manjiro desapareciera de la mente y de la vida de Takemichi, porque sólo había espacio para uno en el corazón de Hanagaki y ese lugar siempre sería suyo.
Takemichi clavó sus uñas en la tenue piel de la espalda de Shinichiro cuando sintió el cuerpo de Shinichiro colarse entre sus piernas.
—No te detengas, por favor —pidió entre lágrimas y besó dulcemente la mano de Shinichiro.
Sano, sonrió y obedeció al chico, tomando y reclamándolo como suyo por primera vez.
La sensación desbordante de éxtasis llenando por completo el cuerpo de Takemichi nubló su juicio y su mente. Disfrutaría cada instante de ese dulce momento que sólo en su mente vivió. Dejaría para el día siguiente que el arrepentimiento, el remordimiento y la culpa atormentaran su mente al imaginar el destrozado corazón de Manjiro cuando descubriera su traición.
El que madruga, duerme menos horas.
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