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"Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido".
—Basura —masculló, Shinichiro, furioso y la pequeña nota se hizo añicos entre sus manos.
Estaba cansado, molesto e indignado al verse burlado por una estúpida galleta de la fortuna, aunque claro, este no era el único motivo detrás de su mal humor.
Habían pasado cinco semanas desde la última vez que había cruzado palabras con Takemichi y este ni siquiera daba señales de vida. Se ocultaba como un cobarde y lo evitaba como la peste. Y aunque al principio le pareció divertido, con el pasar de los días la lejanía se volvía cada vez más insoportable.
¿Qué acaso tan poco le importaba que no hacía nada por buscarlo o era tan idiota como para cumplir los caprichos de Manjiro con tal de tenerlo feliz?
—Oye, Shinichiro. —La voz de Wakasa lo sacó de sus cavilaciones—. Hoy estás de suerte.
La mirada del azabache se iluminó cuando miró en dirección a donde su amigo señalaba. Como si se tratara del destino, la figura de Takemichi aparecía, caminando sin preocupaciones del otro lado de la acera, frente a su taller mecánico.
No desperdició su oportunidad y sin pensarlo demasiado dejó toda la responsabilidad a su amigo y socio Wakasa.
¿Por qué iba detrás él sin más? Ni el mismo lo sabía o quería entenderlo. Al final el corazón quiere lo que quiere.
Antes de que Takemichi pudiera darse cuenta de lo que sucedía, Shinichiro logró alcanzarlo con rapidez y se plantó delante de él, sonriendo con arrogancia y provocando un vuelco en su corazón.
—Tanto tiempo sin verte, Takemichi.
Una mueca llena de sorpresa e incredulidad se dibujó en el rostro de Takemichi a la vez que su respiración se detuvo por un instante. Después de tanto tiempo, aún hacía su corazón acelerarse.
La reacción del chico llenó de satisfacción al Sano. No había algo que justificara su manera tan enfermiza de actuar, lo único que importaba al final era saber que los sentimientos del Hanagaki seguían siendo suyos.
—He estado algo ocupado.
Takemichi nunca fue bueno mintiendo, y eso era algo que Shinichiro percibió en la escueta respuesta del chico. ¿Qué acaso no lo extrañaba? ¿Dónde estaban sus palabras dulces y la mirada llena de ilusión con la que siempre le miraba?
¿Qué había ocurrido con su Takemichi?
Sí, lo había entregado a su hermano como si de una prenda vieja se tratara. No existía justificación ni perdón, pero se trataba de Takemichi, claro que él entendería y lo perdonaría sin siquiera pedírselo, ¿verdad? Después de todo lo amaba, y no había nada que el amor no pudiera perdonar.
Conocía tan bien a Takemichi y esa lealtad tan ferviente con la que le amaba que bastaría con chasquear los dedos para que abandonara a su hermano y volviera a su lado.
Takemichi siempre volvería a su lado sin importar que, ¿no?
—Podemos ir al taller y hablar un poco como antes.
—Ahora no puedo, lo siento. Tengo que irme.
Una punzada estremeció su pecho no por el rechazo, sino porque pudo darse cuenta como el brillo en aquellos zarcos se extinguía poco a poco y eso era su propia culpa.
Huía de él como una rata cobarde y escurridiza.
¿Por qué? ¿Por qué no dejaba de intentar escapar?
—Espera, Takemichi.
Retuvo las palabras suplicantes en su garganta y las tragó con fuerza. Había tanto que quería decir, pero ninguna palabra salía de sus labios. No era un maldito dependiente que necesitara su compañía para respirar. No lo necesitaba para nada, pero aun así...
Aun con esa arrogancia tan suya, sus piernas tambaleaban y su corazón latía con desespero al darse cuenta cómo Takemichi, su Takemichi se apartaba de él. Lo abandonaba sin importarle más. ¿Qué no lo amaba?
—Tengo que volver a casa o Mikey-kun se preocupara.
Los puños de Shinichiro se apretaron con fuerza ante la simple mención de su hermano menor y eso era porque lo que tanto quiso evitar se volvía realidad; él ya no era su prioridad.
Manjiro usurpaba su lugar en el corazón de Takemichi y eso era algo que tenía que detener.
—No tienes que volver con él si no lo quieres. Tú no le debes nada.
Esperó el momento en que Takemichi apretara su mano con fuerza y se lanzara a sus brazos, así como tantas veces lo intentó inultamente en el pasado.
No había forma de que lo hubiera cambiado por su hermano porque seguía amándolo a él, ¿verdad?
—Lo sé, pero yo quiero volver con Mikey.
Una corriente fría caló la mano de Shinichiro, la misma que apenas segundos antes sostenía la mano de Takemichi.
Lo abandonaba.
Takemichi lo cambiaba por su hermano sin remordimiento o sin siquiera detenerse a meditarlo. ¿Por qué? ¿Cómo se atrevía a dejarlo de lado? ¿Dónde estaba todo el amor que alguna vez le profesó?
Porque si amaba a Manjiro, ¿dónde quedaba él?
—Cuídate, Shinichiro.
Una ola de furia y dolor estrujo el pecho de Shinichiro. Se sentía desplazado, pero más que eso, dolido.
No podían ser esas sus últimas palabras.
No, no podría haberlo dejado de amar. Era imposible pensar que Manjiro había arrancado su recuerdo de la mente de Takemichi y enamorarlo tan fácilmente.
¡No! Takemichi no podía dejarlo de amar.
No permitiría que lo olvidara porque si no...
—Takemichi.
Los ojos de Takemichi se abrieron con sorpresa y su cuerpo quedó estático cuando Shinichiro lo atrapó entre sus brazos y lo besó.
Era un beso desesperado y casi suplicante al que Takemichi no estaba seguro de seguir. Intentó apartarse sin éxito, consiguiendo únicamente que el azabache volviera más firme su agarre.
Quizá con un poco más de fuerza y voluntad, o tal vez un golpe en los bajos, Takemichi habría podido alejar a Shinichiro y marcharse sin dificultad para volver a donde Manjiro. No obstante, su espíritu de lucha se había esfumado por una simple razón; era débil.
Cuando se trataba de Shinichiro él era débil.
Pronto Takemichi detuvo su lucha y no hizo ademán por apartarlo, en su lugar, sólo pudo alzar sus manos hasta el cuello del Sano y corresponder su beso. ¿Y cómo no iba a hacerlo? Fueron tantas las veces que soñó con ese momento que parecía tan irreal que le fue difícil no llorar. Su amor por Shinichiro era tanto y tan grande que era suficiente para hacerle olvidar el daño que le había causado en tantos años.
¿Y qué importaban aquellas noches en las que su única compañía eran un amargo nudo en su garganta que le hacía difícil respirar y un montón de lágrimas en su rostro causadas por el dolor que el Sano causaba con su indiferencia si después de tanto al fin lo quería tener cerca de él? Amar significaba perdonar y él, por Shinichiro era capaz de dar hasta su vida. Su amor y lealtad eran más fuertes que su raciocinio.
En ese momento sólo existían ellos dos.
Takemichi cumplía su fantasía de amor y estaba tan ensimismado en él que olvidaba que era Mikey el que lo esperaba en casa con ilusión.
—Quédate conmigo, Takemichi —pronunció con voz suave, Shinichiro, apenas se apartó del chico—, sólo un poco más.
Aun en su egoísmo y rabia, lo que movía a Shinichiro no era la frustración de perder el control que tenía sobre Takemichi. Lo que le hacía actuar con tal impertinencia era el terror de sentirlo marcharse para nunca más volver.
Porque sentir que Takemichi lo olvidaba, se sentía lo mismo que morir día a día.
No he olvidado la historia :p
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