CAPÍTULO 55
Luego de pasar casi toda la mañana con mi abuela para ponernos al día, me dirijo hacia el lugar al que no deseaba ir nunca más: donde pasé los últimos ocho años de mi vida. Ahora que sabe todo y aceptó dejarnos estar con ella, debo comenzar a llevar nuestras cosas a su casa; eso implica ingresar en la mía de nuevo. Aunque esa no es la única razón, también necesito conseguir todos los vídeos que hay en la habitación de Rick para llevarlos como prueba a la fiscal lo antes posible. Camino con las manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta mientras respiro el aire fresco de la ciudad. Trato de obligar a mi cerebro a no pensar en nada que pudiese afectar mi tranquilidad por el momento, solo necesito tener unos minutos para mí misma.
La conversación con mi abuela no era para nada lo que esperaba. Después de tantos años de pensar que ella no nos quería y solo nos soportaba por mi madre desaparecida, creía que iba a mandarme de regreso por donde vine o que tendría que rogarle de rodillas para pedirle que nos dejara quedar con ella. No hace falta decir que quedé bastante sorprendida y agradecida con su reacción pues Andrea no fue tan indiferente hacia sus nietas como pensaba.
Para el momento en que llego a mi barrio, mis piernas duelen y las plantas de mis pies arden por los zapatos que decidí usar hoy, sin embargo; decido continuar con mi camino hasta detenerme delante del sitio en donde he sufrido tanto. Cuando mis ojos se posan en la tan conocida estructura, mi cuerpo de forma inevitable se tensa de nuevo. Entre más tiempo la observo desde afuera me doy cuenta que este ya no es mi hogar; es mas, nunca lo fue. El hogar debería ser el lugar donde te sientes a gusto, donde sabes que estás a salvo de todo y eso solo sucedió durante los primeros años cuando Sara todavía estaba con nosotras, después de eso nunca más se volvió a sentir así.
Como he estado parada afuera de la casa durante varios minutos sin hacer nada, me obligo a sacar las llaves de mi chaqueta antes de subir las escaleras, abrir la puerta e ingresar a la casa la cual se siente fría, vacía. Un poco de temor se enrosca en mi estómago al estar de nuevo aquí y dudo solo un instante sobre si es o no una buena idea antes de armarme de valor para cerrar y adentrarme otro poco. Un escalofrío recorre mi espina dorsal cuando de manera inevitable mis ojos se posan en una mancha de sangre seca en el suelo: la sangre de Rick. No tuvimos el tiempo de limpiar ni mucho menos la cabeza para hacerlo luego de que la policía lo sacara a rastras de la casa, así que todo aquí está tal y como lo dejamos después de la pelea. Aparto la vista del lugar e inhalo una bocanada de aire como una manera de darme valor antes de dirigirme al pasillo que lleva a las habitaciones.
Al detenerme en la entrada de la mía, varios recuerdos se apoderan de mi mente al observar la puerta partida a la mitad como resultado de que Rick la pateara para atraparme. Como odio estar aquí, decido apresurarme. Obligo a mi cerebro ignorar esa parte de mí que me impide poner un pie delante del otro y trato de entrar, no obstante; es como si no pudiese despejar mi mente de los acontecimientos ocurridos mientras un escalofrío me recorre de la cabeza a los pies. La verdad es que ver mi cuarto trae sentimientos de tristeza por la infancia que perdí a manos de mi padre, así que salgo de aquí para en su lugar entrar donde dormía Rick. Necesito sacar lo necesario e irme lo más pronto de aquí, no puedo soportarlo. Tenía planeado tomar también las cosas de mi hermana junto con las mías, solo que no tengo la fuerza ni el valor suficiente para estar sola en la casa, me trae muy malos pensamientos. Necesitaré pedirle ayuda a Theo o a la abuela, ellos podrían hacerlo en mi lugar.
Estoy por entrar a su cuarto cuando mi celular resuena en la casa vacía lo cual provoca que mi cuerpo salte un poco al no estar preparada para el sonido. Con manos temblorosas, saco el teléfono, luego contesto sin mirar el identificador, no es necesario leer el nombre para saber de quién se trata.
—¿Sí?
—Amor, ¿dónde estás? Pasé a buscarte a la comisaría y me dijeron que ya te habías ido —. Su voz suena distinta, algo decaída, como si hubiese sucedido algo malo en la escuela.
Quiero preguntarle qué pasó, pero creo que no me va a responder, así que será mejor hacerlo cuando lo tenga frente a mí.
—Estoy... estoy en casa —. Respondo dubitativa. Iba a decirle una mentira porque no quería preocuparlo, solo que creo que él no me va a creer. Hay silencio del otro lado que dura varios instantes lo cual provoca que un poco de temor se apodere de mí.
—Estaré ahí en diez, Nikki. No quiero dejarte sola —. Responde después de un tiempo.
Ni siquiera me molesto en contradecirle en esa parte; sé cómo es de protector conmigo y no desistirá en venir, además no estoy segura de quererlo alejar en este momento. Luego de aceptar esperarlo un poco, cuelgo el celular.
Dejo salir un suspiro de alivio, luego me armo de valor para ingresar al cuarto. Todo está igual que siempre, parece que nunca nadie le dio un poco de limpieza a este lugar. Ignoro el desorden, en su lugar voy al armario donde papá guardaba las cajas. Una duda cruza por mis pensamientos. ¿Qué tal si al mirar dentro, está vacía? Rick era un hombre bastante inseguro y tal vez al haberlo confrontado sobre ellas decidió esconder los vídeos en otro lugar. Como no puedo saberlo hasta que los busque, abro la puerta. Cuando lo hago, encuentro todo como estaba aquel día. Las dos cajas están a rebosar de CD'S y son algo pesadas. Con un suspiro resignado, busco un poco de cinta adhesiva en los armarios para sellarlas. Una vez me aseguro que nada se saldrá, las llevo una por una a la entrada.
Cuando ya tengo todo listo, salgo para siempre de esa casa y me siento en los escalones para esperar a Theo. Los minutos corren bastante lento, tal vez pasa una media hora hasta que observo su auto llegar. Una vez estaciona, sale y camina a paso rápido hasta donde me encuentro. Puedo observar en su rostro preocupación por mí junto con algo de enfado cuando me mira sentada.
—Con razón no querías te esperara afuera de la estación. Querías venir sola aquí.
Aunque aprecio su preocupación, no es necesario en este momento un reproche de su parte. No puedo evitar voltear los ojos, irritada por el regaño implícito en su voz. Decido no contestarle para no empezar una pelea estúpida, en su lugar solo me encojo de hombros. Abre la boca como si fuese a decirme algo, de seguro otra queja, pero de inmediato sus ojos se dirigen a las cajas a mi lado. Arquea las cejas con sorpresa.
Que no pregunte, que no pregunte...
—¿Son tus cosas?
Mierda. Tenso la mandíbula y me niego a responder por un segundo, incómoda ante su curiosidad.
—No —. Respondo al fin con voz algo seria.
Al darme cuenta de mi actitud, trato de disimular mi incomodidad, no es su culpa que esté estresada. Solo acaba de hacer una pregunta, no debería molestarme por eso.
Me levanto de las gradas y me limpio los jeans, luego agarro una caja para colocarla entre sus brazos. Una vez está segura con él, tomo la otra antes de dirigirme al maletero del auto porque no quiero tenerlas cerca mío en los asientos traseros. Se queda de pie unos momentos más con algo de desconfianza en su mirada, aunque decide dejarlo pasar por ahora. Una vez logramos colocar todas las cajas dentro del maletero, le echo una mirada.
—Ayúdame a traer la ropa de Elizabeth y la mía antes de irnos, por favor.
Puedo notar en su rostro la confusión por mis respuestas tan secas y frías ya que no está acostumbrado a ellas. Decide no contradecirme en este momento, solo hace lo que le pido y camina a mi casa.
Como no quiero volver a entrar ahí, le indico cuáles cosas recoger, luego me encierro dentro del auto con la intención de esperarlo. Aprovecho la oportunidad para pensar en qué decirle sobre las cajas una vez que estemos en casa. No tengo ni la menor idea de cómo le voy a contar sobre los vídeos, no quiero decirle qué hay en el interior. Si hay algo que él no sabe es sobre esas estúpidas grabaciones y preferiría que fuese así siempre, no quiero que me mire de forma diferente a como lo hace ahora, no obstante; sé que él no va a dejar de buscar las respuestas.
***
Después de tomar todo lo necesario, nos vamos a casa. Me quedo callada todo el camino, solo hablo para explicarle que tendremos que quedarnos con la abuela según las especificaciones de la trabajadora social. Al principio no le gustó demasiado la idea por lo que trató de convencerme de quedarnos a su lado, pero luego de una pequeña discusión pronto entendió que no podía hacer nada para evitarlo. Luego de eso no hablamos más en todo el camino; me dedico a mirar por la ventana, el silencio pesado mientras conduce. Al llegar a un semáforo en rojo, lo siento girar su cuerpo solo un poco e inmediatamente siento su mirada clavada en mi rostro con atención.
—¿Por qué estás así? —Pregunta con suavidad.
—¿Así cómo? —Evado la pregunta, no quiero hablar de eso por ahora. Me observa con una ceja arqueada, sin creer mi respuesta. No puedo evitar que un suspiro enojado se me escape.
—No me pasa nada, estoy bien.
Aprieta la mandíbula y vuelve a mirar de nuevo al frente; sus manos aprietan fuerte el volante hasta que sus nudillos se colocan blancos por la presión.
—Si estuvieses bien, no me contestarías de esa forma tan cortante —espera por mi respuesta, solo que al notarme reacia a darle una, continúa —: aunque hayamos pasado por tanto; sigues sin poder confiar por completo en mí, ¿verdad?
Su forma tan desilusionada de decirlo logra estrujar mi corazón dentro de mi pecho y de repente me siento como la peor mujer en el mundo. Esa no es la cuestión aquí, es probable que sea él la persona en quién más confío en este mundo. Mi actitud no tiene nada que ver con la confianza, es más la idea de no saber si se tomará la noticia de una manera que no sea con asco, enojo o repulsión. Abro la boca para contradecir su afirmación, luego la vuelvo a cerrar; las palabras se quedan atascadas en mi garganta sin querer salir.
Malinterpreta mi silencio y lo veo negar con la cabeza al tiempo en que suelta una risa baja sin mucho humor.
—No te preocupes, Nicole. Ya entiendo.
El semáforo cambia a verde por lo que arranca otra vez. No vuelve a abrir la boca después de eso, el silencio se vuelve sofocante al instante. Trato en todo el camino decirle algo, cualquier cosa para cambiar su estado de ánimo, pero ver su actitud me impide hacerlo, así que lo dejo en paz por ahora.
***
—Bien, eso era todo —. Hablo con voz calmada al terminarle de pasar la última de mis pertenecías a la abuela.
Decido lanzarle una mirada por encima del hombro a Theo para ver cómo está. Lo encuentro con los ojos pegados en cualquier parte menos en mí, con la mandíbula tensa por el enojo. En lugar de hablarme o cualquier otra cosa, solo asiente antes de cerrar el maletero. Una vez hecho esto, mete las manos dentro de sus bolsillos y comienza a caminar hacia la puerta del conductor.
—Nos vemos luego, Nikki. Hasta luego, Andrea —. Se despide de mi abuela sin siquiera mirarme hasta que ella asiente en respuesta.
Espero me dé un beso de despedida o algo; sin embargo, ni siquiera puede verme a los ojos. Mierda, de verdad lo lastimé antes. Abre la puerta dispuesto a subirse y lo detengo del brazo.
—¿Podemos hablar, por favor?
Parada en la entrada, mi abue mueve los ojos entre ambos con un poco de sospecha en su mirada, luego, sin decir nada, nos da la espalda para entrar a la casa. Theo apoya su cuerpo contra la puerta con los brazos cruzados y el cuerpo tenso.
—Dime —. Su tono es uno que nunca ha utilizado conmigo, frío, cortante.
Una punzada de dolor se apodera de mi pecho cuando lo escucho hablarme de una forma que nunca antes había usado conmigo, aunque supongo que me merezco su molestia; de verdad le hice daño con lo que pasó hace algunas horas. Bajo la voz a un susurro al tiempo en que lo observo por entre mis pestañas con ojos de cachorro ya que esos nunca fallan con él.
—Theo, no te enojes conmigo.
Cuando al fin posa sus ojos en los míos, no se encuentra nada afectado por mi mirada, solo hay el mismo desapego de antes todavía presente en sus facciones. Dura varios minutos en responder, lo que solo aumenta mi ansiedad.
—No estoy enojado, Nikki. Estoy decepcionado —. La respiración se me atasca en los pulmones al oír esa respuesta.
Hubiese preferido por mucho que confirmara su molestia a la decepción que escucho en sus palabras. No pensé que se iba a sentir así, no era mi intención y me duele haberlo lastimado.
—¿De mí? —Interrogo en un susurro, asustada de la respuesta. Si dice que sí...
Duda un momento, luego baja los brazos a los costados antes de contestar:
—De esta relación.
Sus palabras se entierran como si fuesen un cuchillo directo en mi pecho. Trato de no reaccionar, solo que no puedo ocultar la mueca de dolor en mis labios ni evitar que mis ojos se llenen de lágrimas. Al ver mi expresión, sus rasgos se suavizan un poco, luego se aparta de la puerta para acercarse a mí con sus manos posadas sobre mis hombros. Agacha su cuerpo solo un poco para estar a la misma altura de mis ojos.
—Yo... yo he estado siempre para ti, Nikki. Te he apoyado en los momentos más difíciles o cada vez que me necesitas. Nunca te he dado motivos para dudar de mi amor por ti. Aún así, tú... —traga saliva —tú sigues sin confiar por completo en mí lo cual me hace sentir que yo soy quién da más en esta relación... y así no puedo seguir.
Coloco mis manos sobre las suyas con una mirada de desesperación.
—Si confío en ti, amor. Lo hago.
Mis palabras salen entrecortadas; puedo sentir que las lágrimas empiezan a formar un rastro en mis mejillas. A pesar de que estoy cansada de llorar a cada momento, le permito notar lo sincera que soy ahora.
—¿Entonces por qué no puedes decirme qué hay en las cajas? —Pregunta, cansado. Es como si toda la lucha abandonara su cuerpo.
Me alejo unos pasos, frustrada conmigo misma por no lograr decirle la verdad lo cual me hace reaccionar de una manera diferente a cómo me siento en realidad.
—Creo que exageras Theo, no es para tanto. Son solo unas cajas.
Me encojo por dentro después de que esas palabras salen de mi boca; eso no era lo que debía decir. Gruñe con frustración y me da la espalda antes de llevar sus dedos entre su cabello donde procede a jalarlo un poco como una manera de deshacerse de su enojo. Veo sus hombros elevarse en una respiración profunda cuando ya se ha calmado lo suficiente como para hablar otra vez.
—No le daría tanta importancia a esto si no hubiese notado la manera en la que tu cuerpo se tensó al preguntarte por eso o el sonrojo avergonzado en tus mejillas, ni tu forma de evitarme la mirada o el pánico en tus ojos. Me preocupo por ti, amor. Ya lo sabes, te lo he demostrado una y otra vez. Creo que no merezco la manera en la que me tratas; como si te fastidiara mi presencia.
Sus palabras golpean con fuerza. Tiene razón, no lo merece. Él ha sido bastante paciente con mi situación, me comprende de formas en las que nadie lo ha hecho antes y yo no puedo ser así de mal agradecida con él.
—Theo, lo siento, perdóname. Es solo que... contarte es muy vergonzoso para mí. Es repugnante, me siento asqueada de eso y no quiero verte enojado ni que hagas algo estúpido como ir a matar a Rick.
Da la vuelta con rapidez, su mirada antes enojada se remplaza con comprensión.
—Tiene que ver con Rick, por supuesto. Todo siempre es culpa de él —aprieta los puños —. Amor, no tienes que avergonzarte conmigo y menos por algo que hizo el idiota de tu padre. A estas alturas deberías saber que lo hecho por él en el pasado nunca fue ni será tu culpa. Solo la de Rick —agarra mis mejillas entre sus manos para levantar un poco mi rostro —, no te escondas de mí, solo dímelo.
Mis hombros se encorvan, ya estoy demasiado agotada de ocultarle las cosas. Me acerco a él y tomo su mano entre la mía para entrelazar nuestros dedos.
—Vale, voy a decírtelo, aunque no aquí sino dentro de la casa. Y por favor, dime que no estarás nunca más decepcionado de nosotros. Me mató escucharlo de tu boca; no deseo volver a sentirme de ese modo.
El lado derecho de su boca se inclina en una ligera sonrisa de tranquilidad.
—Tampoco quiero sentirme así, amor, pero necesitas confiar mucho más en mí. Prométemelo, porque de lo contrario...
No lo dejo terminar esa frase, no quiero ni pensar lo que iba a decir. Coloco mi otra mano en su pecho y con toda la sinceridad que soy capaz de reunir, se lo prometo. Una vez hecho esto, su cuerpo se relaja y envuelve sus brazos a mí alrededor. Deja un beso en mi frente.
—Gracias —. Susurra aliviado.
Luego de eso ambos ingresamos en la casa para tener una larga conversación. Mi abuela sonríe al vernos pasar por su lado a la habitación donde dormiremos con mi hermana sin detenernos ni decirnos nada.
***
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