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/*Capítulo narrado por Messi*/
Esa noche llegué a mi habitación como alma que lleva el diablo, y lo primero que hice fue encerrarme en el baño, lejos de todo y de todos, para ahogar mis penas en absoluta soledad.
Apenas había tocado la cena que nos habían ofrecido en el hotel, no tenía nada de apetito, lo único que quería era desaparecer y que nadie me volviera a ver ni hablar jamás.
Varios de mis compañeros me preguntaron por mi estado, aunque yo preferí mentirles y decir que estaba bien cuando, claramente, no lo estaba, lo cual resultaba extraño, teniendo en cuenta que apenas en la mañana habíamos recibido la visita de nuestras familias, cosa que era revitalizante para muchos, no obstante, para mí fue el inicio de mi perdición.
Lentamente, me dejé caer en el piso del baño, con mi espalda pegada la pared y mis piernas haciendo contacto directo con la cerámica turquesa del suelo, mis ojos derramaban lágrimas tortuosas a medida que recordaba todo lo que había acontecido horas atrás.
Ese día, como ya mencioné, se tenía planeado una visita familiar para todos los integrantes del seleccionado albiceleste, en vísperas de nuestro pase a la final de la Copa América Centenario. Fue una mañana cargada de emotividad, muchos de nuestros familiares habían venido desde tan lejos para apoyarnos; en mi caso, vinieron mis padres, mis hermanos, mi esposa, mis hijos, algunos de mis sobrinos y mis cuñadas.
Estaba realmente feliz de verlos, era como estar en casa, de hecho, jamás dejé de sonreír durante el transcurso de la reunión... Si tan solo esa felicidad hubiese durado más tiempo...
Recuerdo que abracé mucho a mis hijos, Thiago y Mateo, quienes correteaban alegremente por todo el lugar, jugueteando con mis sobrinos y los hijos de otros jugadores. Mi madre también reía, aunque no dejaba de preguntarme si había comido bien en estos días, qué quieren que diga, así son las madres, siempre preocupadas por sus hijos.
Por su parte, mi padre y mis hermanos conversaban entre ellos y con otros de mis compañeros, mientras Antonella secreteaba con sus hermanas, con una evidente cara de fastidio. No la iba a culpar, entendía que no le agradaba mucho el futbol y que habría preferido tomarse unas vacaciones en una isla paradisiaca que estar aquí. Fue por esto que me dirigí a ella y, en privado, le dije:
- Tranquila amor, apenas faltan unos días para que termine el torneo –expresé sonriendo- Ya tendremos tiempo para unas vacaciones.
- ¿Cuál tiempo, Leo? –preguntó con molestia- De aquí vas a regresar directo a Barcelona y sólo tendremos un par de semanas antes de que empiece la temporada.
- Bueno, ¿qué te parece si en esos días nos vamos a algún sitio? Podríamos ir a las Bahamas o a Ibiza, relajarnos un rato y pasarla bien con los chicos, ¿qué dices? –sonreí, de verdad estaba contento de plantearle esta idea y, ciertamente, no podía esperar para pasar tiempo nuevamente con mi familia.
- Lo que tú digas Leo –mencionó ella con evidente desdén y cruzándose de brazos.
Yo bajé la cabeza y me senté en una silla que estaba a su lado, entonces ella se levantó de su asiento junto con sus hermanas y se dirigieron a otro lugar a continuar su tertulia.
No pude evitar sentirme culpable, es decir, sé que quizás no estoy mucho con mi familia, pero trato de esforzarme al 100 por ciento para que el tiempo que les dedico sea aprovechado al máximo. Siempre intento hacer planes, salidas, o actividades que todos podamos hacer juntos, mis hijos habitualmente se sienten entusiasmados y Anto, bueno, ella es otra historia.
Últimamente siento que hay una gran distancia entre nosotros, cada vez que le hablo pareciera fastidiarle, ya no me pregunta cómo ha estado mi día, ni cómo me ha ido en los entrenos, es más, ni siquiera pasamos tiempo juntos como antes, cada vez que le digo para salir a cenar, o para hacer algo nosotros dos, ella prefiere ignorarme o irse con sus amigas, no lo sé, es como si yo ya no le importara.
A mí me duele mucho esta situación, antes las cosas solían ser tan distintas y no sé en qué momento comenzaron a cambiar, sin embargo, no me iba a rendir en esto, ella era la mujer que amaba e iba a hacer todo lo posible para salvar nuestra relación, y era una tarea que debía empezar lo antes posible y, por lo cual, me sentía muy entusiasta.
En ese instante, el asado que me había comido minutos antes estaba listo para abandonar mis intestinos, por lo que me dirigí a los sanitarios más cercanos. Cuando hube terminado, me dispuse a regresar a la mesa con mi familia, no obstante, una conversación llamó mi atención, una que provenía de un espacio solitario próximo a los baños que, ahora que lo pienso, jamás debí haber escuchado.
- Y entonces me dijo que cuando regresase a Barcelona íbamos a viajar y a pasar tiempo juntos –era Anto quien, después de haber dicho esto en un tono despectivo, estalló en risas justo enfrente de sus hermanas- O sea, ¿pueden creerlo? ¿De verdad piensa que quiero pasar mi tiempo con él?
Todas las Roccuzzo se carcajearon nuevamente, mientras yo escuchaba en una esquina sin que pudieran notar mi presencia, con una tristeza que crecía incipientemente en mi interior.
- Anto, entiéndelo, él todavía está enamorado –intervino Carla, la menor, a lo que mi esposa soltó una risotada sarcástica.
- Ay, si él supiera... -dijo Anto sonriendo con complicidad.
- ¿Eso tiene que ver con lo que nos ibas a contar? –preguntó Paula, su otra hermana.
Anto asintió y empezó a contarles en susurros, por lo que yo no pude escuchar qué era lo que les decía, sólo veía su expresión, una sin remordimientos y con cierto toque de orgullo, como si acabara de hacer algo que no estaba bien y por lo que no sentía culpa alguna, supe en ese momento que, de cierta forma, esto tendría que ver conmigo, aunque no entendía de qué forma hasta que las hermanas volvieron a hablar en un tono más alto... Y entonces comprendí todo...
Mi mente de repente se hizo borrosa, como si lo que acabase de escuchar borrase todo mi mundo por completo y solo dejase una vaga idea de quién era yo. Regresé a mi puesto en la mesa, mi expresión inerte carecía de toda emoción y mis ojos miraban al perpetuo vacío, mi madre me vio con preocupación, pero supongo que las partes sobrevivientes de mi cerebro se habrán inventado una excusa infalible porque ella no volvió a preguntar más.
No era yo, no podía serlo, mi cuerpo quedó sentado en esa silla y no se levantó hasta que hubo terminado la reunión, apenas y me despedí de todos en piloto automático, sin poder expresar alguna otra emoción efusiva diferente a la de un autómata, era como si mi vida transcurriera frente a mis ojos sin que yo fuese capaz de vivirla.
En ese estado de trance solo recuerdo un ápice de alguna emoción al momento de despedirme de mi esposa, pero, si no me equivoco, era un sentimiento nunca antes profesado hacia ella que, dada la parsimonia de mi mente en ese instante, no supe identificar sino hasta más adelante.
Volví en sí cuando cayó la noche y rememoré una y otra vez aquella plática furtiva que había escuchado sin querer en ese espacio cercano a los baños y caí en cuenta, nuevamente, que todo mi mundo se había derrumbado.
Ahora estoy aquí, sentado en el suelo del baño de la habitación del hotel, llorando como un miserable al que ya no le queda nada porqué vivir, es decir, ¿cómo carajos se supone que pueda volver a la normalidad después de lo que escuché?
No me creo capaz de superarlo, no me creo capaz de dejar esto así y seguir como si nada... No me creo capaz de poder vivir tranquilo después de esto... No me creo capaz...
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