10
Terminé de buscar a Sofi y a los niños, almorzamos en casa, compartimos un rato y, ahora, estoy de vuelta en mi auto, conduciendo cerca de los límites de la ciudad.
Mis manos no han dejado de sudar y mi corazón está a mil por hora, siento una ansiedad inusual en mí pero, en especial, siento miedo, mucho miedo. No tengo idea con lo que me voy a topar, miles de escenarios se reproducen en mi mente: ¿encontraré a Leo? ¿A Neymar? ¿A ambos? ¿Lo tendrá amordazado? ¿Amenazado?
¡Dios mío! ¡No puedo más con esta angustia! ¡Quiero que acabe este juego cruel!... Respiro lentamente, intento tranquilizarme... Falta poco para que esta pesadilla termine... Seré libre de culpa...
Llegué al lugar indicado, unos pintorescos árboles me dieron la bienvenida, se podía escuchar el canto de los pájaros y el soplido de la brisa, hubiese disfrutado el paisaje si tan sólo no estuviera tan nervioso. La cabaña era de dos plantas, con exterior en piedra y madera, aunque me llamó la atención que, justo al lado de ésta, se hallara un auto conocido para mí: Era el de Neymar.
Bajé de mi vehículo y me aproximé a la puerta, tenía seguro, cosa obvia para mí, aunque no me rendí y traté de buscar otras maneras de entrar. Recorrí la construcción en busca de otra entrada, fui a la parte trasera, donde estaba la piscina y el jacuzzi, conjuntamente con sillas de playa, aunque mi exploración era en vano, cada portezuela y ventana que hallaba estaba cerrada... Bueno, casi todas...
Localicé una pequeña rendija en el techo, una especie de tragaluz de cristal que apenas se asomaba en la construcción pero que parecía ser el único punto de ingreso... ¡Madre mía, en la que me he metido!
Por un instante tuve la tentación de marcharme, era demasiado arriesgado que trepara hasta el techo, podría caerme, romperme un hueso, una pierna, y adiós carrera... De repente un ruido me hizo cambiar de opinión, uno que provenía del interior de esa casa: Era un grito.
La sangre se me heló de inmediato, ¿ese será Leo? ¿Qué le estará haciendo? ¿Lo estará golpeando? ¿Torturando? ¡Dios mío! ¡No!
Saqué valor de donde no tenía y no lo pensé dos veces, me trepé silenciosamente por unos de los árboles más cercanos a la construcción, de manera que pudiera tener acceso al techo. El plan era simple, no debía hacer ningún ruido, quería sorprender al brasileño en el acto y rescatar a mi amigo.
Me subí como pude, manteniendo el equilibrio entre las ramas y apoyando bien mis rodillas y pies, fue más fácil de lo que imaginaba. Después me tocó saltar de una de las ramas hacia el techo, eso fue lo más complicado, un paso en falso y quedaría estampado en el suelo con una posible rotura o muerto en el peor de los casos, para mi fortuna, logré esquivar el vacío y aterricé sano y salvo en el techado.
Ahora sí, me aproximé a la rendija y la abrí un poco más para que me permitiera el paso, miré hacia abajo, daba directo a un ático lleno de cajas, perfecto, al menos me aseguraba de que no me vería nadie. Y, siguiendo mi compromiso de no hacer ruido alguno, bajé por aquella abertura. Oficialmente estaba dentro de la casa.
Los gritos ahora se escuchaban con más claridad, claro, los mismos provenían de la planta baja, me alarmé, rayos, debía ser rápido.
Salí del ático hacia el segundo piso, que era donde se localizaban las habitaciones, todas ellas con las puertas abiertas, todas ellas vacías. El sonido de los quejidos incrementó, al igual que mi pánico, estaba cada vez más cerca.
Bajé por las escaleras muy lentamente, aturdido por los gritos pero con la mente enfocada en lo que debía hacer. Me detuve en una pared, justo enfrente de la sala, que era el epicentro de aquellos ruidos.
Tomé varias bocanadas de aire, intentaba tranquilizarme y enfocarme, aún estaba escondiéndome detrás de ese muro que me separaba de Leo y de Ney, que me separaba de mi objetivo.
Otro grito retumbó en la estancia y yo ya no aguanté más, era el momento, debía hacerle cara a lo que sea que encontrase allí, fuese tortura, violencia, amordazamiento, amenazas, o lo que sea, era tiempo de enfrentarlo... Entonces, salí de mi escondite...
Me quedé helado con lo que vi, totalmente paralizado, al igual que las personas que estaban allí. Recibí unos agravios en portugués y otros en español, en tanto los residentes se movían nerviosos por todos lados.
Yo permanecía perplejo, sin pronunciar palabra alguna y con los ojos abiertos como platos... No esperaba esto, de verdad no lo esperaba... Incómodo...
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