Capítulo VIII. En Visto
Mi despertador sonó como todos los días a las 6:30 de la mañana.
Lo primero que hice, casi en automático, fue agarrar el celular y abrir mi whats.
Me quedé sorprendido al darme cuenta que Fernando había visto mis mensajes. No quiero reaccionar como niña adolescente y mandarle a esta hora un lindo: "¡Porqué putas madres no me contestas!"
Mejor me fui a bañar para calmar a mi celos-monstruo. "Tal vez regresó muy cansado del trabajo. Ya tiene una llamada perdida de mi celular. Seguramente me va a mandar un mensaje al rato, una vez que llegué a la oficina, quiero creer. No sacaré conclusiones".
Ya me había cambiado y bajado a desayunar con mi familia, son las 7:15 y nada.
—¿Cómo amaneció nuestro príncipe? —dijo mi mamá en tono de: "mi hijo, próximo a tener nuevo galán".
Preferí seguirle la corriente y tratar de esconder mi desesperación.
—Muy bien mamí, listo para cerrar la
semana —le dije tratando de no oírme falso.
Pero se dio cuenta que algo estaba mal, por qué desde los ocho años no le digo así.
—¿Estás seguro? —me contestó levantando sus cejas.
—Sí, todo bien —le dije un poco cortante.
Me senté en la mesa y desayuné lo más rápido que puede. No quería que empezaran a interrogarme entre los dos. Eso me pondría muy de malas.
7:30, nada. Esta vez, dejé caer el celular un poco más fuerte sobre la mesa.
—¡Hey!, tranquilo campeón. ¿Qué?, ¿tienes una junta o qué pasa? —preguntó mi papá con su voz simplona mientras leía el periódico.
—No perdón, solo se me resbaló de mis
manos —le dije con una risa nerviosa.
—No, me refiero a que estás comiendo muy rápido.
—Sí, bueno. Es que... si tengo que llegar antes hoy.
—Pues guarda lo que te falta de comer en el refrigerador y te lo comes cuando llegues.
—¡Hay papá!, ¿cómo crees que voy a llegar cenar huevos con chorizo?
—No creí que tuvieras un horario específico para eso —me contestó en doble sentido.
Puse mis ojos en blanco, recogí mi plato, lo metí al refrigerador y salí corriendo de la cocina.
—Cariño, siempre se ríe cuando lo albureas, ¿crees que sea? —le preguntó mi mamá a mi papá.
—Ese tal Fernando. Tiene que ver con él —le contestó mi papá con un tono indiferente, continuando con su lectura en el periódico.
Salí de la casa y me subí al carro. Respiré hondo y profundo, tratando de no pensar en esto, mientras repetía en mi cabeza: "Hoy será un gran día, hoy será un gran día, ¡hoy será un grandioso y putisimo dia!".
Al prender el motor, la canción de: Fuck You de Lily Allen se puso un poco fuerte. Estuve a punto de quitarla, pero me quedé con la mano estirada, sobre el botón de encendido del radio.
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Decidí subirle a todo lo que da. Al salir del garaje, pisé el acelerador a fondo rumbo a la salida de Sayavedra, como si fuera Cruela Devil, desesperada por ir a destripar a cachorros indefensos.
9:30 de la mañana. Ni un puto "buenos días" o un "oye, perdóname, pero llegué muy tarde de trabajar". Nada. Estaba caminando hacia el elevador. El nuevo guardia de seguridad que contrataron me saludó de lo más alegre al pasar por la recepción.
—Buenos días joven —me dijo mientras levantaba su mano cálidamente hacia mí.
Me le quedé viendo y lo barrí con la mirada. Cuál tipa fresa afuera del antro culebreando a su peor enemiga.
"Lo confirmo, estoy de malas, muy pendejamente de malas", me dije a mí mismo.
El pobre guardia, se le borró la súper sonrisa con la que había llegado a trabajar. Todo por mi culpa.
Espero que hoy todos vengan igual de amargados que yo y les pase por los huevos mi situación sentimental con Fernando.
El elevador se detuvo en mi piso, las puertas se abrieron y salí como caballo de carreras hacia mi lugar. Sin voltear a ver a nadie ni dejar que Jacinta o Esmeralda me abordarán para saber del tema, llegué, me senté y prendí mi computadora. "Creo que nadie me ha visto. Me quedaré lo más callado que pueda, evitando llamar la atención. Solo tenía que estar así durante ocho horas y ya".
—¡Ya llegó el novio! ¡Estoy muy emocionada! ¡¿Cómo te fue Dani?! ¡Uf! —me preguntó una amiga de Jazmín.
De la nada, había diez viejas rodeándome, entre ellas Jacinta, todas con una cara de ansiedad por saber más de mi historia. Estaban tan exitadas, que podrían tener un orgasmo aquí mismo, con tan solo oír el nombre: "Fernando".
Estaba anonadado, no sabía cómo manejar esta situación, siendo yo un reclutador, el cual, se supone que domina todas las técnicas asertivas, no podía controlar estas ganas de agarrarlas a todas a cachetadas y meterles su puto tupper de Godín por el culo. Era como si me estuvieran taladrando la cabeza entre todas.
—Discúlpenme chicas —les dije al ponerme de pie y corriendo hacia el baño.
Vi que todas se sorprendieron de mi reacción.
Jacinta inclusive, me desconoció, pero no podía quedarme ahí, iba a explotar en su cara.
Me metí al baño de hombres para echarme un poco de agua en la cara. Volví a respirar varias veces hasta normalizar mi respiración. Me vi en el espejo y me dije a mí mismo que debía tranquilizarme. Tal vez debería de hablar con Esmeralda y pedirle que me de el día, no puedo estar así otra vez.
"¿Será posible que este infeliz me esté haciendo esto a propósito?, ¿le habrá pasado algo?, ¿qué diablos sucede?"
Alguien tocó la puerta del baño, me quedé estancado en el lavadero.
—¿Dani?, ¿estás bien? —me preguntó Jazmín.
—Ahora no amiga, dame dos por favor.
—Sabes que no me voy a ir de aquí hasta me hables.
Volví a inhalar exageradamente y traté de mantener la mejor postura.
—Jaci por favor, necesito estar solo unos momentos.
—Tómate el tiempo que quieras, te voy a esperar aquí afuera en silencio.
Siempre la he querido mucho, sobretodo porque cumple sus promesas. Ella y yo nos juramos lealtad; prometimos apoyarnos en todo momento, bueno o malo. Pero ahora, no quería estar cerca de nadie, ahora me sentía como un barril de nitroglicerina, que con cualquier golpe, podría explotar sin importar quién estuviera a su alrededor.
Terminé de limpiar mi cara y me dirigí hacia la puerta con pasos sigilosos. Al abrirla, me di cuenta que Jazmín no era la única esperándome.
Al parecer, todo el puto piso se había preocupado por mí. Incluso Esmeralda, quien se encontraba al fondo del pasillo en medio de toda la muchedumbre.
"¡Qué oso!", pensé.
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