Capítulo V. El Carro Plateado
Pasaron dos semanas después del incidente en el corporativo y no hubo ni un solo día en el que Esmeralda no me recordara sobre el tipo que me quería presentar. Tuve que decirle que aún no estaba listo, cada ves que me insistía.
"Tal vez ella debería de salir con él, si tanto le gusta", pensé. Yo ya había perdido toda esperanza en los hombres.
Fue hasta que tuve que acceder por la fuerza. La muy inteligente amenazó con cobrarme el dinero de todas las groserías que dije ese día.
"Maldita sea, ¿será que este güey si vale la pena?"
Era un sábado, casi las doce del día, me estaba terminando de arreglar para salir con este tal Fernando Reyes, del que tanto me habló "la pontífice". Estaba cero emocionado y deseando regresar a mi cama.
Mi casa es mi templo sagrado, la adoraba por lo cómoda que es. Dos pisos, cuatro habitaciones, un salón de juegos, sala comedor, dos puffs, en los cuales me tiraba a la mierda cuando venía hasta la madre del trabajo. Vivo con mis papás, soy único, sin mascotas y sin nadie que me chingue.
—¡Ya está listo tu licuado Dani! —me gritó mi mamá desde la cocina.
—¡Voy!
Bajé con una flojera impresionante, creo que debería cancelarle y descansar. Sirve que me voy preparando para llegar ser una señora amargada con cien gatos a su alrededor.
—¡Daniel!, ¿con esa cara vas a salir con este chico? —me preguntó mi mamá entregándome el licuado.
—Es es la única que tengo madre —le conteste barriendo mis palabras.
—Hay Dani, si yo saliera con alguien así, de inmediato me regresaría a mi casa.
—Estoy contando con eso.
Mi mamá me hizo una de esas muecas de madre inconforme y continuó lavando los trastes.
—Creo que no deberías darte por vencido, dale una oportunidad aunque sea —me dijo.
—He hecho eso con cada uno de mis prospectos ma, he perdido la fé.
—Por lo que me has contado, tu jefa, te estima y se ve que es una extraordinaria persona. No creo que te presente alguien que no valga la pena.
—No lo sé.
—Anda, solo una vez más. Si no te resulta, te prometo que yo misma te enseñaré a tejer, tu papá y yo te compraremos tu primer minino y te prepararé para ser una de esas señoras amargadas que rentan cuartos para sobrevivir...
Debo admitir que amo el buen humor de mi mamá, se ve que es de familia. Me puso un tanto de buenas.
—De acuerdo ma, pero esta será la última de las últimas.
—Está bien Dani, anda, ya casi son las doce. Ya deberían comer, en vez de desayunar.
—Gracias, nos vemos después —le dije al abrazarla.
—Adiós mi cielo, diviértete.
"Definitivamente me aliviano hablar con ella, pero preferiría dormir durante todo el fin de semana".
Me dirigí hacia la entrada principal y salí a la calle. Fernando me había mandado un mensaje desde muy temprano diciéndome que llegaría puntual, a la hora que acordamos.
Mi calle es como un albur: larga y angosta, típico de Sayavedra. Muchas casas en fila como aquellas residencias en Estados Unidos. Era tranquilo y apto para la señora que habita en las profundidades de mi alma; queriendo salir a mentar madres a medio mundo y tapizar las paredes de las casas con papelitos llenos de mensajes pendejos como: limpialo, sécalo, no estacione su carro, no uses la luz o te cobro extra, etc. "Sé esto, porque renté un cuarto cuando fui a la universidad y en mi vida lo volvería hacer".
Dieron las doce en punto y hasta el final de la calle, apareció un auto "¡Qué digo un auto, un carrazo plateado del año! Espero que esto no empiece a parecerse a las "Cincuenta Sombras de un Gay". ¿Con quién chingados me he metido?", me dije a mí mismo.
El carro se estacionó justo frente a mí, la ventana del copiloto comenzó a bajar muy despacio. (Así es... cliché total).
Un chavo como de treinta años, tez morena, dientes más blancos que una pieza de ajedrez, traje azul marino, una corbata con distintos tonos de gris, calvo, delgado y perfumado hasta las nalgas, me preguntó:
—¿Eres Daniel?
—¿Eres Uber Gold o una mamada así? —se me salió por inercia el comentario y de inmediato corregí—. Lo lamento sí, soy yo, Daniel.
Fernando se rió, salió del carro, se acercó a mí y extendió su mano para saludarme.
—Encantado de conocerte Daniel.
Estaba en la pendeja, lo saludé como si me hubieran puesto en modo automático.
—Adelante por favor —me dijo al abrirme la puerta del carro... (sí leyeron bien... me abrió la puerta del puto carro).
—Gracias —le contesté con una risita súper pendeja.
Fernando cerró la puerta del copiloto y volvió a subirse.
—¿A dónde nos dirigimos el día de hoy? —me preguntó.
—Me gusta el Café Penélope, está a diez minutos de aquí —le volví a contestar con la risita de niña babosa.
—El Café Penélope será —me dijo con voz masculina.
"¡Qué pinche teto soy!", me dije a mí mismo.
Fernando aceleró su súper nave y nos perdimos en las profundas calles de Sayavedra.
Pude sentir como mandaba a madrazos a mi señora interna, de vuelta al arenero de gatos de donde salió.
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