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Capítulo III. El Candidato

—Sr. Bonilla, ¿cómo está?, mucho gusto —le dije con toda la propiedad del mundo.
—Mucho gusto licenciado, encantado de conocerlo —me contestó poniéndose de pie y extendiendo su mano.

"¡Su puta madre!, ¡está guapísimo!", me dije a mí mismo tratando de mantener la cordura.

Trae puesto un traje gris con una corbata de color rosa, una barba perfectamente cuidada y el cabello relamido; era casi un modelo de calendario.

—¿Logró llegar sin contratiempos? —le pregunté sin titubear, mientras ambos tomamos asiento uno frente a otro.

—Sí, muchas gracias licenciado...
—Por favor, llámame Daniel —le dije—.

"¿Es real que acabo de decir eso?, ¿estoy mentalmente incapacitado o qué diablos?, ¡no puedo hacer esto en el trabajo!", grité en mi cabeza.

—De acuerdo, Daniel, un gusto —me contestó.
—Platícame, ¿cuál es tu interés en el puesto?
—Bueno, las actividades que señalan se me hacen muy interesantes, siempre he querido desempeñarme como director comercial.
—Según tu CV, dice que tienes experiencia en el área de economía y finanzas, ¿por qué el interés en dirección comercial?
—Llevo seis años en el área y, francamente, no es lo que me apasiona, me gusta, pero no lo suficiente para quedarme.
—Ya veo. Tengo un inconveniente, ¿puedo decirte Yair? "Ahí voy de zorra", pensé.

—Sí, claro.
—No veo ninguna actividad o conocimientos en tu CV que justifique que puedas realizar las tareas del puesto.
—Estoy consciente de eso... es solo que... estoy seguro que puedo y tengo la capacidad...
—No dudo de tus capacidades, por desgracia, la vacante requiere que te coordines con el equipo de ventas y mercadotecnia, elabores estrategias comerciales, tomes decisiones importantes sobre ventas; pero en tu currículum, sólo veo: implementación de sistemas financieros, políticas de formulación presupuestaria, registro contable, etc., nada que corresponda con la propuesta lab...

Fue justo aquí, antes que pudiera terminar mi oración, que sentí el pie de: Yair Bonilla, masajeando mis genitales por debajo de la mesa.

—Puedo asegurarte, Daniel Villalobos, que no te arrepentirás de haberme recomendado... —me dijo el muy cabrón.

Estaba en un completo estado de shock. Me le quedé viendo sin decir ni una sola palabra.

"¿Cómo sabía mi apellido?, ¿cómo chingados se atreve hacer esto en una puta entrevista?", me dije a mí mismo, mientras sentía como mi sangre hervía hasta el punto de quemar el puto virus que llevo dentro.

—Sabía que eres bueno en tu trabajo, pero no eres tan bueno para acordarte de las personas... —me dijo.

Seguía sin poder hablar, estaba temblando del coraje. De repente, todo me hizo sentido, este es uno de los pendejos con los que había salido.

"¡¿Cómo chingados me encontró?!, si tiene años que no lo veo", pensé.

—¿Ya te acordaste? —me preguntó el descarado—. Me tomó una eternidad encontrarte, tuve que hacer todo esto para volverte a ver.

—¿Qué clase de psicópata eres? —le dije, apenas pudiendo formular palabras—. No sabes en el problema en el que te acabas de meter...
—Por favor Daniel, solo déjame explicarte...
—¡Explícame está!, ¡reverendo hijo de la chingada! —grité a todo pulmón. Yair se levantó y se fue para atrás abriendo la puerta del salón de entrevistas.

Él se arrastró por el piso mientras me le acercaba como el tiranosaurio de Jurassic World. Todos los empleados del piso se alarmaron y voltearon a vernos.

—¡Agarren a esta esquinera de mierda!, ¡me agredió sexualmente!
—¡Daniel, por favor, perdóname! —me gritó mientras seguía pegado al piso, tratando de detenerme levantando sus manos.
—¡Te juro que voy hacer que te tragues tu propio pene!, ¡maldito enfermo!

Los guardias de seguridad aparecieron por los pasillos como pandilla vengadora y detuvieron a Yair.

—¿¡Qué pasó joven!? —me preguntó uno de ellos.
—¡Está larva nacida en la mierda de un marrano, fingió ser un candidato y puso su asqueroso pie en mis genitales!, ¡¿necesita más explicaciones?!, ¡llévenselo de aquí antes que lo asesine!
—¡Asu!, sí patrón enseguida... —me contestó el guardia aterrado por mis palabras, mientras se llevaba a Yair hacia el elevador.
—Daniel, por favor... —me gritó Yair.
—¡Por favor, metete un palo, pendejo! —le grité "poniendo huevos" con mi mano derecha.

Poco a poco, me di cuenta que se hizo un silencio total, se escuchaba el sonido de un ventilador a la distancia, un Godínez destapando un tupper, el sonido que hace el microondas al detenerse y ese particular chillido que hace la impresora cuando se le atora el papel.

Pude ver a "La pontífice" hecha piedra en la puerta de su oficina, sosteniendo su taza de café con la imagen de Jesucristo, la cual, se le resbaló de su mano, despedazandose en la "hermosa" lámina cuadrada con puntitos que parecen mocos aplastados. Seguramente la infinidad de groserías que dije, hizo que se le escaparan varios pedos con sorpresa.

Jazmín estaba de pie en su lugar, pude ver que su cabecita a penas y se distinguía entre los separadores de los cubículos; me observaba con ojos de luna llena. No podía faltar, que en medio de todo este silencio, la muy babosa no se aguantó a decir:

—San Judas nos perdone...

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