Capítulo II. Un Simple Godín
Pedir un perro prestado para ligar en un parque, atascar mi Facebook de hombres desconocidos, darme de alta en mil y un grupos de homosensuales, disfrazarme de mujer para tratar de besar a un "hetero", darme una vuelta por Reforma para ver qué chichifo se veía más decente, hablarle a mis ex amigas de la primaria para ver quién de ellas, tenía un amiguito heteroflexible, clases de yoga, gimnasios, artes plásticas, fisicoculturismo...
"Lo juro, he hecho de todo para tratar de encontrar a mi "príncipe azul", para encontrar un árbol bien plantado en medio de toda esta maleza, pero ayer, cuando mandé al carajo a Mariano, estaba por darme por vencido. ¡Por cierto!, me la pase swipeando a la derecha en Tinder durante todo el puto día para encontrarlo. Otra gran pérdida de tiempo", me decía esto en mi cabeza al estacionar el carro en el edificio de mi trabajo.
"¡Ya estoy hasta la madre!, la búsqueda ha terminado, tendré trescientos gatos y me ahogaré con sus pelos. ¡¿Quién chingados va a querer estar conmigo?!, un simple godín con VIH".
Voy llegando a los elevadores de mi corporativo, con una cara que ni yo mismo aguanto. "Ojalá no me toque llevar a cabo las entrevistas del día de hoy, no estoy de humor para hacer preguntas a candidatos sedientos de cobrar su primera quincena. Tendría que hacer un maldito esfuerzo sobrenatural para disimular mis jetas".
Al llegar al piso de mi oficina, ahí estaba la única persona que podría alegrarme el día, la única y fantástica Jazmín o Jacinta cómo le digo de cariño. El lugar parecía un enorme laberinto para ratones; por las paredes que separaban a los cubículos. En el centro del techo, había un candelabro exageradamente rococó y unas ventanas del lado derecho que daban pie, a una vista espectacular a la avenida Reforma.
Siempre que salía del elevador me llegaba el tufazo a café, uno que otro olor a guajolota y a champurrado.
—¡Dan!, ¿¡qué haces llegando tan tarde!? —me dijo.
—Jacinta, por favor dime algo que me ponga de buenas, vengo hasta la eme —le dije evitando decir groserías.
En el corporativo cobraban veinte putos pesos por cada "palabrota" que dijeras y, para mi suerte, Dios me dio la lengua de un miembro de la Mara Salvatrucha.
—¡Virgen María, llena eres de gracia! —dijo Jazmín. (Su manera de evitar decir peladeces).
Si yo era miembro de los criminales más sanguinarios, ella era el culo de un terrorista encabronado.
—¡No me digas que el buen hijo de Dios resultó ser un blasfemo!
—Sí, así es.
—¡Me llena el señor con su sabiduría y fervor! Me vas a tener que contar todo al respecto después, "La pontífice" quiere que hagas las entrevistas hoy.
"La pontífice" es nuestra jefa, así le decimos por mocha. Es buena onda, pero a ella se le ocurrió, la excelentísima idea de quitarnos el dinero por decir groserías.
—¡No!, ¿neta?... me lleva la...
—¡Ay!, ¡no, no, no! Recuerda que Él Señor nos está observando... —me interrumpió a tiempo antes de cagarla.
Fue buena idea la de Jazmín de callarme, no exageraba. "La pontífice" estará sorda para muchas cosas, pero para detectar las groserías, es omnipresente la cabrona.
—Amiga, ¿no puedes hacerlas tú?, hoy no me siento en mis cinco sentidos —le dije como un niño que no quería hacer su tarea.
—Sabes que lo haría, pero ella, específicamente solicitó que fueras tú. Quiere saber tú opinión, tiene dudas de este candidato.
—No puedo creer que haya hecho la entrevista y que aún quiera mi opinión.
—Le urge un poco —me contestó.
—A-la-ver...
—¡Shh! —volvió a callarme, está vez, poniendo su dedo en mis labios.
—¡A-lle-lu-ya!
—Mejor —me dijo en un tono afirmativo—. Nos vemos al rato chaparrito que tengo trabajo. El candidato te está esperando, aquí está su CV.
Jazmín me dio un beso en el cachete y se fue rumbo a su escritorio, dejándome solo en el pasillo, con mi ánimo hasta la planta baja del edificio.
"Por lo menos me hubiera regalado uno de esos dulces de mantequilla que me ponen de buenas, pero no, me dejó con las manos vacías y con ese tipo esperándome. Bueno, espero que mínimo este guapo. ¡Pero en qué pendejadas estoy pensando!, ¡ya solo me faltaba añadir esto a mi puta lista de perrita desesperada!, ¡fantasearme al candidato! Necesito concentrarme, quiera o no, tengo que hacer esto ahora, !¿cómo se le ocurre a "La pontífice" hacerme esto hoy?!", pensé.
Me encontraba afuera de la sala de juntas, donde realizamos las entrevistas, cerré mis ojos y respiré dos, tres, cinco veces hasta llegar a mi papel de reclutador, tomé la perilla y abrí la puerta.
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