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Capítulo 54 | Elliot

Sus labios se mueven ansiosos esperando a que corresponda sus caricias, pero los míos se mantienen firmes en una línea dura. No voy a corresponder este estúpido beso, por el contrario, necesito detenerlo.

Mis manos sujetan sus brazos y tratando de no ser tan indiscreto, la alejo de mí. Ella me mira algo confundida e inmediatamente intenta evitarlo rodeando mi cuello con sus brazos, pero eso solo consigue que termine molestándome.

—Basta —digo en un tono severo, pero tratando de hablar en voz baja.

—¿Qué pasa, amor? —inquiere con fingida confusión.

Mi paciencia se sigue yendo al demonio. Preso de un impulso la sujeto de una de sus muñecas y tiro de ella para ir a un lugar más apartado. Trato de que esto luzca lo más normal posible, así que evito caminar demasiado rápido para que ella no tenga problemas en seguirme el paso y las personas no crean que la estoy casi arrastrando.

Finalmente llegamos al otro extremo de esta sala. Doblo hacia un pasillo a la derecha y por suerte está solo así que me detengo aquí. Giro para encararla, pero ella es quien habla primero.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué no me dejas ni besarte ni abrazarte?

—Deja el maldito drama, ¿quieres?

—¿Cuál drama, Elliot? —increpa molesta—. Casi nunca te veo. Te apareces por aquí a los meses, así que es natural que quiera ser cariñosa contigo porque me hace muy feliz verte.

Una risa carente de humor se me escapa sin que pueda evitarlo.

—Mis respetos para ti, Bianca. Eres la mejor actriz que puede haber. Casi me convencen tus palabras, ¿sabes?

—¿Crees que estoy mintiendo? —cuestiona con un tono ofendido—. Yo en verdad te extraño, Elliot, y cuando te veo yo muero de ganas por aprovechar la oportunidad al máximo y espero lo mismo de tu parte.

Acorta la distancia entre nosotros e intenta abrazarme, pero termino apartándola de nuevo.

—Si yo vine a esta estúpida inauguración es porque tengo algo muy importante que hacer. No creas que ha sido porque he querido.

Su expresión se transforma a una dolida. Me mira como si estuviese a punto de echarse a llorar. Se ve tan real. Qué pena que a mí no me engañe.

—Escucha —digo con un tono severo—, ya estoy harto de perder el tiempo aclarándote cosas que ya te he dicho antes.

—Sí, pero... 

Comienza, pero la interrumpo.

—Deja esas estupideces a un lado. No me abraces, no me toques ni mucho menos intentes besarme de nuevo, ¿lo entendiste? —la encaro con mucha firmeza—. Confórmate con tenerme aquí y con que te siga el juego de ser la feliz pareja, pero no quiero que pases mis límites.

Me mira furiosa.

—Soy tu esposa, Elliot. Yo tengo todo derecho a tocarte y besarte cuando se me de la gana. 

Tenso la mandíbula hasta un punto que casi duele. Esas palabras me ponen muy molesto porque con ellas está intentando hacer creer que tiene dominio sobre mí y no voy a permitírselo.

—Escúchame muy bien, Bianca —escupo en un tono amenazante y termino acorralándola entre mi cuerpo y la pared detrás de ella—. Ya estoy harto de que intentes manipularme. Sabes perfectamente por qué estoy contigo y que siempre me han importado una mierda las malditas apariencias, y sin embargo, aun así he intentado guardarlas, pero te juro que estoy a punto de enviarlas al carajo. Así que no me provoques.

Mi rostro está muy cerca del suyo, pero no es para nada algo agradable y estoy seguro que para ella tampoco. Me siento muy molesto y sin duda alguna me veo bastante amenazante justo ahora, pero a pesar de eso, ella sigue desafiándome con la mirada.

—Tengo muy claro el por qué estás conmigo, Elliot —dice alzando el mentón—, pero te guste o no te guste, tú y yo estamos casados, y no se te debe olvidar el lugar que me corresponde o yo me encargaré de recordártelo de la manera que menos te gusta.

Sus palabras me disgustan todavía más; sin embargo, ahora recuerdo que esta vez yo tengo el as perfecto bajo la manga y debo estar confiado por ello. Inmediatamente mi expresión se transforma. Adopto una mucho más calculadora cuando me alejo de ella sin dejar de verla.

—¿Y tú, mi amor? —exclamo con mucho énfasis esa última palabra—. ¿Tú sí me has estado dando el lugar que me corresponde?

—Por supuesto que sí. No entiendo a qué viene tu pregunta —responde con firmeza y se cruza de brazos.

La miro con determinación. Con esa mirada tan calculadora y fría que doblega a cualquiera y que justo ahora consigue hacerla ver nerviosa ante la mentira que acaba de decir; sin embargo, es obvio que no va a admitirlo tan pronto.

—Creo que de pronto me han entrado algunas dudas —exclamo cruzándome de brazos yo también.

—Qué casualidad porque yo también tengo algunas dudas.

—Pues deberías tener muchas, no algunas —digo sin ninguna pizca de vergüenza.

Su expresión se transforma de inmediato.

—¿Qué me estás queriendo decir, Elliot? ¿Te has atrevido a engañarme? —Escupe acusadoramente.

—Pero si yo sería incapaz, amor —exclamo con un tono tan fingido que consigue enfurecerla más.

—Eres un cínico.

—Mira quién lo dice —exclamo burlista.

—¿A qué te refieres?

Estoy a punto de abrir mi boca para soltar todo lo que sé y acabar con esto de una vez, pero justo entonces un hombre llega y nos interrumpe.

—Señorita Bianca, qué bueno que la encuentro. Su padre me mandó a buscarla.

Ambos volteamos hacia la entrada del pasillo donde está el hombre quien de inmediato parece reconocerme.

—Y qué bueno que los encontré juntos. El señor Harper está por iniciar su discurso de inauguración y quiere que toda la familia esté en primera fila —explica con tranquilidad

—Gracias, en seguida vamos —responde ella con una sonrisa fingida.

El hombre asiente y luego se retira. Mis labios esbozan una sonrisa falsa cuando devuelvo la mirada a ella para ofrecerle mi brazo 

—¿Vamos, amor? Me parece que es hora de actuar.

Me dedica una mirada asesina, pero termina entrelazando su brazo con el mío. Empezamos a caminar para regresar el salón. Justo cuando estamos casi en la entrada, inclino mi rostro hacia ella para hablarle en voz baja.

—Tú y yo tenemos un asunto pendiente, así que si no quieres que termine arruinando la noche de tu querido padre, más te vale que hagas lo que yo te diga.

Vuelvo a enderezar mi postura y continúo caminando como si nada. Ella por el contrario, ya no luce tan tranquila. Ahora tiene mucho en qué pensar. Estoy bastante seguro que ya estará tratando de adivinar todas las posibles cosas que quiero hablar con ella, pero no creo que tenga la más mínima idea de lo que le espera.

Ahora más que nunca necesito mover todas mis piezas. Ahora más que nunca necesito asegurarme de que voy a arreglar toda esta mierda de una vez por todas.

Necesito recuperar lo que es mío. Absolutamente todo, incluida mi libertad.






Son cerca de las tres de la tarde. El ambiente en el lugar sigue tan alegre como cuando inició todo y yo sigo tan aburrido como cuando llegué. 

Creo que ya me estoy cansando de estar aquí con todas estas personas. He tenido que soportar saludar y conocer a todos los allegados de los Harper, y entablar alguna conversación aburrida con más de alguno. También he tenido que soportar tener a Bianca pegada a mí casi todo el tiempo. Por suerte no ha vuelto a intentar jugar a la esposa cariñosa, pero igual sigo sintiéndome incómodo. 

Sigo deseando largarme de aquí. Solo quisiera regresar a mi ciudad, ver a Olive y estar con ella. La necesito a ella. Es que no me la he podido sacar un solo segundo de la cabeza y eso ha sido una tortura. Lo ha sido porque estoy pensándola mientras tengo a la mujer que se supone es mi esposa a mi lado.

Esto es basura. 

Ahora me siento mucho más incómodo estando aquí en la mesa con todas estas personas. Por ahora solo quisiera irme a un lugar solo, sin tener a todos estos desconocidos rodeándome. Necesito un par de minutos a solas para respirar.

Preso de un impulso me pongo de pie y por suerte solo llamo la atención de Bianca.

—¿Qué sucede? —pregunta en voz baja.

—Debo hacer una llamada importante —miento—. Será rápido. Volveré en un par de minutos.

No necesito su aprobación, así que de inmediato me hecho a andar alejándome de la mesa. No tardo mucho en localizar una puerta que parece dar a la parte trasera de este maldito lugar, así que sin pensarlo dos veces me encamino hasta ahí. Un hombre con pinta de mesero me dice que el paso a esa área está restringido pero me importan un comino sus palabras y termino cruzando la puerta para salir. Al hacerlo quedo frente a una amplia y solitaria terraza.

Suelto el aire que ni siquiera sabía que estaba reteniendo, en un largo suspiro y cierro los ojos. Me siento desesperado. Me siento demasiado preocupado. Mi mente es un caos total en estos momentos. Demasiadas cosas se mezclan unas con otras dentro de mi cabeza. 

—Respira, hombre. Respira —me digo a mí mismo en voz alta—. Todo termina hoy. Tiene que terminar hoy.

Me paseo de un lado a otro como león enjaulado. Analizo todas mis posibilidades de obtener lo que quiero sin necesidad de mucho. Estoy bastante seguro que tengo el arma perfecta para conseguir que Bianca me dé lo que quiero: el maldito divorcio.

Ya no quiero ser un hombre casado. No quiero seguir atado a ella nunca más, porque yo... Yo ya pertenezco a alguien más. Pertenezco a Olive.

Es con ella con quien debo y quiero estar, pero para eso necesito resolver toda la mierda que me cargo encima. Será difícil, sí, lo sé. Pero ya tomé mi decisión y estoy dispuesto a hacer lo que sea. Dije que tomaría el riesgo y aunque me siento confiado de salir bien librado de esta situación, lo cierto es que muy en el fondo tengo miedo. Sé que tarde o temprano tengo que decirle toda la verdad a Olive y me aterra.

¿Cómo carajos voy a decirle la situación en la que me metí por imbécil, por ambicioso? ¡Joder! ¿Cómo mierda voy a decirle después de todo este tiempo juntos, que soy un hombre casado? ¿Cómo?

Va a odiarme. Olive va a odiarme y no querer verme jamás y no quiero eso, pero estoy muy seguro que ese será el resultado.

¡Mierda!

Mis pensamientos empiezan a torturarme. Mientras camino me paso una mano por el cabello sintiéndome desesperado.

¿Qué voy a hacer?

Juro que ahora mismo quisiera tenerla enfrente y atreverme a contarle todo de una vez por todas, pero la sola imagen mental que me creo de ella viéndome con odio me hace sentir demasiado asustado.

Empiezo a recordar cada momento con Olive. Lo agradable que se siente estar con ella. Todas las sonrisas, los besos, las caricias y todas las veces que la he hecho mía. Todos esos momentos tan perfectos se ven manchados con el reflejo de mi doble vida. 

Traición, esa es la palabra que se repite en mi cabeza una y otra vez. Soy un traidor de mierda que ha retenido a una mujer a su lado ocultándole la verdad solo por el maldito miedo. 

Abro los ojos para clavar mi vista en algún punto fijo al frente.

¿Desde cuándo yo me volví un jodido cobarde? 

Suspiro. Creo que es porque se trata de Olive. Desde un principio supe el peligro en el que me estaba involucrando al dejarla entrar, al dejarla calar hasta lo más profundo de mi ser y adueñarse de todo. Ahora ella forma parte de mí y si la pierdo, creo que sería como arrancarme el corazón.

Pero debo decirle la verdad, antes que sea demasiado tarde. ¿O quizá ya lo es?

Sacudo mi cabeza. No, no me voy a resignar a perderla. 

Preso de un impulso, mi mano busca mi teléfono en el bolsillo del pantalón. Voy a llamarle.

Busco su número y una vez lo encuentro, hago la llamada sin pensarlo mucho. Me llevo el teléfono a la oreja y espero paciente mientras el timbre suena un par de veces antes que responda.

—Hola —exclama con voz distraída y lejana.

Un nudo extraño se forma en mi estómago al escuchar su voz. 

—¿Estás ocupada? 

—Solo un poco —dice acercándose más el teléfono—. ¿Necesitabas algo?

—Necesitaba oírte.

Las palabras abandonan mis labios antes que me de cuenta. De pronto escucho una pequeña risita del otro lado.

—¿Qué pasa, Elliot? ¿Amaneciste extremadamente sentimental o algo así?

Hundo mi mano libre en el bolsillo del pantalón y empiezo a caminar un par de pasos más hacia la terraza.

—Sí, quizá sí —digo con aire distraído—. ¿Cómo vas con el trabajo?

Imbécil, me digo para mis adentros. Solo estoy evadiendo los verdaderos motivos por los cuales decidí llamarle.

—Todo bien —responde—. Ya entregamos la presentación de Maxwell y también tenemos un sesenta por ciento terminada la presentación para los de Apple. ¿Tú cómo vas?

—Bien.

Mi tono de voz es tan deprimente que ni siquiera yo me creo lo que he dicho.

—Estás mintiendo, ¿verdad? 

Suelto un suspiro.

—Es, complicado. 

—Oye, tranquilo —dice con la voz muy suave—. Todo te saldrá bien. Estoy segura que ese tal George Harper accederá a devolverte las acciones. Si es inteligente lo hará sin problemas para evitarse todo el proceso legal. 

—La verdad es que eso de recuperar las acciones es lo que menos me preocupa ahora.

—¿Por qué? ¿Surgió algún otro problema?

Ahora es cuando quizá debería ser tan directo como suelo ser y decirle todo de una vez, sin filtros, pero por una extraña razón mi boca se niega a soltar las palabras. Es decir, ¿qué tan hijo de puta tendría que ser para decirle justo ahora: sí, hay otro problema, Olive, y es que estoy casado?

No, definitivamente esto no puedo decírselo así.

A lo lejos logro escuchar que alguien la llama diciéndole que ya están listos en la sala de juntas. Me atrevería a decir que es Mandy. Sé que tiene muchas cosas que hacer así que mejor no le hago perder más el tiempo.

—Hablamos después, Liv —digo luego de un largo silencio.

—¿Seguro que estás bien?

—Tranquila. No es nada. Te cuento todo después.

—Está bien —dice con mucha tranquilidad—. También te mantendré informado de todo por aquí, ¿de acuerdo?

Asiento como si pudiera verme.

—De acuerdo.

—No me extrañes demasiado, ¿okay? —Apuesto a que está sonriendo. Luego añade—: Es broma. Hablamos luego.

Estoy seguro que está a punto de colgar, así que la detengo.

—Olive, espera.

—¿Qué?

Sujeto el teléfono con fuerza y cierro los ojos. 

—Te amo.

Silencio. 

Luego escucho un pequeño suspiro del otro lado. Como desearía ver esa bonita expresión que adopta su rostro cada que le digo esas palabras.

—Yo también... te amo —dice las últimas palabras en voz baja, quizá para asegurarse que nadie a su alrededor la escuche—. Ahora debo ir a trabajar, Elliot. 

—Lo sé. Adiós. 

Se despide también y sin más, cuelga la llamada.

Me alejo el teléfono de la oreja y vuelvo a abrir mis ojos. El maldito nudo en el estómago se ha vuelto mucho más insoportable con haber escuchado a Olive. Ella está tan tranquila, trabajando y esforzándose por hacer todo en mi ausencia mientras yo debo estar aquí, jugando a ser un hombre felizmente casado frente a un montón de desconocidos y ella ni se lo imagina.

En todo el tiempo que llevo con Olive he venido un par de veces a ver a mi supuesta familia, pero creo que está ocasión se está volviendo la más insoportable. 

Me sentí mal cuando vine hace un tiempo y Bianca regresó conmigo yéndome a dejar hasta Gold. En esa ocasión fue ella quien me dejó la mancha de labial cuando me dio un beso de despedida antes que bajara del auto. Tuve que mentir diciendo que había sido Corinne. Por ningún motivo iba a decir la verdad, ¿cómo podía? Aun así, Olive me mandó al carajo ese día y esa fue la primera vez que me sentí culpable. Volví a sentirme así hace unas semanas cuando vine a la dichosa cena que organizó George. Tener que fingir ser el feliz esposo, de nuevo me hizo sentir mucho más culpable porque entonces yo ya le había declarado mis sentimientos a Olive. Y esta, esta es la peor de todas.

Aunque he venido con la esperanza de ponerle punto final a esta farsa, igual sigo sintiéndome fatal. La culpa se arraiga a cada parte de mí mucho más cruel que nunca.

—Perdóname, Olive —digo en voz alta a la nada—. Perdóname por ser un maldito cobarde que no te merece.

Suelto un largo suspiro y me quedo unos segundos en silencio hasta que...

—¿Quién es Olive y por qué deberías merecerla? 

¡Mierda! Lo que me faltaba.

Giro muy lentamente sobre mi eje hasta quedar de frente a ella. Está de brazos cruzados, viéndome con impaciencia esperando a que responda su pregunta, cosa que no pienso hacer.

—¿Estás siguiéndome? —pregunto con fastidio—. Te dije que...

—¿Por qué evades mi pregunta, Elliot? —me interrumpe. 

La miro con mucha firmeza.

—No tengo por qué responderla.

—Claro que sí debes. Como tu esposa que soy, tengo derecho a...

—¡Ya me tienes harto de escuchar la misma mierda tantas veces! —estallo furioso, callándola al instante—. Sí, ya sé que un maldito papel dice que tú y yo estamos casados pero ambos sabemos que eso no fue voluntario ni mucho menos por amor, así que no vengas a exigir ningún derecho a nada porque esto es una farsa y lo sabes.

Me mira muy molesta, pero luego termina bajando la mirada con una expresión como si la hubiese hecho sentir mal con mis palabras.

—No sabes cuánto lamento haber sido tan ingenua y creer que me amabas.

—Por favor, Bianca —suelto una risa irónica—. Tú sabías todo desde un principio así que no vengas a querer pintarte como la víctima. Nunca dije que te amaba. Siempre fui honesto, pero tú lo ignoraste y me chantajeaste de la peor manera.

—No, Elliot. Tú querías tener Gold y yo quería tenerte a ti. Fue un trato justo lo que te ofrecí.

 Tengo la mandíbula todavía más.

—Me robaste mi libertad a cambio de entregarme lo que era mío por ley, ¿eso fue un trato justo para ti? —Niego con mi cabeza—. Tú sabes que actuaste tan vil como tu padre.

—Cada quien satisface su ambición a su manera, ¿no crees? —dice con un sonrisa altiva—. Tú estuviste dispuesto a lo que fuera y todo por la misma razón que yo: obtener lo que querías. Tú querías tener todo el poder, ¿no es así? Pues bueno ya lo tienes.

—Tú sabes bien que no es así. La verdad es que fui un completo imbécil en aceptar todas sus condiciones solo por estar desesperado. No sabes cuánto me arrepiento cada maldito día.

—No te mortifiques, querido Elliot —dice con fingido pesar—. Tú hiciste lo necesario para conservar el legado del gran Nholan Reynolds.

Suelto una risa amarga.

—¿Y qué gané?

Su sonrisa se ensancha. Camina hacia mí hasta acortar la distancia que nos separa.

—Pues a mí, Elliot —dice apoyando sus manos en mi pecho—. Además de convertirte en el dueño de Gold terminaste felizmente casado con la hermosa hija de un importante empresario. ¿No es eso perfecto?

Intenta hacerme caricias pero de inmediato mis manos sujetan las suyas con firmeza para apartarlas de mi pecho.

—Es una pesadilla —corrijo—. Sabes que solamente soy dueño de Gold de palabra, más no legal, y eso de estar casado contigo, créeme que es todo menos perfecto.

—Porque tú no quisiste que lo fuera —dice haciendo una mueca de tristeza mientras se aleja—. Yo estaba completamente enamorada y creí que con el tiempo yo podría despertar sentimientos en ti, pero me equivoqué. Jamás quisiste llegar a sentir nada por mí.

—Los sentimientos no se obligan, Bianca, solo surgen de pronto cuando son con la persona correcta y tú nunca fuiste ni serás la mujer correcta para mí.

Pone otro paso de distancia entre nosotros y me mira con recelo.

—¿Y esa tal Olive? ¿Ella sí es la mujer correcta para ti o solamente es una mujerzuela que te alborotó la testosterona?

Antes que pueda procesar mis movimientos ya he vuelto a acortar la distancia entre nosotros para lucir más imponente al enfrentarla.

—No quiero que vuelvas a hablar así de ella, ¿me oíste? —exclamo con voz amenazante—. A ella no la metas en esto, así que ni se te ocurra volver a mencionar su nombre. 

—¿Por qué la defiendes, eh? ¿Quién es y qué tienes que ver con ella? —sigue alzando la voz con cada palabra—. Anda, dime.

—No tengo por qué responder a ninguna de tus preguntas. Ya estoy harto de tenerte a ti y a tu padre metiéndose en mi vida y mis asuntos cada que se les da la maldita gana, ¿pero sabes qué? Eso está por cambiar.

—¿A qué te refieres con eso? —pregunta frunciendo el ceño.

—Tú y yo vamos a divorciarnos, Bianca.

Suelto las palabras de manera tan directa, que ella se queda sin saber cómo reaccionar. Luce sorprendida o aturdida, no sé. No es hasta unos segundos después que sacude la cabeza ligeramente para volver en sí.

—¿Qué dijiste?

—Lo que acabas de escuchar —reafirmo—. Ya no pienso seguir con esto.

Al instante suelta una risotada.

—Elliot. Querido, Elliot. ¿Ya se te olvidaron los términos que se acordaron? —Se cruza de brazos y ahora me mira desafiante mientras me recuerda—. Si tú acabas con este matrimonio no recuperarás las acciones que ahora están a mi nombre, y por el contrario, tendrás que entregarme el veinte por ciento más, dejándome a mí como dueña del cincuenta por ciento del total de las acciones. ¿Ya no te acuerdas de ese pequeño detalle?

Me cruzo de brazos y respondo con toda la tranquilidad del mundo.

—Por supuesto que me acuerdo muy bien. Es por eso que serás tú quien va a acabar con esta farsa. Tú serás quien me pida el divorcio.

—¿Y qué te hace pensar que yo haré eso?

—Pues es lo que te conviene.

—¿Ah, sí? —pregunta con escepticismo.

—Sí —digo al tiempo que saco mi teléfono del bolsillo e inmediatamente busco una de las fotos—, a menos que quieras que tu querido padre vea esto.

Extiendo mi mano dejando mi teléfono a escasos centímetros de su cara para que pueda ver mucho mejor la imagen en la pantalla.

Sus ojos se abren de par en par. Juro que puedo ver su rostro palidecerse ante la impresión que se lleva. 

—No sé quién sea ese tipo de ahí, pero yo creo que hace buena pareja contigo —digo con sarcasmo—. ¿Sabes? Creo que le doy mi visto bueno, ¿qué te parece si pedimos también la opinión de George?

De inmediato me arrebata el teléfono de las manos para ver más de cerca como si todavía no creyera que es real.

Me cruzo de brazos.

—Si ese no te parece un buen ángulo, puedes ver las demás fotografías. Hay muchas más.

Desesperada comienza a deslizar el dedo sobre la pantalla del teléfono para ir pasando las fotos una a una. Niega repetidas veces con su cabeza y termina encarándome.

—¿De dónde sacaste eso? ¿Cómo lo conseguiste?

—Haces demasiadas preguntas. —Le dedico una mirada desafiante. —No importa cómo, cuándo o dónde las conseguí, el caso es que tengo esas fotografías en mis manos y si no quieres que se las envíe a tu querido padre impresas y hasta enmarcadas, más te vale que me des lo que te pido.

—No te conviene chantajearme, Elliot —dice intentando defenderse—. No voy a permitir que hagas eso o te juro que yo también buscaré la manera de hundirte.

—¿Cómo lo harás? —pregunto retadoramente—. Dime. Porque no tienes absolutamente nada contra mí y te aseguro que no lo encontrarás, por el contrario, ya viste que yo sí tengo pruebas verídicas de tu engaño. 

Sonrío con suficiencia mientras ella parece querer aniquilarme con la mirada. Es tan notable que su enojo aumenta, más sin embargo no me responde nada, así que soy yo quien continúa.

 —¿Qué crees que opine George cuando se entere? Será vergonzoso. Su adorada hija se caerá del pedestal donde la tiene. —Suelto una pequeña risa—. Seguramente va a decepcionarse mucho de ti y hasta puede que te de la espalda. ¿Eso quieres? ¿Quieres que te quite todos los lujos y privilegios que da? ¿Que te deje sin nada y te mande al carajo con tu amante para que él te mantenga? Porque eso es lo que hará, Bianca. Tú lo sabes muy bien, ¿no es así?

Su mandíbula está tan tensa como si quisiera romperla. Me mira con mucho odio y desprecio. Estoy seguro que internamente está maldiciéndome una y otra vez, porque sabe muy bien que no tiene salida. La tengo en mis manos y quiera o no, deberá hacer lo que le pida.

—Los papeles se han invertido —exclamo con firmeza—. Ahora soy yo quien tiene tu futuro en mis manos y no me importa destruirte a ti y tu familia con tal de recuperar lo que es mío. 

—Lo tuyo es mío, Elliot Reynolds, y no voy a permitir que arruines mi vida. No voy a permitirlo, ¿me oíste?

A penas termina las palabras, y lanza mi teléfono contra el suelo haciendo que se rompa en pedazos.

¿Qué mierda?

La furia corre mi torrente sanguíneo a una velocidad alarmante. Es imposible controlarla, así que cuando veo que ella se da la vuelta para intentar huir como una cobarde, mis impulsos me obligan a detenerla sujetando su brazo con firmeza y dándole un pequeño tirón. Suelta un pequeño quejido pero me importa un comino ser amable. No más.

—Escúchame bien, Bianca —espeto con fuerza casi en su cara—, no vas a irte de aquí hasta que me digas lo que quiero escuchar. ¿Crees que con romper el maldito teléfono has eliminado las pruebas de tu infidelidad? Pues estás muy equivocada porque tengo más. Suficientes fotografías como para tapizar toda tu maldita casa y que tu padre y todo el mundo se den cuenta de una manera muy original, ¿eso quieres? —termino dando un pequeño tirón a su brazo.

—No —contesta entre dientes—. No quiero eso.

La suelto con algo de brusquedad.

—Entonces dime lo que quiero escuchar.

—Está bien. Voy a hacer lo que pidas —dice a penas inaudible.

—Perdona no te escuché —digo llevándome la mano a la oreja.

—Que voy a hacer lo que tú me pidas, Elliot —exclama más fuerte encarándome.

La satisfacción, el alivio, la victoria y muchas emociones más, se mezclan dentro de mí. La esperanza de poder conseguir lo que quiero. De poder ser libre completamente para Olive, solo si ella me puede perdonar cuando le cuente la verdad, pero esa es la pregunta.

¿Olive va a perdonarme cuando sepa todo?

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