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Llegar a la oficina de la editorial me tomaría una hora. Pero, si tenía suerte y no había algún atolladero típico de esta gran ciudad, podría hacerlo en cuarenta y cinco minutos. ¿Dije cuarenta y cinco? Ok, eso fue mi tiempo para afuera, porque para adentro se me hacía un viaje eterno.
¿Qué había querido decir Valeria al informarme de que las ventas de mis libros habían bajado? ¿Tan urgente era como especulaba? ¡Creo que exageraba! Ok, no era que esperara que se mantuviera como un long seller eternamente. Era obvio que, al desintegrase One Direction, la popularidad de mi novela bajara. Y bastante había durado al venderse durante los últimos meses.
Me habían dicho que, lo normal de la duración de tiempo de vida de un libro en sus ventas fuera de aproximadamente tres meses. ¡Tres meses! Poco, ¿cierto? Sin embargo, yo tuve la suerte de que mi fanfic fuera traducido a varios idiomas, lo cual repercutía en sus buenas ventas, las cuales me daban la cantidad necesaria mensual para poder mantenerme. Pero, según veía, parecía ser que la gallina de huevos de oro se me había acabado. ¡No podía ser cierto!
¿Qué iba a ser de mí? ¿Debía regresar a provincia, con mis sueños sin concretar? ¿Pedir traslado a una universidad de allá? ¡Ni loca! En tres años que había dejado mi pueblo, poco o nada había cambiado en los alrededores.
El Estado seguía siendo un ente invisible que tenía muchas promesas sin materializarse para sus ciudadanos. La educación y la salud seguían siendo relegadas.
Recordaba que, cuando había viajado en mis vacaciones de verano, me había accidentado y hecho un esguince. Mi papá me había llevado al hospital más cercano. ¡Y tuve que hacer una cola de espera por más de seis horas en la sala de urgencias para que me atendieran! Sí, ¡seis miserables horas!
Pero ¿de qué me asombraba? Si justo mi pueblo se hizo famoso porque salió en las noticias que una mujer dio a luz a su bebé en la sala de emergencias, un par de días después de que me atendieran. Los enfermeros y doctores eran tan inhumanos, que no la atendieron, aun cuando la pobre estaba dando gritos de dolor por estar en labores de parto. Sí, así como lo leían. Fácil uno podía estarse muriendo, y los doctores ni se inmutaban.
Respecto a la educación, pues lo mismo. Mi escuela secundaria seguía siendo una construcción antigua, de ladrillos, que abarcaba un gran terreno, eso sí, pero con paredes que se caían a pedazos producto de las inundaciones que cada período se suscitaban. Por ahí recordaba haber visto de cerca a no se qué ministra de entonces, llenándose la boca diciendo, frente a las cámaras de televisión, jurando que reconstruirían y modernizarían las escuelas de mi región. No sé si las de pueblos y ciudades vecinas recibieron la ayuda prometida, pero en lo que la mía respectaba, seguía igual de vieja y semidestruida desde años atrás.
Con este panorama, pues podrán hacerse una idea de que en donde vivía pocas oportunidades tendría. Regresar a mi región para estudiar no era algo que estuviera en mis planes, no.
Por otra parte, si bien no había publicado nada desde hacía dos años atrás, porque luego de las críticas tan negativas que había recibido, había decidido que mi próximo libro sería uno que callara las bocas de los críticos y ya no quería escribir más sobre romances adolescentes irreales y clichés, debía priorizar las cosas. Lo que ahora necesitaba era dinero, a fin de cuentas. Así que, podría dejar atrás mi ego dolido y ponerme a escribir la continuación de mi fanfic, el cual tanto me pedían. Total, lo que necesitaba era dinero contante y sonante, y haría todo lo que fuese para conseguirlo. Pero, en el peor de los casos, que aquel no obtuviera las buenas ventas que necesitaba, había algo que me tenía esperanzada.
¿Quizá podría informarle de mi situación a mis padres y ellos me podrían apoyar económicamente?
Cuando hacía unas semanas había ido a visitarlos, había escuchado a papá decir que la venta en su bodega había mejorado considerablemente. Según me enteré, gracias a que una empresa había instalado un módulo de investigación de no sé qué —ok, debí haber prestado mayor atención entonces— el personal que trabajaba en ella se había mudado a mi pueblo, provocando un mayor impulso a la economía local.
Si esto era así, fácil podría mejorar el panorama para mí, ¿sí? ¡Obvio que sí! No importaba que las ventas de mis libros bajasen, no importaba que Valeria se quejase de que no publicaba nada desde hacía dos años, no importaba que no ganase dinero para mantenerme... porque mis padres, por fin, podrían hacerse cargo de mis gastos en la capital.
Con ese pensamiento en mente, me adentré en el edificio en donde estaban las oficinas de la editorial. Pero, desde un principio, hubo un detalle que capturó mi atención.
Había varios señores con overoles sacando cajas y trasladándolas a un par de camiones de ¿mudanza? ¿Y eso? Hasta donde sabía, aquel era un edificio corporativo, no tenía departamentos destinados para la vivienda. Lo más probable era que quizá alguna empresa se estaría mudando. ¿Sería mi editorial? No lo sabía, pero... no bastó mucho para que mi pregunta fuera contestada.
Cuando llegué al piso asignado a la oficina de Valeria, preferiría no haberlo hecho. Antes de saludar con la familiaridad de costumbre a Debbie, la recepcionista, y retirar la mochila de mis hombros para sentirme más cómoda, lo que vería a continuación me dejó de piedra. El cartel con el nombre de mi editorial, Dreamers House, que solía estar en letras grandes, detrás del mueble de la recepción, ¡había desaparecido! ¿Qué diablos estaba pasando aquí?
Luego, cuando vi que un par de hombres sacaban los muebles de las oficinas de un pasadizo del ala izquierda, mis sospechas se vieron confirmadas. La empresa que se estaba mudando era la mía, ¡la mía! Pero, ¿por qué?
¿Qué estaba ocurriendo? No lo sabía. Más todavía, no pude evitar sentir un gran estrujamiento en mi interior debido a las miles de mariposas que me carcomían.
¿Quizá pensarían en trasladarse a otro edificio? Bueno, había escuchado que las grandes empresas solían hacer eso. Total, el edificio actual no les pertenecía. Hasta donde yo sabía, era uno alquilado, pero esto era algo usual. El año pasado una empresa minera se había mudado de las oficinas del piso ocho, nueve y diez. Así que, por ese lado, lo más probable era que fuera eso. Quizá habían decidido tener nuevos aires o vaya una a saber qué. No tenía por qué alarmarme a fin de cuentas. Yo era que siempre exageraba todo. ¡Por Dios, qué dramática me había vuelto!
Alcé los brazos para darme un par de palmadas en las mejillas. ¡Debía desaparecer todo rastro de fatalismo y ver con positividad la vida! Ser fanática de tantos doramas y novelas turcas estaban volviéndome una drama queen en extremo, ¡ay!
Con mis ánimos repuestos, agarré mi mochila y me dirigí a la oficina de Valeria. Aunque lo usual hubiera sido que me anunciara con Debbie, al no estar ella en la recepción y marcar mi reloj de pulsera las 03:58 pm, debía dejar los formalismos para después. Total, trabajar casi tres años para Dreamers House, me hacía como parte de la familia.
Pero, cuando me dirigí al pasadizo del ala derecha, me topé con la recepcionista. Ella estaba llorando al tiempo que llevaba en una caja lo que parecían ser sus cosas y era consolada por un chico, a quien conocía de trabajar en la parte de diseño de la editorial, porque había elaborado la portada de mi libro.
Cuando los observé, no pude evitar experimentar que el estrujamiento en mi estómago se volviera más doloroso. Una gota de sudor bañó mi sien derecha. El semblante en él tampoco era favorable. Tenía unas ojeras y un gesto tan adusto, que fácil podría ser el escenario de un velorio.
¿Qué diablos estaba pasando aquí?
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