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Usurpador de Galletas

Los primeros años de vida son como estar ebrio; recuerdas poco... y lo que está en tus memorias resulta borroso.

Ah, pero hay cosas que ni a golpes se me olvidan, como la que narraré a continuación. El caso es que estaba en mi último año de kínder, disfrutando de la vida fácil en ese entonces.

Había un niño llamado Sebastián que siempre se estacionaba delante de mí para la formación previa al recreo. Este humanito era bastante grande, pues no me dejaba ver nada más allá de él. Tenía la carita redonda y pestañas muy largas.

Aquí es cuando me detengo a comentar que el nombre Sebastián me perseguiría hasta hoy en día, pero eso lo contaré a fondo en otra ocasión.

Aquel día mis papás habían accedido a enviarme un paquete de galletas, el cual estaba deseosa de atragantarme apenas saliera al recreo. Resultó que debido a algún hechizo vudú o su agudo olfato (me cargo más hacia la segunda opción), Sebastián se giró hacia mí con los ojos fijos en mi deleite alimenticio poco nutritivo.

Parecía un león mirando su gacela, un tigre acechando... De acuerdo, no; solo era un chiquillo babeando por comida ajena.

Sebastián no frenó los deseos de su paladar, ni se detuvo a pensar que había modales de por medio, sino que alargó su brazo regordete a mi paquete, me lo quitó y sacó una galleta con chispas. Cuando lo recuerdo, la primera mordida que dio tiene pinta de ir en cámara lenta: el crujido de mi galleta, sus dientes húmedos y un parpadeó que se quedó interrumpido.

Debo admitir que me heredaron un carácter fuerte que con los años aprendí a controlar, aunque por aquellos días cedía a mis impulsos siendo la única opción que aparecía en mi cabeza. De hecho todavía tengo algunos tropezones en este tema, y de la misma manera, los trataremos más adelante con los problemas que me ha traído.

Dudo mucho haber dejado órganos dañados en Sebastián. La patada que le di no fue tan fuerte, según lo que recuerdo.

—¡Maestra! —gimoteó con las manos en la entrepierna.

Tenía dos opciones: afrontar el regaño, o arrebatarle lo que quedaba de mis galletas y salir corriendo del salón sin mirar atrás. No negaré que me seducía la segunda idea, y quizás lo hubiera hecho de no ser por la rapidez con la que se presentó la maestra.

Ya podrán imaginarse lo que sucedió a continuación, ni siquiera hace falta que lo relate.

No volví a ver a Sebastián por unos cuantos años después de graduarme del kínder -si es que graduarse puede usarse en este caso- , y hasta cierto punto me alegré de ello.
Un día como cualquiera, alrededor de los catorce años, me topé con una cara redonda que encontré familiar. Sí... era el mismo muchachito usurpador de galletas.

Durante unos segundos, centésimas tal vez, Sebastián (mucho más corpulento que en kínder) bajó la mirada a la raqueta que yo empuñaba debido al entrenamiento y su semblante se tensó. Luego siguió su camino a paso apresurado.

Esbocé una sonrisa y me obligué a contener un: "Eso, ¡corre!"

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