Limoncello di Capri
Parte del encanto de viajar es desconocer qué sucederá. La incertidumbre se convierte en emoción latente y el cansancio corporal se esfuma por la mera idea de estar ahí, alejada del hogar.
Sé de personas que disfrutan los viajes no planeados. No saben dónde comerán, ni qué harán; peor aún: dónde dormirán. Una buena mochila y unos cuantos billetes... ¡es todo lo que necesitan!
Por otro lado están quienes planean cada detalle porque no puede ir por ahí sin saber el plan del día. En ese grupo de personas estoy yo. Culpa de la escuela tal vez, que me obliga a tener una agenda.
Con esa explicación hecha, déjame introducirte en el ambiente: clima húmedo, sensación salada y botes ondulándose. De camino a la isla, el viento me había arrebatado mi sombrero, así que llevaba una mueca permanente que según yo, protegía mis ojos del sol.
Luego de unas horas paseando por ahí, y a punto de irnos, mi mamá se vio atraída por un local donde vendían licor de limón, pero yo no le tomé importancia y seguí caminando. Voy a ser breve: ella tiene una obsesión por leer las etiquetas nutrimentales de los alimentos o bebidas. Cuenta la leyenda que nunca se ha saltado su ritual selectivo antes de hacer una compra.
Hacía mucho calor, tanto que ni con shorts y tirantes era sencillo de llevar; de modo que mi cabeza ubicó el primer punto con sombra. Resultó ser un barco pequeño de doble plataforma, que por causalidad también se trababa del transporte a un puerto al que debíamos llegar a cierta hora. Pero... a medio camino me di cuenta que mi señora madre no estaba por ningún lado.
¿Han sentido esa punzada nerviosa que comienza en el estómago, acompañada de un bochorno extraño? Casi lo sentí, porque el bochorno real ya lo tenía. Las cosas empeoraron cuando un grupo de asiáticos pasó en una especie de peregrinación asfixiante.
Por un lado, era posible que ella ya estuviera en el barco. Otra opción era que no hubiese recorrido aún el camino que yo sí, ¡pero tal vez también me estaba buscando! Varias soluciones a mi situación, además de la oleada de chinos y el calor asesino consiguieron nublarme los pensamientos.
Me quedé congelada en medio de la gente, pensando que quizás podría hacer mi vida en la isla. De hecho había visto un anuncio de "Requerimos personal" en una tienda de relojes. Los primeros meses podría vivir, con algo de suerte, a la sombra de las casas, comer lo que cayera y aprender a fondo el lenguaje de los habitantes.
Mientras me debatía en mi interior sobre el futuro, no paraba de mirar en todas direcciones, todavía de pie en el mismo sitio. En un impulso desesperado, deshice mis pasos en busca de mi mamá. Nada.
Cada vez estaba más desesperada, pues el barco estaba a pocos minutos de irse. Y debíamos llegar al puerto.
Volví cerca del barco solo para presenciar gente subiendo a él. No recuerdo si recé en ese momento, o si maldije en mi fuero interno las acciones tanto de mi mamá como mías. Aquí debo dar créditos a una pareja boricua que me ayudó como pudo cuando les pregunté sobre ella, aprovechando que ambos la conocían. Me dijeron que no la habían visto, pero que si quería, podía subir con ellos al barco.
Señora Lillie, si está leyendo esto... ¡gracias! Le mando todo mi cariño desde el país del taco y el tequila.
Opté por quedarme unos segundos más ahí. De repente se formó un camino despejado entre la gente, e iluminada por el cielo, mi mamá apareció andando como si tuviera la vida entera para ello. Iba admirando el paisaje con un aire filosófico al tiempo que cargaba en manos un vaso de licor de limón. El mundo se detuvo, y casi pude escuchar cómo sorbía del popote.
Mi frustración creció a pasos agigantados y amenazó con explotar. Apenas llegó hasta mí, me sonrió y dijo:
—Te estuve vigilando todo el tiempo.
Luego pasó de largo, aún deleitándose con su bendito licor.
—Se nos hace tarde —añadió aparentemente seria; mas yo sabía que se reservaba una carcajada.
Mi cuerpo que en ese momento era una olla exprés en estado crítico, aflojó la presión gracias a un suspiro rendido. Acto seguido me restregué la cara y giré en dirección al barco, arrastrada por el campo gravitacional de la señora vigila hijas.
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