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II

Se pueden oír en medio de la oscuridad. Están allí, esperando, observando silenciosos a que tus ojos lleguen inconscientes hacia ellos. Algunos lloran, otros ríen y el resto simplemente esperan. Madre me has dicho que los monstruos no podían lastimarme, te equivocaste.

Había pasado un mes desde la muerte de Caroline, el resultado de aquello fueron sus padres internados en un hospital psiquiátrico, al parecer tenían problemas con la droga y se habían imaginado a la pequeña como algo monstruoso.
Ben había estado trabajando una semana más después del incidente y luego se tomó unas vacaciones para relajarse. Aún se sentía culpable, a pesar de que sus conocidos le dijeran que no era así. Él no habría podido hacer más después de lo que hizo para ayudarla.

Estaba terminando de cenar cuando hubo un pequeño corte de luz, afuera la tormenta era grandísima. Maldijo por lo bajo y dejó la comida sobre su plato mientras tomaba su celular para iluminarse un poco. Levantándose bastante molesto, fue en busca de los cajones donde tenía los cubiertos para sacar de allí también unas velas. Luego de encontrarlas, revolvió la alacena hasta dar con unos platos pequeños que utilizó como base, encendió dos velas, las suficientes como para poder acabar su comida y las pegó en los platos.
Las dejó sobre la mesa y siguió cenando, tan solo como siempre.

Cuando terminó de cenar, dejó los platos sucios sobre el fregadero y se dijo que los lavaría a la mañana siguiente, ya que por alguna extraña razón estaba empezando a sentirse incómodo solo a la luz de las velas. Aún así se tomó para agarrar ambos platos y subir las escaleras con ellos, una de las velas terminó en la cómoda que tenía en su habitación y la otra, siguió su camino hacia el cuarto de baño. La dejó sobre el lavabo y terminó por orinar, lavarse las manos y los dientes para dejarla allí por si la luz no volvía en toda la noche.

Respiró hondo antes de salir al pasillo oscuro y caminar hacia su habitación, porque aunque hubiese tratado millones de veces de superar su miedo a la oscuridad jamás había dejado de temerle. Así que terminó por caminar demasiado rápido, sin mirar atrás y llegar a salvo a su habitación que estaba levemente iluminada por la única vela que se encontraba allí.
Una risita nerviosa escapó de sus labios cuando se lanzó hacia la cama, no había querido ponerse su pijama y tampoco rezar como lo hacía todas las noches. Sentía su corazón desbocado, su cuerpo temblar y el sudor frío recorriendo su sien. Inhaló y exhaló varias veces buscando la calma y cuando pudo lograrlo se dio media vuelta para cerrar los ojos y dormirse.

Despertó después de unas horas, la vela de su habitación ya se había consumido, la tormenta parecía haber amainado y ahora se escuchaban leves gotas caer.
Se movió un poco entre las sábanas y supo que no podría volver a dormirse si no iba a vaciar su vejiga.
Intentó como de costumbre encender el velador de su mesita de noche, pero al parecer la electricidad no había regresado, así que forzosamente tuvo que salir de la cama y atreverse a caminar en la oscuridad hasta el baño. El pasillo estaba a oscuras, sin embargo la vela que se encontraba en el otro cuarto aún irradiaba un poco de luz, agradecía interiormente no haber cerrado la puerta, así que con el resplandor se guió un poco.

Después de hacer sus necesidades, se fue hacia el lavabo para lavarse las manos y mientras las secaba escuchó un ruido leve en la planta baja.
Salió del cuarto del baño tratando de volver a oír lo que había escuchado anteriormente, pero dio por sentado que se trataba de su imaginación. Caminó con desconfianza por el pasillo y cuando estaba por llegar a su habitación, lo que pareció ser la silla de la cocina volvió a correrse.

Ben contuvo el aire en sus pulmones y su cuerpo quedó estático, a pesar de tener dos opciones, la de enfrentar a quien hubiese entrado a su casa o encerrarse en su habitación, no hizo ninguna de las dos. A su derecha la puerta del baño se cerró con fuerza y cuando logró que sus pies se movieran y quiso huir hacia su cuarto, la puerta de ésta no volvió a abrirse. Escuchó el sonido de unos pies descalzos que avanzando lentamente por el pasillo y cerró sus ojos repitiendo una y otra vez las palabras de su madre.
Conocía la sensación que estaba instalada en su cuerpo y pronto sintió que el ambiente se volvía demasiado frío. "Enfréntalo, lo que está en tu mente no puede hacerte daño. Todo está allí Ben, enfréntalo".

Giró su cabeza despacio y sintió que se quedaba sin poder respirar. Podía ver a la niña con claridad, en el rincón del pasillo que conectaba el baño con su habitación, descalza, con magulladuras por todo el cuerpo, con sangre cubriendo su garganta y su rostro completamente irreconocible.
Las lágrimas se aglomeraron en sus ojos y su boca pronunció su nombre intentando saber que si lo que veía era real.

—Caroline.

La niña lo miró y pronto su cuerpo comenzó a torcerse, como si los huesos se quebraran produciendo un sonido terrible para sus oídos, y pronto la criatura comenzó a ganar altura. Se dio media vuelta intentando abrir la puerta de su habitación cuando notó la nueva figura. La señora Fisher ahora lo observaba, estaba enojada, lo sabía. Sollozó cuando no pudo abrirla y entonces se decidió por bajar las escaleras, aunque no tuvo tiempo para ello.
Se atrevió a mirar una vez más cuando la sintió moverse y entonces fui allí cuando cayó hacia atrás con el corazón desbocado.

La señora Fisher se lanzó hacia él, haciendo sonidos horribles con su boca, mientras que los huesos de su cuerpo parecían salirse de lugar, sus cuencas vacías parecían no querer perderlo de vista y pronto la tuvo encima.
Con sus brazos a cada uno de los lados de su cabeza, el poco cabello que poseía rozándole la cara, un olor como si algo estuviese podrido le llenó y cuando cerró los ojos, sus párpados mostraron claridad.

Con el corazón desbocado y su respiración agitada, abrió sus ojos nuevamente y descubrió que el pasillo estaba vacío y la puerta del baño tanto como la de su habitación estaban abiertas. Se sentó despacio y toció su brazo que le ardía un poco, entonces con curiosidad miró lo que tenía allí. Parecía una quemadura, la marca de cuatro dedos rodeaban su muñeca.
Esa noche, Ben no volvió a subir a su habitación, encendió seis velas por si la luz volvía a cortarse, y dejó el velador que tenía a un lado del sillón y se recostó allí. Sin embargo no pudo volver a dormir.

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