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I

¿Por qué rezamos? Madre decía que era para buscar el perdón, para agradecer, para poder seguir viviendo sabiendo que alguien se preocupa por nosotros, alguien que nos esperaría en nuestro final. Pero... ¿Qué era lo que nos esperaba en realidad?

—Mi amado señor, mi eterno Dios, te alabo y te glorifico, a ti todo el honor y toda la gloria —. Su madre también se arrodilló a su lado, uniéndose a sus rezos como todas las noches. —En ti tengo puestas todas mis esperanzas, en ti confío, en ti espero y a ti te busco. Tú mi señor, no te cansas de levantarme, me tiendes tu mano santa, me cuidas y me proteges.
"Gran y único Dios, gran dador de vida y espíritu de gozo, alabado y bendecido por siempre."—

Ben estaba por levantarse pero su madre tomó su brazo con suavidad, le indagó a que volviera a cerrar sus ojos y a unir sus manos nuevamente; con voz clara y firme continuó sin que su pequeño esta vez rezara.

—Piedad Señor piedad, reconozco que te he fallado, cuanto me arrepiento porque sé que con mi proceder cada espina de la corona que tenías en la cabeza el día de tu crucifixión por darnos la salvación, yo te la vuelvo a colocar. Sé que mis ofensas son otro dolor infinito que llega al fondo de tu corazón, me arrepiento y te suplico que me perdones y me ayudes a caminar por donde la luz se refleje. Amén.

—Amén.

–Ahora sí, a la cama.

Ben se puso de pie y sin dificultad se acostó, mientras que su madre con mucha paciencia lo arropaba. Al pequeño le agradaba este momento, porque su padre también pasaba por su habitación a desearle las buenas noches, justo como lo estaba haciendo en aquel instante, vestido aún con un pulcro traje negro, de esos que usaba cuando salía de casa para irse a trabajar.

Su madre se alejó de la cama después de depositar un beso sobre su frente, dejando que su padre hiciese lo mismo, para luego apagar las dos lámparas que brindaban luz entre aquellas paredes. Sus padres se dirigieron hacia la puerta, deseándole las buenas noches.

Ben no dijo ni una palabra al verlos cerrar la puerta.

Jamás les había dicho lo mucho que le temía a la oscuridad, porque su madre siempre le decía que cualquier cosa que le aterrase se disolvería con una plegaria y aunque lo había intentado, nada había cambiado. Podía oír el agua golpeando el tejado y el viento mover las ramas de los árboles, ver las luces del cielo marcándolo por tan solo unos segundos y a la señora Fisher en el rincón de su habitación.

Ben se cubrió un poco más con las mantas y cerró sus ojos, no le agradaba la mujer que ahora se encontraba con él.

La señora Fisher había llegado luego del que el señor Bolkov se fuera, una noche en la que había aceptado no hacer más berrinches para mantener la puerta abierta, su madre le había levantado la voz diciéndole que ya era grande para poder dormir tranquilamente en su habitación.

Entonces sumido en plena oscuridad no había tardado en largarse a llorar. Y fue allí cuando en vez de visitarlo el señor Bolkov había aparecido aquella mujer; le había acariciado el cabello y le había dicho que no debía llorar, que nada pasaría porque ahora ella estaba ahí.

La señora Fisher era hermosa, labios rellenos, ojos verdes, cabello negro azabache largo y lacio que llegaba hasta su cintura, delgada y con una voz realmente dulce.
Ben le había hablado y la mujer había contestado cada una de sus preguntas, había aceptado que sus padres cerraran la puerta porque le gustaba conversar con su nueva amiga.

El señor Bolkov jamás le había agradado, siempre que podía le quitaba las mantas y arrojaba sus libros, a veces le golpeaba el hombro con algo que lanzaba desde su armario y la última vez le había mordido el brazo. La señorita Fisher en cambio, había sido diferente, se sentaba sobre su cama y hablaban durante las noches, a veces le cantaba algunas canciones hasta que podía dormirse, pero todo cambió hace tan solo una semana.
La mujer ya no se veía tan bella como cuando la había conocido; las cuencas de sus ojos parecían hundidas, sus labios estaban cortados, en su cuerpo ya demasiado delgado podían verse los huesos sobresaliendo y su cabello casi había desaparecido. Ya no le hablaba, solo aparecía cuando sus padres se retiraban, en medio de la oscuridad, en el espacio que daba el armario y el límite de la pared de su habitación, allí estática, observando. Siempre observando.

Esa noche no era la excepción. Ben miró sobre su manta y allí estaba, la señora Fisher de pie en el rincón de su habitación con sus ojos cada vez mas oscuros observándolo con atención.

Se dio media vuelta y le dio la espalda, con la esperanza de que esta vez no comenzara a hacer aquellos horribles sonidos que hacía cuando la miraba. Cerró sus ojos pero se dio cuenta que no podía dormir, aunque no intentó abrirlos de cualquier forma.
No podría decir con claridad cuanto tiempo llevaba despierto, ahí con los ojos cerrados, dándole la espalda a la señora Fisher, cuando sintió el primer movimiento. En la última semana la mujer había permanecido quieta en la oscuridad, pero ahora Ben oía cada paso que daba, después de mucho tiempo había vuelto a caminar por su habitación y al contrario de las semanas anteriores cuando realmente le agradaba, su compañera le daba demasiado miedo.

Los pasos se detuvieron a su espalda a solo centímetros de su cama, no quería voltear porque no sabía realmente con lo que se encontraría, aunque tampoco, quería quedarse en esa posición porque se sentía demasiado expuesto. Sintió el lado de la cama hundirse levemente y supo que la señora Fisher se había sentado, la mano fría y pálida que ya era piel y hueso se paseó sobre su cabello, en una lenta caricia que le dio escalofríos.
La respiración de la mujer rozó su nuca, logrando que sus vellos se erizaran y un malestar se instalara en su pecho; se quedó totalmente quieto sin ser capaz de respirar con normalidad y entonces el peso de la cama y la mano fría desapareció.

Ben suspiró tranquilo y se dio media vuelta sabiendo que la señora Fisher ya se había ido, entonces se atrevió a abrir los ojos y comenzó a llamar a su madre a los gritos.
La mujer estaba inclinada sobre él, con sus cuencas negras observándolo, sus manos huesudas estaban levemente apoyadas en el borde de la cama y tenía su boca abierta con sus dientes expuestos hacia él.

—¿Señor Harl? ¡Señor Harl!

Ben abrió los ojos rápidamente y pudo distinguir la silueta de su secretaria a su lado, parpadeó varias veces y la miró preocupado.

—Ha vuelto a dormirse.

—Lo siento Mina— aceptó el café que la muchacha le extendía y bebió un poco —¿Hay alguien más hoy?

—Caroline. ¿Quiere cancelar la cita?

Ben negó varias veces con la cabeza y la joven se alejó para salir del pequeño consultorio.

—Está bien, le daré unos minutos para que se despierte totalmente y la haré pasar— Mina estaba a punto de salir y luego se giró nuevamente mientras sonreía —. No vuelva a dormirse.

La puerta se cerró una vez que la mujer estuvo afuera, Ben frotó su sien varias veces y bebió lo último que le quedaba de café.
Había tenido una semana muy larga, llena de pacientes que lloraban, gritaban y soltaban sus problemas para que él los ayudase, sin embargo, sentía que las horas de trabajo estaban volviéndolo loco.
No ayudaba el hecho de que estaba durmiendo muy poco, siempre había sido así, pero en los últimos meses había empeorado bastante. Desde que era niño siempre había podido ver una verdad que los demás no, o eso al menos había creído. A la edad de los nueve años fue la primera vez que su madre se había escandalizado por oírlo hablar solo en su habitación y también cuando fue a su primer psicólogo.

Al parecer creyeron que sus amigos imaginarios estaban allí por no ser capaz de socializar con las personas reales. Ahora, a sus veintisiete años, había seguido la carrera de psicología y eventualmente la ejercía, dándose la mínima esperanza de lo que le habían dicho era cierto. Después de la señora Fisher y que él comenzara a dormir con las luces encendidas, sus "amigos" habían desaparecido. Pero no las pesadillas, siempre eran recuerdos de lo que había vivido cuando quedaba solo en su habitación y últimamente le estaban dando una mala pasada.

Suspiró y tiró el vaso descartable al cesto de basura, se acomodó los lentes y fue hacia la puerta para llamar a su paciente. La última.

—Caroline.

La niña sonrió en cuanto escuchó su voz y se apresuró a entrar al consultorio, tomó asiento en el sillón y Ben lo hizo en la silla que tenía a un lado.

—¿No le dijiste a tus padres aún?

La niña negó levemente con la cabeza y pronto sus ojos conectaron con los suyos.

El caso de Caroline era un poco particular, era una niña de diez años, había llegado una vez con dinero entre sus manos pidiendo desesperadamente que la atendiera. Ben, había aceptado a escucharla solo en ese momento. Caroline lo había dejado totalmente perplejo la primera vez que estuvo allí, había hablado sobre el colegio, sus amigos cuando llegó el tema familiar le había comentado con cierto temor que sus padres hablaban mientras ella se iba a acostar, diciendo cosas como que pronto la matarían.
La primer opción fue que la niña estaba mintiendo, la segunda es que tal vez tenía algún problema más grave que podría llevar a imaginarse cosas como esas y la tercera, que era la peor, era que ella decía la verdad. Y había descubierto que la tercera opción era la correcta.

—¿No hablan contigo?

—No, ahora cuando llego a casa se esconden en su habitación y luego cuando termino de comer y me voy a la cama, suelen ir a verme.

—¿Cuánto hacen que están así?

—Desde hace una semana, ayer por la noche papá me golpeó.

La cita con la pequeña tardó un poco más que de costumbre, Ben le dio su número de teléfono por cualquier emergencia y una vez que se despidió la niña, llamó a su amiga Margo y le explicó lo que venía sucediendo con Caroline.

—Necesito que des una vuelta por la casa de la niña, para ver las condiciones en las que está, sabes que no puedo hacer nada más que esto. Pero es necesario.

Margo era asistente social, en el pasado había logrado salvar a varios niños con problemas,así que si había alguna ayuda que podía proporcionarle a Caroline era la de su amiga.
La mujer le afirmó que lo haría, que enviaría un permiso para el lunes y tan pronto como fuese aprobado, lo llamaría para que él mismo la acompañara.

No estuvo mucho tiempo más en la oficina, decidió volver a su departamento y calentar un poco de la pizza sobrante, se dio un baño caliente y se durmió tan pronto como dieron las doce; se sentía agotado tanto físicamente como mentalmente.

Abrió los ojos molesto después del primer tono, alguien estaba llamando a altas horas de la noche, la primera en la que dormía correctamente. Alcanzó con una de sus manos el aparato que no dejaba de sonar y vibrar y sin ver realmente la pantalla terminó contestando la llamada.

—¿Ben?

El hombre se sentó rápidamente y encendió la lámpara de la mesita de noche, podía oír como la pequeña lloraba del otro lado de la línea.

—¿Caroline? ¿Qué ocurre?

—Papá— susurró —papá quiere matarme.

Su cuerpo se movió por si solo, terminó vistiéndose con lo primero que encontró y salió disparado hacia la calle en busca de su auto que estaba estacionado en la acera contraria.

—Escúchame Caroline, quédate dónde estás y avísame de todo lo que suceda, ¿Si? Voy a poner la llamada en espera y pediré ayuda. ¿De acuerdo? Estoy en camino.

—Sí señor Ben, venga pronto— escuchó otro sollozo antes de poner la llamada en espera y marcarle a la policía.

Realmente estaba demasiado asustado, casi pasa un semáforo en rojo cuando lo atendieron, pidió de inmediato una patrulla dando la dirección de su paciente, los cuáles dijeron que llegarían pronto.
Una vez que terminó la llamada, volvió a la de Caroline pero del otro lado de la línea no encontró más que silencio.

—¿Caroline? Responde por favor, estoy por llegar. ¿Caroline?

Nadie contestó durante los diez minutos que se mantuvo al teléfono, había tenido que tomar otro camino porque una de las calles estaba cortada y aquello lo había retrasado. Cuando llegó, la policía ya se encontraba allí, sacando bruscamente a un hombre y a una mujer de la casa.

Se bajó del auto rápidamente y corrió hacia la entrada, solo que no pudo pasar porque uno de ellos lo detuvo.

—¡Por favor tengo que pasar! ¡La niña es mi paciente!

El hombre que lo sostenía no le dio el paso como hubiese querido, pero pronto vio salir a Josh, un conocido que tenía en la fuerza policial con quien había trabajado anteriormente.

—Josh necesito ver a la niña.

El hombre se detuvo a su lado y apoyó una de sus manos sobre su hombro.

—Lo siento Ben, no llegamos a tiempo. Tendrás que darnos una declaración.

Y entonces su mundo se volvió a oscurecer por completo.

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