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21


Repiqueteando los dedos en la mesa que solitariamente ocupaba, Emma se mantenía intranquila. El momento del encuentro se acercaba y el final, también. Todo había sucedido tan rápido, tan intensamente, que por un instante creería que era parte de un sueño dorado y encantador.

Sin embargo, la felicidad no estaba hecha para ser su amiga. Debería conformarse de momento, con las migajas que el amor le había arrojado.

— ¿Pasa algo? — Bautista se acercó, tomando asiento delante de su ex novia. Ella no deseaba que su estadía se prolongara en esa silla, peros siendo el dueño de casa, bien podría quedarse a vivir allí.

— Mucho trabajo...— minimizó, intentando ser convincente. Pero los hermanos Hunton nunca se conformaban con sus respuestas; como si algo quedase en el tintero, repreguntaría.

— ¿Y qué más? Te conozco lo suficiente como para darme cuenta que hay un plus que te preocupa — las manos de Emma boyaban por la mesa, hasta que las de Bautista, grandes y prolijas, las tomaban. Una mirada gélida color canela petrificó la de Hunton, pero parecía no importarle, porque no se apartaría de ella. — Emma, podés confiar en mí. No seremos pareja, pero me agradaría que al menos no intentaras mentirme. — receloso, expresaba.

— No era mi intención. Simplemente no quiero preocuparte.

— Emma...yo siempre me preocuparé por vos — deslizando el dedo por su mandíbula, la cercanía era perturbadora. Incómoda, su ex novia curvó los labios.

Si algo le faltaba a esta escena, era que Rodrigo tosiese por lo bajo. Molesto, la ira se disparaba por sus ojos verdes como fuego. Su estómago anidaba una úlcera, supurante y desgarradora.

¿Qué hacía Emma con Bautista después de tantos días de no dar señales?¿Después de un mensaje frío y calculador con un texto no menos simplón?

Abruptamente, Emma quitó mis manos de las de Bautista, que parpadeó varias veces, sin entender la acción.

— Perdón, no quería interrumpir — mantuvo la calma y gesto adusto.

— Estábamos conversando — explicó Emma, con voz nerviosa.

— Puedo volver en otro momento — retrocediendo, con el corazón en un puño, fue detenido ante la negativa de Canela.

— No mires con esa cara hermanito— la voz dulce de Camila apareció por detrás — le di el resto de la noche libre a Rodrigo. Necesita aclarar unos temas legales con Emma.

— ¿Pero necesitan hacerlo ahora? – gruñó el mayor de los Hunton presente.

— Sí — lacónica hacia su hermano, Camila guiñó su ojo en dirección a su amiga.

— Bueno...supongo que vos sos la jefa también ¿no? — poniéndose de pie, algo molesto por no haber sido consultado, Bautista se levantó, abandonando subrepticiamente, un beso en la frente de su ex pareja— Llamáme...¿sí? — susurró. Y Rodrigo, con un oído entrenado, oyó.

La mandíbula contraída daba cuenta de su fastidio; se sentía como un cuadro allí presenciándolo todo.

Emma asintió por inercia, sin percatarse en la cara de odio de Rodrigo, dos metros de lado.

— Ustedes tienen que hablar, así que los dejo solos — Camila agitó su mano, despidiéndose, abandonándolos a su conversación.

Tímida, con sus manos guardadas en los bolsillos traseros de sus jeans, Emma se acerqué a Rodrigo. Decir que sólo estaba molesto, era subestimarlo. Estaba furioso y decepcionado.

— Hola — fue la única palabra que ella articuló de momento.

— Hola — seco, no la miraría.

— Necesitamos hablar...— masculló en tono apenas audible.

— ¿Sí? Pensé que estaba todo dicho. — sarcástico, sangraba por la herida.

— No quiero quedarme acá. — admitió Emma inspirando profundo — Quiero mantener cierta privacidad.

— ¿Y por qué tendría que escucharte? No respondiste ni un solo mensaje en estos días. — cruzando sus brazos, mostraba hostilidad y mal manejo de los sentimientos. Odiaba sentirse así, vulnerado y traicionado.

— Es bastante complejo el asunto Rodrigo, no hagamos de esto una novela — desdramatizó ella, quebrándose interiormente en pedacitos.

— Vamos a mi casa. — disparó él sin pensar.

— Está bien — al menos, le concedía la posibilidad de estar en su propio hábitat.

Caminando con Rodrigo por detrás, sufrió con antelación. Todo se acababa tan rápido como comenzaba.

— Antes de llegar a casa quiero saber si Bautista tiene algo que ver con que me hayas ignorado durante estos días — sosteniendo su casco con fuerza, ya se encontraban fuera.

Emma tragó fuerte. No quería llorar ni responder algo de lo que se arrepintiera.

— ¿En qué cambiarían las cosas que lo supieras ahora?

Rodrigo miró hacia abajo; mordiéndose el labio, se colocó el casco y evitó ser ahora él, quien respondiese.

___

Para cuando arribaron a la casa, las cosas no estarían mucho mejor. Tensos, ingresaron a la propiedad de Rodrigo.

Sin preludios, arrojó su campera en el sillón en el cual lo sorprendería durmiendo tras su borrachera; Emma simplemente apoyaba el saco a rayas negras y grises en el respaldo de una de las sillas.

Caminando hasta su habitación, cerró la puerta tras él, para aparecer con otra ropa; una remera blanca se adhería endiabladamente a su torso, unos joggins, negros en esta oportunidad, se ceñían en su cintura para esparcirse holgados por sus piernas, en tanto que sus pies, carecían de calzado mas no de medias.

— ¿Querés algo de tomar? Aunque creo que las cervezas han sido suficiente alcohol para vos — regañón, se anudaba las zapatillas blancas.Debía calmarse y esperar por la información que estaría por darle.

— Agua, por favor. — de pie, resiguió los movimientos de Rorro.

Sin dirigirse a ella, en el más intenso de los silencios, Rodrigo tomaba la jarra de agua fresca de su heladera, para servir dos vasos hasta el tope.

Sin saber cómo iniciar el diálogo, Emma sintió que sus rodillas temblaban y el miedo a lo que venía era gigante. Nunca había sufrido con tanta anticipación, nunca antes el desencanto comería sus huesos de ese modo.

Vaciando su vaso de tres sorbos, lo apoyó en la barra alta, y con ambos brazos de lado, fue fulminada con aquellos ojos verdes rabiosos y desilusionados.

¿En qué momento se había transformado en ta poca cosa para ella? Rodrigo padeció cada letra de esa pregunta.

— ¿Y bien? ¿Qué es lo tan importante que tenías que decirme como para que Camila me de el resto de la noche libre?

— Camila es una exagerada. Nunca le dije que lo hiciera. — minimizó, fastidiada por la conducta extremista de su amiga.

— Sea por lo que fuese, lo hizo. ¿Por qué? — necesitó certezas entre tanta nebulosa.

Emma avanzó los cinco pasos que la separaban de la barra; sin sentarse, a pesar de la insistencia del dueño de casa, permaneció en esa postura. No debía quebrarse; sino mantenerse firme y serena.

Aclaró su voz.

— Tanto Lila como Diego quisieron que fuera yo quien te lo comunique — comenzar por la buena noticia, era lo más inteligente que podía hacer. Él se mantenía expectante, pero sin demostrar ansiedad. — El juez ha pedido que un lapso inferior a diez días, los padres de Ornella se presenten en Buenos Aires con Valentina, para una audiencia en la cual se determinará el momento en que puedas verla.

Rodrigo extendió su columna, regresando a su metro ochenta y cinco. Descreído, miraba hacia sus laterales, buscando explicación de algo que no la tenía. ¿Había oído bien? ¡O aquella necesidad imperiosa de que el milagro suceda lo enceguecía?

— ¿De verdad me lo estás diciendo? — su rostro demostraba alegría y extrañeza en proporciones similares.

— Por supuesto. El juez ha tenido en cuenta tus progresos. Considera que al menos te dará una oportunidad.

Emma mantenía sus manos sobre la falda, su mirada recorrería la barra, el vaso y finalmente, la mirada enceguecedora de su tutelado.

— Eso es gracias a tu informe, ¿no es cierto?

— Todo es parte de un compendio de cosas. Yo plasmé simplemente, lo que me pareció correcto y está a la vista; lograste establecerte en un trabajo que ha dado buenas referencias, vivís en un lugar con las características de bienestar y confort para que una menor pueda visitarte y mantenés una correcta conducta.

— ¿Eso es lo que soy para vos? — desestabilizándola, con un fuerte ardor en el pecho, preguntó. — ¿Soy un hombre correcto y ya?

— Eso es lo que sos para el informe. —disparó con rudeza —Lo suficiente como para el juez te vea con buenos ojos.

— ¿Y qué soy para vos? Porque aun no puedo entender por que te borraste de un día para el otro, ignoraste mis mensajes y soy un número de expediente nomás.

Emma se compuso de fuerza interior, el instante llegaba de a poco en compañía de sus propios miedos y vacilaciones.

— Estuve pensando — jugueteó con su manos - Pasamos muchas horas juntos y fue apresurado de mi parte aceptar la invitación de Ruth a su casa.

— Era un almuerzo...no entiendo por qué te rehusarías a ir conmigo.

— Porque no puedo, Rodrigo...esto es un gran absurdo— aceptó con la razón, pero negó con el corazón roto.

— ¿Perdón?¿A...absurdo? — su ceño fruncido era sinónimo de desesperanza.

— Fue un completo arrebato de mi parte. No debí dejar que las cosas traspasaran estos límites.

Rodrigo enmudeció súbitamente. Con una expresión tensa, aquietada y de desentendimiento, volcaba el peso de su cuerpo sobre sus antebrazos, replegados en la barra.

Emma, incapaz de articular silaba, se sumió en un tonto silencio.

— Estar conmigo te da vergüenza, ¿no? — forzando su mandíbula, las palabras supuraban por su boca.

"Claro que no me avergüenza, sos magnífico por dentro y por fuera, pero si sigo adelante con mi trabajo, tu hija corre riesgo de terminar de la peor manera"

— No es eso — divagó deseando que la tragase la tierra.

— Si no es eso ¿qué? — la arrinconó.

— No creo que sea una buena idea mezclar los tantos — Emma levantó las palmas, ordenando su cabeza y dichos.

— ¿No mezclar los tantos?

— Vos necesitás tiempo para estar con tu hija, disfrutarla, estar plenamente a su disposición. Yo no podría ensamblarme con tu estilo de vida.— sin estar del todo segura si embarraba o no la cancha, hablaba sin parar.

— ¿Querés decir que no podrías estar con una persona con hijos?

— Algo así — engañó descaradamente y su buena actuación tendría su rédito: Rodrigo estampó una sonrisa irónica en su rostro contenido.

— Jamás creíste en mí. — afirmó con el alma disolviéndose.

— Si no lo hubiera hecho, el informe no te favorecería.

— ¿Lo hiciste por lástima?

— Lo hago porque es mi trabajo.

— ¿Fui un experimento, no? — meneando su cabeza, confirmaba para sí mismo sus propios dichos. Inalterable, ella emitió sonido alguno, sino que se dispuso a escuchar su errada conclusión. — Fui tu primer caso importante, fui tu conejillo de Indias. Te importaba tenerme como un puto experimento social, y así, aumentar tus posibilidades de escalar en el trabajo. Me usaste. Y encima te sirvió para darle celos a tu noviecito...- disparó sin más, con aquella suposición clavada en la garganta, fuera.

Si todo se iba al demonio, al menos él se sentiría liviano...mas no menos adolorido.

Sumida en un profundo silencio, Emma mantuvo una postura rígida y convincente. No era momento de flaquear. El plan estaba en marcha y su corazón, en ruinas.

— Jamás negué mi esencia, jamás dije que no había cometido un crimen, porque de hecho lo cometí. Maté al hijo de puta que me arrancó al amor de mi vida. Y no me enorgullezco. Pero tampoco me arrepiento. — sus ojos, inevitablemente expulsaban un llanto angustioso. Se sintió arrastrado indefectiblemente al límite de sus emociones, pujantes por removerle cada minuto de su tragedia — Asimismo, a pesar de haberte demostrado mis falencias, mis errores, mis miedos...poco te importó. Me usaste.

Limpiando sus lágrimas, no le importó continuar desnudándose ante ella; porque el amor que le profesaba en silencio, era fuerte como el acero.

— Bautista no tiene nada que ver en esto. Soy yo la que no quiere estar con vos.

— La única persona que tuvo fe en mí, que confió cuando ni yo mismo era capaz de hacer algo por mi vida, resultó ser una mentirosa de mierda. — con el dolor instalado en cada fibra de su cuerpo, no se resistía a decir lo que pasaba por su mente.— No sé si me siento más traicionado por vos o por mi mismo.

— ¿Por vos?

— Yo estuve diez años rodeado de gente de la peor calaña, gente de mierda de verdad,en los cuales la mentira y el engaño,eran moneda corriente. Yo era capaz de detectar esa clase de gente a la legua. Sin embargo, caí en mi propia red: tuve al enemigo enfrente y no lo supe ver.

— No soy tu enemigo, Rodrigo, ¡no exageres!— ella apretó los puños, dejando blancos los nudillos por la indignación.

— Es curioso que gracias a vos pueda cumplir el sueño de estos diez años y al mismo tiempo, gracias a vos, no pueda disfrutarlo como quisiera.

— Lo nuestro no iba a resultar, Rodrigo. ¿nunca lo notaste?

"Por favor, decí que no...Decí que no"

— No — una mueca de alegría, plantó una flor en su pecho vapuleado — hiciste un buen papel. por un momento, creí que realmente sentías algo importante por mi.

— Estuve... confundida — desligó responsabilidad, como si eso les hiciera menos daño.

— ¿Confundida? — resoplando por la nariz, saldría de su refugio para pasar por detrás de Emma y dirigirse rumbo a la sala. — La culpa no es tuya, es absolutamente mía....¿y sabes por qué? ¡Por engancharme con una pendeja como vos!

"Ouch, eso dolió muy fuerte", pero sinceramente, Emma creyó que era merecido. Aunque aquello, no fuese menos impactante.

— ¿Pendeja?¿Por qué? ¿Por darme cuenta de las cosas a tiempo? —se flagelaba.

— ¿Estás segura de que estuviste a tiempo?

A ambos, la puñalada les desgarraba el pecho. Se acusaban mutuamente, con el dolor implícito en cada palabra.

— Fue el tiempo indicado para mí — egoístamente, supo que enterraba la daga más y más profundo en Rodrigo.

Estaba siendo una perra, y de lo peor. Pero más terrible sería el potencial daño.

— Bueno — él respiró profundo tras un momento de sólido silencio. Con los brazos cruzados sobre su pecho, se resistía a decir lo que finalmente, expresaría — supongo que no hay nada más por decir.

— Diego te va a llamar cuando sea la audiencia.— fuerte, dura, tragó manteniendo la mirada altiva y desafiante.

— Perfecto.

Con la espalda rígida y las manos templando, el estómago de Emma rugía de miedo y la piel, se le ajaba como un pergamino. Ya no tendría sus besos, su humor sencillo e irónico, su optimismo...

Acababa de cavar su propia fosa. Finalmente cediendo en la tregua, ella caminó cabizbaja, hacia la puerta de salida.

— Emma — la voz de Rorro, cauta, resonaba por detrás. De espaldas, giró para ver por ultima vez al hombre que la había hecho sentir mujer como nunca antes.

— ¿Si?

— Por primera vez en muchísimo tiempo creí fervientemente en que valdría la pena volver a enamorarse. — sus palabras sintonizaron en un mismo pensamiento. — lamento mucho haberme equivocado tan feo.

— Yo también — sus ojos canela se llenaron de lágrimas de agonía premeditada. Evitando claudicar, enfocó la vista hacia algún sitio recóndito de su casa.

Escapando cobardemente, abrió la puerta para salir hacia el corredor, cuando una mano fuerte y sagaz, le sujetó el codo.

"No lo hagas, Rodrigo...porque si me retenés un solo segundo más, voy a romper mi promesa y las heridas, serán más profundas."

— ¿Por qué conmigo?¿Por qué jugar con mis ilusiones? Yo no tengo nada para ofrecerte. No soy nadie — elevando los hombros, Rodrigo buscaba razones para comprender lo incomprensible.

— No te confundas; vos sos alguien. —recalcó con determinación —Un hombre maravilloso con un objetivo claro.

— Pero no soy suficiente...— reflexionó sin abandonar el tono de pregunta y el pesar.

"Sos todo y más de lo que necesito" . Esas palabras recorrieron la cabeza de Emma sin ver el exterior.

— No seas tan duro con vos mismo. Ya encontrarás a una mujer que te ame como te mereces — con delicadeza, retiró su mano del codo.

Rodrigo aceptó su conclusión fría y poco comprometida, pero sin demasiada gracia. Adelantándose, ella atravesó la reja de salida, como si fuese la última barrera de aquella prisión de dolor y mentira.

— ¿Vas a estar en la audiencia? — averiguó, desde el rellano de la puerta de su casa.

— Sí, junto a una psicóloga infantil. — miraba las baldosas rojizas del piso.

— Me hubiese gustado que las cosas sean distintas — perdiendo las esperanzas, los ojos de Rodrigo se quedaban sin promesas y sin ansias de luchar.

— Vos más que nadie sabés que la vida esta repleta de sinsabores.—por sobre el hombro, Emma concluyó.

— En eso coincidimos — de pie, de brazos cruzados, miraba con desdén.

Sin ánimos de discutir más, con el poco orgullo aun sin romper a cuestas, Emma quitó el pasador de la reja del corredor, para llegar a la vereda. Frotando sus brazos, se dio valor para continuar.

— Allá viene un taxi, así que me voy— oyó los pasos de Rodrigo caminar.

— ¿Puedo pedirte algo más? —equiparando su posición, solicitó.

El nudo se cerraba en torno a su cuello más y más fuerte, tanto como el puño ajusticiaba a su corazón. Tragó fuerte, y escuchó:

— Avisame cuando llegues. A pesar de lo que que pensemos uno del otro, me interesa que estés bien.

Desarmándola por completo con esa actitud paternalista y tierna, afirmó con la cabeza mientras extendió mi brazo deteniendo el coche negro y amarillo que se acercaba al cordón de la vereda.

— Estás cada vez más cerca — susurró Emma focalizándose en aquellos ojos verdes devastados.

— Vaya paradoja — exhaló —vos, sin embargo, estás cada vez más lejos...— lacónico, aquella sería su última frase antes que Emma ingresara al taxi y finalizara con su ajusticiamiento.


_____

*Pendeja: infantil

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