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la marca

Gotas de lluvia caían incesantes sobre el techo de aquella humilde casa en donde Mariana residía. Mientras tanto, ella jugaba a las muñecas con su amiga de toda la vida, su vecina y hermana separada al nacer: Oriana. Las muchachitas corrían de un lado al otro mientras la lluvia no cesaba.

―¡Cuidado, hijas, se van a caer! ―exclamó la mamá de la infanta mientras les preparaba unas arepas. Pararon de correr y, en eso, Oriana alertó sus oídos...

Ruidos extraños se escuchaban del otro lado de la vereda, donde Oriana residía. Gritos y llantos se escuchaban desde su casa, a lo que la niña, angustiada, gritó a la mamá de su amiguita:

―¡Me tengo que ir, tía! Mami y papi necesitan mi ayuda ―exclamó una Oriana asustada y temblorosa.

La señora, angustiada por la niña de rizos le negó rotundamente la salida. Estaba lloviendo a cántaros y ella sabía muy bien que sus compadres no necesitaban ayuda. Ellos estaban involucrados en eso de lo que tanto se hablaba por las calles de Caracas.

Del otro lado de la vereda, los padres de la infanta estaban exhaustos, se habían deshecho del espíritu demoníaco que estaba internado en el cuerpo de una mujer vecina. El espíritu irradiaba tanta maldad que ni ellos mismos se creían lo que estaban viviendo. Ese exorcismo no era el primero que practicaban, pero sí uno de los más extraños.

Solían dedicarse al santerismo, a invocar a su "Dios" para el bien de su comunidad y cosas que, para mucha gente, eran impuras.

(...)

A la edad de quince años, Oriana y Mariana seguían siendo amigas. Ambas desconocían el trabajo de los padres de la primera mencionada, solo eran conscientes de que eran una pareja muy respetada en la ciudad, pero, aun así, ellas se hacían de oídos sordos al escuchar las historias que por ahí contaban, que no eran del todo falsas.

Mientras Mariana dormía, se retorcía sin poder despertarse, un sueño iracundo se presentaba en su subconsciente sin dejarla abrir los ojos.

Llantos.

Gritos.

Más llantos.

Otro idioma o modismo.

Invocando cosas.

Cosas que Mariana desconocía.

Se despertó de golpe ante aquel sueño que hacía más de siete años la perseguía, esa visión de los padres de Oriana haciendo que un fatídico olor y vómito saliese de la boca de aquella mujer; supo que hizo mal al ver desde la ventana de su cuarto, pero la curiosidad mató al gato, y a ella, la condenó de por vida. Porque estaba segura de que esa pesadilla no desaparecería.

Ella muy bien sabía que Oriana no tenía idea de lo que se practicaba en su casa u otros lugares, pero ella no era quién para decirle la verdad. Solo se encargaba de sacarla de su casa cuando presentía que algo sucedería, y bien había cumplido su parte.

Un domingo, como todos los otros; Mariana fue al templo católico con su madre, quien era fiel creyente a la iglesia. Luego de la misa, tenía planes de ir con su amiga y su familia al gran río Macanao para pasar un rato diferente, y quién diría que al decir diferente se referían a cómo volvería Mariana y, por supuesto, Oriana.

Resultó ser que la habían llevado hasta ese lugar perdido entre las montañas para hacerle un ritual, tanto a ella como a su mejor amiga. Un ritual de iniciación para entrar al mundo del santerismo que, por cierto, llevaba muchos años de estudios, el punto era que ya estaban ahí y no había forma de devolverse.
La mujer mayor que les acompañó ese día la tomó de las muñecas tan fuerte que dejó marcas rojas en su tez blanca. Usó un pañuelo para marearla y la muchachita indefensa, se desmayó, siendo inconsciente de lo que se avecinaba.

Despertó sobre hojas secas y arena, el sol ya se ocultaba y a su lado se encontraba una desorientada Oriana, con el rímel corrido y los cabellos alborotados. El caudaloso río estaba creciendo gracias a la hora y las familias ya partían hacia sus hogares.

―¿Qué nos pasó? —preguntó Mariana, levantándose sobre sus codos y mirando a su amiga.

―No sé, chama. Me desperté antes que tú, y estoy burde’ asustada ―explicó, mirando hacia los lados y levantándose de la arena.
Pidiendo “colas” pudieron llegar finalmente a sus casas, aunque no era muy lejos; seguían estando solas y desorientadas durante el trayecto, los conductores las miraban extrañados y evitaban entablar una conversación. Rato más tarde y sin percatarse de su nueva posesión, cada una entró a su respectiva casa y evadieron a familiares curiosos sobre su día. Una “S” sobre sus muñecas relucía en color carmín. La “S” de Santeros, esa era la nueva marca que las acompañaba.

Mediante el tiempo fue pasando, todo seguía sin cambios. Pero algo sí que había cambiado… las dos muchachitas ya no eran las mismas.

Retraída, rebelde, solitaria y también muy tosca: Mariana estaba a la defensiva la mayoría del tiempo, todos en la casa notaban su repentino cambio desde aquel domingo y ella los miraba extrañada, ella se sentía igual… o intentaba de hacerlo, con la sola diferencia de que ya únicamente quería dormir.

No esperaba la hora para que anocheciera y ansiaba no despertarse, no quería mimos por parte de sus padres, ya no soñaba despierta y mucho menos fangirleaba con Oriana sobre nuevas canciones, libros o cosas sobre las que solían compartir gustos, pues ella también pasaba por lo mismo.

Cada vez se veían menos y ya hacía un mes de aquel suceso, era preocupante entre las adolescentes debido a que estudiaban en la misma escuela y tampoco estudiaban para sus exámenes juntas. Ambas vestían de blanco, ropas grandes, sacadas de quizás el closet de sus padres, ojeras yacían bajo sus ojos, acotando las actitudes que ambas adoptaron.

El día diez de agosto, a un mes de aquel suceso, la marca de la S aún no desaparecía y su madre al verla ese día se alarmó con creces. Sabía que su hija no estaría así por gusto. Ya tenía una leve sospecha, pero, aun así, no quiso indagar mucho, temía de lo que podía encontrarse.

¡Los santeros la habían vuelto una de ellos!
Fue corriendo hacia donde su comadre o, mejor dicho, ex-comadre, para expresarle su gran odio. A lo que Zara, la madre de Oriana rió y cínicamente le expresó que su hija pertenecía a ese mundo luego de haber visto por aquella ventana durante la tormenta de hace años.

La madre de Mariana, estupefacta, se fue directo a su casa, donde le dio a su hija una cachetada, gritándole insultos e improperios y culpándola de sus dolores de cabeza y preocupación.

—Yo no pedí que te preocupes, mamá. Esto es lo que soy ahora ―dijo la muchachita, rondando los ojos. Partió hacia su habitación y dio un portazo.

Su abuela materna, desde el umbral de su habitación negó con la cabeza, sabía lo que se avecinaba. Ella misma la había visto asomada por la ventana aquella noche.

Sabrina fue corriendo hacia la iglesia, le preocupaba la situación de su ahora retraída hija y esperaba que el sacerdote pudiese orientarla al respecto. Al llegar, debido a la hora estaba dando una eucaristía, pero insistió en quedarse para luego hablar con él.

―¡Padre, no sabe lo que le pasó a mi muchacha! ―dijo Sabrina, exaltada. Le explicó acerca de sus diferentes cambios de humor, de su nueva forma de vestir y también de la marca. El sacerdote, muy alarmado le indicó lo que debían hacer, pero, primero, quería hablar con la adolescente. O lo que quedaba de ella.

Sabrina fue por ella y casi a rastras la llevó al templo, donde el sacerdote la esperaba en su despacho.

La muchacha al entrar a aquel lugar sagrado empezó a retorcerse y a reír como desquiciada. Su madre, preocupada, la sentó en una de las bancas para darle aire y darle palabras de aliento. Mariana parecía absorta a todo en su alrededor, estaba como en un trance y con la mirada perdida, sus labios, ya de por sí pálidos, habían perdido su color y empezó a sudar.

El sacerdote llegó frente a ella y empezó a persignarse, a rezar el Padre Nuestro y a tocarle la cabeza, siendo esta una manera para combatir eso que había dentro de ella.
Cayó al suelo desmayada, espuma salió por su boca y perdió la consciencia. Jesús, el sacerdote; estaba anonadado. Nunca había visto a alguien pasar por eso, sabía que algo malo le sucedería a la “pequeña” si no lograba expulsar el demonio rápido. Las llevó a su casa para dejar descansar a Mariana y prometió volver con un sacerdote de mayor trayectoria para realizar un exorcismo.

Esa noche, Sabrina hizo vigilia a su hija, cuidando que no despertase desorientada. Con toda la amabilidad y el amor le preparó galletas para cuando despertase y la muchacha, al hacerlo, le rechazó el plato de mala manera.

Fue directo al baño para darse una ducha a pesar de ser pasadas las tres de la mañana, desde las 5:00p.m. cuando cayó inconsciente, no quería ver a su madre. Al parecer lo que guardaba dentro no era muy agradable y la madre de la chica no era su favorita por haberla llevado a la iglesia.

―¿Qué esperas para irte de mi habitación?―dijo la muchacha al salir ya con un nuevo atuendo.

Sabrina salió hecha pedazos. No podía creer que su pequeña hija de sonrisa dulce estuviese comportándose así.

La tarde de ese mismo día el sacerdote llegó para hacer todo lo necesario. Pidió un cuarto a solas con las dos mujeres e inició con la salvación de Mariana y la perdición de su nueva adquisición.

Ante las oraciones que recitaba el sacerdote, Mariana empezó a reírse con sorna. Carcajadas brotaban de lo más interior de sí misma y gotas de sudor bajaban por su sien, como el día anterior en la iglesia. Sentada en una silla con las manos atadas a los brazos de los lados, Sabrina vio a su hija en un estado de vulnerabilidad increíble. Nunca la había visto así, tan… deshecha.

Las luces se prendían, se apagaban y los breques de la casa se mantuvieron así por un buen rato. Las paredes vibraban y la muchacha más se carcajeaba, hasta el punto de llorar por las risotadas. La silla saltaba por la misma vibración de su cuerpo y ahí fue cuando sus pesadillas se volvieron realidad.

Ahora era ella quien botaba ese fatídico olor a vómito desde sus entrañas, expulsando así al espíritu demoniaco.

―No te desharás de mí tan fácilmente. ―Fue lo último que dijo una voz masculina al salir de adentro de la chica.

Una vez más se desmayó, siendo inconsciente de lo sucedido un mes atrás.

Mariana durmió más de doce horas, recuperándose del suceso, la marca había desaparecido considerablemente, la cicatriz aún estaba presente de una manera más leve luego de que el habitante fuera expulsado. La chica volvió a su habitual color y su madre había cambiado sus ropas por lo que ella usaba antes.

La chica, más desorientada de lo que había estado en su vida, reaccionó a medianoche, sintiéndose cansada y débil. Sus amoratadas manos habían vuelto a ser las de antes, la marca ya no estaba ni su espíritu muerto en vida.

―¡Mami! ―gritó la jovencita desde su habitación.

Sabrina apareció corriendo asustada, pensando que algo malo había sucedido y por suerte, su hija corrió a sus brazos, como un ciervo corre hacia su madre, la gacela.

Lágrimas bañaron sus mejillas, al igual que las de su madre, también las de su padre cuando entró a la habitación. El señor no creía en esos cuentos de pueblo, pero luego de que su hija pasara por tales sucesos, no daba nada por sentado.

Su hermano mayor, Antonio, entró a la habitación en conjunto de su abuela; la casa se había revolucionado gracias a su grito de espanto, todos sonreían ante la imagen que reflejaba aquella familia que fue víctima de un espectro, debido a que todo volvería a la normalidad.

—No recuerdo nada, mami. ¿Qué me pasó?  Siento que estuve como en un sueño, ausente pero presente ―expresó la muchacha, confundida.

—El pasado queda atrás, ya es cuestión de nosotros vivir bajo los demonios internos. No tienes que recordar si es doloroso, solo confórmate con sentirnos cerca de ti; como tu familia.

(...)

Cinco años después. (Edad: 20 años).
Mariana volvía a Caracas para celebrar las navidades con su familia, sus estudios universitarios los estaba cursando en Valencia, por ende, no había visto a su familia en los últimos meses. Solo visitaba su hogar para las fechas importantes y, sin embargo, no se quedaba en su casa. Le daba pavor ver a sus vecinos de enfrente.

De Oriana no supo en un buen tiempo. Cuando su madre le hablaba al teléfono le daba breves resúmenes de lo que pasaba en las calles, incluyendo la vida de su mejor amiga que, aunque no se hablasen, seguían siendo hermanas o al menos así lo consideraba ella.

Oriana, luego de que se le practicó el exorcismo a Mariana, no volvió a esa casa. Sentía que quemaba el mero paso al entrar en aquella humilde morada, tampoco ayudaban las imágenes que se reflejaban de su pasado.
Tenía pavor de sí misma y de lo que los santeros podían hacer.

Mientras Mariana caminaba en dirección a la bodega, se encontró con el cuerpo furibundo de lo que fue Oriana. Le dio una sonrisa y esta la miró con repulsión.

La muchacha sonriente había superado de alguna forma aquel suceso, pero en las noches, solo a veces, volvían flashes de lo que realmente sucedió, mientras que Oriana se unió a sus padres y a su círculo, volviéndose una de ellos y resignándose a su realidad.

―Creíste que no volverías a verme, ¿verdad? ―dijo una voz masculina, proveniente de la garganta de Oriana mientras que sus ojos se torcían.

Mariana tragó grueso, mientras caía en cuenta de qué estaba pasando.

Oriana no era dueña de su propio cuerpo, había algo que la dominaba.

O alguien…

Mariana miró a sus costados para cerciorarse de que nadie observaba, se persignó y empezó a rezar, como el sacerdote le había enseñado años atrás.

La que fue su mejor amiga empezó a actuar extraño, sus ojos se volvieron blancos y luego, sin más, perdió el total conocimiento.

Mariana corrió a pedir ayuda, gritaba en el trayecto a casa y cuando por fin llegó. Ya su madre sabía lo que había sucedido anteriormente, como dicen: pueblo pequeño, infierno grande.

La abrazó con vehemencia, mientras sus ojos se volvían acuosos cada vez más. Su madre le explicó que, luego de que ella corriese a casa, habían socorrido a Oriana después del desmayo.

No todos los cuentos de pueblo son falsos, ni todas las criaturas son buenas. El mundo es cruel y duro. Cuando te abres paso a la realidad en la que vives, caes lentamente. Como Oriana cayó al descubrir las verdades que merodeaban alrededor de su familia.
La marca había pautado un final y un inicio en la vida de cada una y como dicen… somos hacedores de nuestro destino.

Relato por:  writtenbooksbykar

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