Anécdota 8
La anécdota a continuación es mía, de Andsig4, de la persona detrás de esta cuenta... Mis lectoras de Cerebrando la Vida ya la habrán leído, así que pueden saltarse esto sin problemas. Lo sé, soy una floja por haberme limitado a copiarla y pegarla en vez de transcribir alguna anécdota de ustedes, o narrar otro evento mío.
El caso es que esta fue mi primera semana de clases y todavía no agarro condición para aguantar la carga de trabajo jaja, les pido paciencia; en cuestión de días estaré como pez en el agua, tanto en la escuela como en Wattpad. Espero...
Comenzaré diciendo que siempre tengo la suerte —o la desdicha— de ocupar los últimos lugares en el salón de clases. Algunos profesores dicen que el orden de su salón depende del promedio: bajos promedios, primeros asientos; altos promedios, las bancas del rincón, hasta la fregada. Otros profesores no toman lo anterior en cuenta, pero de igual manera me mandan al rincón más lejano, como si quisieran que traspasara las paredes para llegar al aula contigua.
Si no mal recuerdo... estaba cursando mi último año de secundaria. Llevaba una materia llamada Health que fungía de Biología y Ciencias Naturales; la profesora, que no diré su nombre por si acaso, era la persona más paciente del colegio, incluso más paciente que el sacerdote. Tenía una voz arrulladora, sobre todo cuando hablaba en inglés, de modo que más de una terminaba con la cabeza metida en el libro.
El uniforme para profesoras constaba de una camisa de botones verde bambú de corte en v que se ajustaba al cuerpo con un lazo en la cintura, además de un pantalón recto oscuro. Así pues, mi maestra tenía la costumbre de desabotonarse los primeros botones del pecho, animada quizás por el hecho de trabajar en una escuela plagada de mujeres (a excepción de jardineros, policías y sacerdotes). Lo cierto es que el uniforme se veía más casual así.
No les voy a mentir: mi salón era un desastre cuando ella daba clases. La mitad hacía lo que quería, otras dormían y algunas pocas prestaban atención. Prometo que yo pertenecía al último grupo, a excepción de ese día que me decidí por hacer un avioncito de papel; estar en el último puesto me daría la ventaja de un salón completo donde planear. Fue entonces que lancé al aire mi creación, ¡que por cierto estaba muy bien hecha!
El avión cruzó el salón con tanta ligereza que pensé en dedicarme a crear aviones de papel profesionalmente. Hasta que vi a dónde se dirigía; la sangre se me fue a los pies y casi pude visualizar mi nombre en el reporte disciplinario. ¿Recuerdan el escote de mi profesora? De tantos lugares, entre cientos de posibilidades... mi avión quiso aterrizar ahí. Hubiera preferido que le picase un ojo antes de caer en medio de sus senos.
El avión quedó atascado verticalmente, incrustado más allá de la mitad en el interior de su blusa. Las pocas amigas que veían la escena estaban mudas, igual que yo. En mi cabeza resonaba los futuros regaños de mis papás por una falta de respeto tan grave; me veía privada de salidas y compras por varios meses.
Nadie esperaba que la maestra bajara la mirada al avión, lo sacara con toda la tranquilidad del mundo y lo echara a la basura como si se tratara de una pelusa. Ni siquiera se molestó en indagar quién lo había lanzado.
Dios es grande.
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