Anécdota 102
Anécdota anónima
Primero que nada, lo que estoy a punto de contar sucedió cuando tenía alrededor de nueve años. En ese tiempo mi mente estaba bastante pervertida; sin embargo, había muchas cosas que ignoraba.
Por aquellos días recibimos la invitación al cumpleaños de quince años de mi vecina. Todo lindo, todo hermoso. Bonita fiesta.
El problema empezó cuando ya había iniciado todo y a esta nena se le ocurrió ir al baño en compañía de su madre. Ella siguió su camino mientras yo en la entrada quedé embobada mirando un recipiente lleno de cositas de colores.
Que conste que en ese entonces yo sentía amor y fascinación por los chocolates Batom. Pueden encontrar fotos en Internet.
Sucedió que esos objetos extraños que tenía delante de mí eran muy similares a los chocolates Batom. Así que mi mente me llevó a estirar la mano hasta ellos, mientras mi lengua se hacía agua pensando que se trataba de chocolate. Mi mamá ni cuenta se dio de que agarré cinco de ellos. Si era chocolate, tenía que ser mío.
Me los guardé en el bolsillo. Todo lindo. Todo hermoso.
Al otro día en casa, recordé los chocolates y sin dudarlo corrí a recuperarlos.
Problema: no sabía abrirlos y luego de muchos intentos terminé rompiendo el papel. Cuando por fin lo abrí me encontré con un jodido tampón.
Pero, yo no sabía lo que eran, así que quedé totalmente anonada con el pedazo de algodón duro. En otras palabras, mi chocolate era un chocolate sabor algodón... duro.
Por si las dudas fui a preguntárselo a mi madre. Ella palideció e intercambió miradas entre mi chocolate y yo.
—¿De dónde lo sacaste?
—De un baño. ¿Qué es?
No. Ni por la cabeza me pasó pensar en lo tonto y antihigiénico que era poner chocolates en un baño.
—Un tampón —respondió sin mirarme.
Miré mi supuesto chocolate.
—¿Un tapón? ¿Y qué tapa?
¡No entendía que hacía un tapón en un jarro de un baño!
—No... no... un tampón —dijo recalcando la p—. Ya sabes... lo que te pones ahí... cuando viene...
—¿Ahí dónde, mamá? ¿Y quién viene? No entiendo.
La hora siguiente fue la más incómoda de mi vida. Tardé cerca de cuarenta minutos en comprender para qué servía un condenado tampón, quién rayos te visitaba y por cuál de todas las puertas lo hacía.
Desde ese entonces nunca comí algo sin leer el empaque.
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