Tulipanes
Aquel día venti algo de un mes cualquiera, mientras regaba la única flor que había decidido crecer en mi jardín de tierra sin vida. Apareció una dama con la piel delicada, cara de niña vende galletas y ojos marrones, casi negros como su cabello.
Me pidió un poco de agua para limpiar sus zapatos gastados untados de barro. Cuando le traía agua miraba la flor con avidez.
-¿La quieres? -pregunte.
Me miró y luego se volvió hacia la flor.
-¿Cuanto le ha costado a esa flor crecer en ese lugar sin vida?
Supongo que usted es feliz por lo ocurrido -dijo-. No tienes porque darmela aunque no te niego que la deseo.
Fui hacia donde estaba el tulipán sembrado y lo arranque.
-Tome -le dije-, es un regalo.
-Pero no la merezco, no he hecho nada por usted.
Insistí mucho hasta que aceptó quedarse con la flor.
-Es usted muy bonita -le dije antes de que se fuera-. Espero que de camino a casa vea la flor y me recuerde de algún modo.
Ella sonrió.
-Es usted muy amable.
Se fue.
Al día siguiente volvió, pero fue sólo para saludar, yo estaba feliz.
Habíamos forjado un lazo extraño. Ella de camino a su trabajo, y luego, de camino a casa se quedaba a dialogar un rato conmigo.
Fue muy extraño, por cada vez que ella venia crecía una flor.
Algunas veces le daba algunas. Otras salíamos y olvidaba el detalle. En serio era muy feliz.
Un día de la nada, nunca la volví a ver, jamás la olvido.
De la nada la quise mucho.
Hoy tengo el más bello jardín de tulipanes, se que se marchó, sin embargo, sigue viniendo de algún modo.
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