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Capítulo 5

—¿Entonces si vendrás a ver mi práctica? —Jimin pregunta, llevándose un cacahuate a la boca.

—¿Tengo otra opción? —bufó TaeHyung, revisando por enésima vez su closet—. ¿A qué hora es?

El reloj en la pared marcaba exactamente la una y media.

—Uhm... en treinta minutos, de hecho ya me tengo que ir. Por favor ven, necesito tu opinión, eres el único que me dirá con sinceridad si mi nuevo acto es bueno o es un asco.

No había ser humano en el planeta que fuese más directo que TaeHyung, desconocía el tacto, decía las cosas sin considerar la sensibilidad ajena y arrojaba sus pensamientos como un vil martillo que lesionaba a los débiles.

Era bueno hasta cierto punto, aunque en ocasiones le originara problemas con los individuos afectados.

—Tomaré eso como un halago —dijo, chasqueando la lengua.

Seleccionó una sudadera roja de su guardarropa y reanudó la búsqueda para elegir algún pantalón de chándal.

—Es la verdad, tú no tienes filtro —Le lanzó un cacahuate a la coronilla. No le atinó—. Como sea, ¿sí vienes?

—Ajá, solo me ducharé —comentó, aventando la prenda a su cama—, te veo en la carpa.

Jimin sonrió, cerrando su bolsita de botana y procedió a colocarse a un lado TaeHyung, llamando su atención al tocarlo por el hombro.

—Promételo —pidió, cuando se voltearon a ver.

—Jimin... —Le costó no bufar.

—Hazlo, ya te conozco y eres capaz de no llegar —Existían antecedentes que justificaban su duda—. En serio, es importante para mí.

—Ya lo sé y por eso mismo ahí estaré —refutó, hastiado—. ¿Por qué no me crees?

—No lo sé, me da la impresión de que vas a cruzar los dedos o algo parecido.

El castaño se rascó el lagrimal del ojo derecho y después levantó ambas manos, en un claro símbolo de rendición.

—Bien, ya, iré a ver tu bendito ensayo —Dedos extendidos, sin trucos de por medio—. ¿Contento?

—Sí —asintió una vez, observando su propia palma—. ¿Lo sellamos con saliva?

Estaba dispuesto a replicar el signo de promesa que realizaban años atrás, ese que consistía en escupirse en la mano y luego estrecharlas para cerrar el trato.

TaeHyung lo halló asqueroso en la actualidad.

—¡No! Que puto asco, ya no tenemos diez años —Puso una mueca en disgusto, renunciado a la proposición.

Los hombros de Jimin subieron y bajaron con decepción. Aguafiestas, tendría que confiar únicamente en su palabra.

—Bueno, era una sugerencia —canturreó, girándose hacia la puerta de la habitación—. Nos vemos en un rato y si no llegas, meteré tu cabeza al retrete.

Era gracioso que quisiera amenazarlo, el chico no asustaba ni a una puta mosca; cargaba con un aura tan pacífica y optimista, que animaba a cualquiera.

—Que sutil —Exhibió una sonrisa de labios juntos—. Con esas advertencias, ten por seguro que ahí estaré.

Jimin levantó el pulgar mientras caminaba hacia la salida, despidiéndose con un ademán adicional y se trasladó al exterior del lugar, tarareando la melodía que utilizaría en la función de esa noche.

Le tomó cinco minutos llegar a la carpa y otros cinco dirigirse a los camerinos improvisados que le montaron al personal atrás del gigantesco telón. Él no poseía uno individual, pero le gustaba compartir el espacio que le asignaron con el resto de su equipo, al final era amplio y tenía una buena distribución.

Cuando estuvo a punto de entrar a prepararse, vio que un chico de servicio arribó, empujando un estante rodante con un montón de trajes en colores llamativos. Las prendas colgaban de los ganchos, muy brillantes, aparatosas, cubiertas por un plástico que evitaba las manchas inesperadas de suciedad en el trayecto.

Una terrible preocupación le invadió al percatarse de que el rack fue situado afuera del camerino de Jungkook, siendo abandonado a un costado de la puerta y supo que aquella simple acción, desataría el caos en cuanto el trapecista llegara.

Era casi una ley, una regla estipulada que su vestimenta jamás debía quedarse expuesta en los pasillos, tenía que ser resguardada porque de lo contrario, los responsables lidiarían con una espantosa rabieta.

Todos lo sabían.

Todos, menos el pobre muchacho que puso en juego su serenidad al dejar los atuendos botados como si nada.

Jimin intuyó que era hora de realizar su buena obra del día, sintió la responsabilidad de salvarle la vida, así que se acercó a las exuberantes prendas, dispuesto a meterlas en el espacio designado.

No pudo evitar deslumbrarse, la tela con la que elaboraban los trajes era preciosa, suave al tacto, la lentejuela brillaba y las costuras parecían hechas a mano...

—¿Qué diablos haces tocando mi ropa?

Jesucristo, ¿por qué tenía una suerte tan deplorable?

Tuvo que girar en seco, Jungkook lo miraba con un gesto que le causó escalofríos, la forma en que alineaba las cejas era siniestra.

—¡No las estoy tocando! —Alzó las manos a la altura de su cabeza—. Quería guardar el estante en tu camerino.

—¿Lo dejaron aquí? —inquirió, perplejo—. ¿Quién fue el valiente?

Jimin no echaría a nadie a la hoguera, lo correcto para esa situación en particular, era mentir.

—No vi, cuando yo llegué ya estaba aquí —Esperó sonar convincente—. Sé que no te gusta que tu vestuario esté en el corredor, así que solamente lo iba a meter...

Jungkook respiró con calma y aunque no le creyó por completo, decidió comprarle la explicación y no indagar. Su ánimo estaba relativamente estable, no quería pelear ese día.

—Bien, da igual, vete de aquí —refunfuñó, sujetando el rack de un extremo—. Yo me encargo.

Era increíble que los de servicio fuesen tan incompetentes, su queja sería depositada en el buzón lo más pronto posible.

Irritado, abrió su camerino y trató de alinear el estúpido anaquel al vano de la puerta para que entrara sin chocar; el mueble móvil era ancho, llegó a pensar que no cabría por el reducido espacio y se preguntó como carajo lograban meterlo con facilidad.

A pesar de no haber solicitado ayuda, el alma buena de Jimin se solidarizó con la situación y le auxilió a enfilar el estante, consiguiendo que librara el marco cuando fue empujado hacia el interior de su vestidor.

Luego de ser posicionado en su sitio, Jungkook se aclaró la garganta.

—Gracias —murmuró, entre dientes.

No estaba de más reconocer el apoyo brindado, todavía era educado.

—No hay de qué —respondió el otro, asomando una sonrisita natural—. Jungkook, ¿puedo hablar contigo?

—No.

Bueno, una cosa era la educación y otra muy diferente, la interacción social.

—Por favor, es más o menos importante —insistió.

—Yo no tengo nada importante de qué hablar contigo, así que déjame en paz.

Era la realidad, consideraba que no existía ningún tema de conversación con él y su tiempo era muy valioso como para desperdiciarlo en una charla barata.

—Pero yo sí —Con un destello de esperanza, intentó de nuevo—. Solo me gustaría decirte que admiro mucho tu papel en el circo...

Jungkook lo mandó a callar con un aspaviento, verdaderamente estaba de más que dijera cosas de ese estilo.

—Ahórrate los cumplidos, no los necesito —espetó con desaire y reafirmo su postura, abrazándose a sí mismo—. Al grano, ¿qué quieres?

Jimin entendió que, con el trapecista, no era viable andarse por las ramas, pues era muy fácil acabar con su tolerancia y si lo que quería era solucionar un dilema, debía evitar la creación de otro.

—Solo quiero pedirte una disculpa —masculló sin tapujos.

—¿Una disculpa? —recriminó, atascado en un aire de grandeza—. ¿Por husmear en mi ropa o por invadir mi privacidad?

—No, nada de eso —Sus dedos se entrelazaron por el frente—. Sé que ya han pasado varios años desde que nos dejamos de hablar y también sé perfectamente cuál fue la razón.

Las esquinas en la boca del menor, subieron con lentitud.

—Y según tú, ¿cuál fue la razón? —sondeó, con clara burla.

—Lo que dije de ti cuando escuchaste la plática que tuve con TaeHyung.

Jungkook tuvo que pasarse los dedos por el mentón, su sonrisa no desistió.

—Ya, pues ni siquiera me acuerdo —esclareció con sorna—. Fue tan insignificante lo que tú dijiste que no le tomé importancia.

El ojimiel se humedeció los labios. Ya entendía porque la mayoría lo respetaba tanto, el desgraciado imponía con solo hablar.

—Bueno, aún así, me gustaría pedirte una disculpa —No se retractaría, lo óptimo era actuar como un adulto—. Mis acciones fueron injustificables, era un niño y gracias a mi madre supe que no estuvo bien hablar así de ti.

Una risa sardónica voló por los aires en consecuencia a su aclaración.

—¿A quién quieres engañar, Jimin? —Se amoldó los cabellos hacia atrás.

—A nadie, de verdad, estoy siendo totalmente honesto —Pestañeó despacio, se sentía absurdamente vulnerable—. Tal vez es raro que te lo diga, pero hemos crecido y creo que somos lo suficiente maduros para saber aceptar los errores.

—Es eso, ¿o quieres aliviar el sentimiento de culpa? —Jungkook desenvolvía sus respuestas con astucia—. Si te hace sentir tranquilo, los malos comentarios dejaron de importarme desde aquel día, así que yo te agradezco que hayas sido un imbécil junto con TaeHyung.

De alguna forma, si les daba un poco de crédito por haber sido un pilar de suma importancia en la formación de su carácter. Si nunca los hubiese escuchado, probablemente sería el mismo idiota del que todos se burlarían tarde o temprano.

Y no, ya no más.

—Lo lamento, de verdad —Por su parte, Jimin estaba realmente mortificado—. Nunca debí abrir la boca, hablé de más y estoy sinceramente arrepentido por eso. Espero puedas entenderlo y aceptar mi disculpa, no medí el alcance de mis palabras.

Sin quitar el gesto de aversión, Jungkook lo escaneó, tratando de detectar un rastro de hipocresía o falsedad.

No lo encontró, ese chico era igual de transparente que un cristal, fácil de leer y su lenguaje corporal sustentaba a la perfección los vocablos que pronunciaba.

Si lucía arrepentido.

—Al menos tienes las agallas de admitir que fuiste un estúpido.

—No tengo forma de defenderme, si lo fui —Jimin atinó a decir, moviendo su nariz—. Lo siento, a raíz de eso yo igual aprendí a no hablar mal de la gente.

—Entonces fue un ganar-ganar —clamó con soberbia—: No te preocupes por eso, tú ni eras mi amigo.

—Aún así, no tiene nada de malo reconocer que me equivoqué.

La incomodidad desapareció del ambiente, el desazón se fue eliminando y la actitud negativa del menor, disminuyó. Odiaba aceptarlo, pero valoraba en demasía esa tonta disculpa del inadvertido sujeto.

—Bueno, ya puedes dormir en paz —Acompañó la frase con una sonrisa agridulce—. ¿Y bien? ¿No tienes algo mejor que hacer?

Jimin también sonrió, al fin se había liberado de una carga moral que por mucho tiempo, lo atormentó.

—Sí, tengo práctica —Se veía muchísimo más relajado.

—Bueno, apresúrate, porque después de ustedes voy yo —dijo, antes de darle la espalda y mirarse al espejo—. No quiero que tomen ni un solo minuto extra.

El dúo de jóvenes se observó por el reflejo; ya estaba escrito un tratado de paz que avalaba una relación cordial, tal vez no de amistad, pero sí de buen trato.

Para Jimin, eso fue suficiente.

—¿No llevas prisa? —instó Jungkook.

—Sí, me voy —Afable, agitó su mano de lado a lado previo a retirarse—. Nos vemos después, y gracias por escuchar.

—Ya lárgate de aquí —cacareó con gracia y apreció que cerrara la puerta al salir.

De igual manera, Jungkook sintió un alivio al no ir en contra de la corriente.

Ese fue su modo de otorgarle el perdón.

[...]

A TaeHyung le nacían puros comentarios positivos acerca del nuevo y mejorado acto de Jimin.

Verlo caminar como si nada sobre una cuerda suspendida a diez metros de altura era extraordinario, la práctica constante hacía al maestro y el chico era la prueba de viviente de la perseverancia.

Sentado en la tercera fila de la gradería solitaria, disfrutaba del ensayo general de los funámbulos mientras degustaba de un hot-dog que adquirió antes de entrar.

En medio del interesante entrenamiento, notó que su amigo saludó a alguien desde la plataforma elevada y la curiosidad lo hizo virar en la misma dirección, descubriendo que su gesto fue correspondido por un ser despreciable.

Casi se ahoga, tuvo que toser para que el pan de su alimento no lo llevara a una muerte vergonzosa. Se limpió las comisuras con la servilleta y endureció sus facciones al ver que Jungkook tomaba asiento dos filas abajo de la suya, tan campante, despreocupado...

El grupo de equilibristas estaba igual de asombrado e inevitablemente, cuchichearon al respecto; era inaudito que un mortal fuese digno de recibir el saludo de Jeon a menos que se tratara de MinGyu, realmente ninguno esperó aquella nimia reciprocidad en la seña cordial.

Y eso, levantó un tornado de sospechas en TaeHyung.

Entonces, optó por realizar su investigación, olvidándose de las limitaciones y se transportó hasta el sitio ocupado por el menor, quien no hacía más que observar con tranquilidad el desarrollo de una chica transitando con elegancia en el alambre tensado.

¿Ahora le importaban los demás? Por el amor al cielo, eso no se lo creía ni su madre.

—¿A qué se debe tu repentino brote de compañerismo? —Lo enfrentó con frialdad, parándose a un costado del asiento.

Jungkook le lanzó una vistazo rápido e inmediatamente, puso los ojos en blanco.

—No es de tu incumbencia —dijo, inspeccionándose las uñas.

—Sí lo es, ¿por qué saludaste a Jimin?

—¿Quieres dejarme ver la práctica? —solicitó con dureza—. Deja de molestar, vete de aquí.

No se desgastaría, escuchar la tormentosa voz de TaeHyung era como tener un taladro jodiéndole el oído.

—Primero responde —Le tronó los dedos frente a la cara—. No voy a dejar que dañes a mi mejor amigo.

—¿Dañar? —Fingió una sonrisa y nuevamente, lo miró—. Por Dios, tengo cosas más importantes que hacer.

—Tú no das paso en falso, Jeon —Se adelantó, encapsulando las pupilas ajenas—. No sé que estás tramando pero te juro que no voy a dejar que hagas algo para afectar a Jimin, ¿me oyes?

—Carajo, ¿tú de verdad piensas que yo vivo poniéndole el pie a todos? —exclamó a la defensiva.

El buen humor con el que amaneció, se estaba evaporando.

—Así parece, no por nada eres el bicho excluido de aquí.

—En primera, a mi no me excluyen, que yo no quiera juntarme con ellos, es muy diferente —Contabilizó con dos dedos, levantándolos en secuencia—. Y en segunda, ¿por qué no usas tus poderes astrales para adivinar mis intenciones? Si tan malas son, ya deberías saberlo.

TaeHyung sintió una atadura invisible en las muñecas.

Él no podía hacer eso, las visiones que tenía jamás eran claras, usualmente lo que percibía eran cambios de energía, sombras en el plano terrenal y corazonadas que todavía no sabía como manejar.

Para ver todo lo que se volvía un acertijo en sus pensamientos, era necesario apoyarse de las cartas y esclarecer la bruma que le denegaba la apertura al panorama exclusivo del sexto sentido.

En este caso, solo se atrevía a decir que tenía un mal presentimiento con respecto al fugaz intercambio de saludos, algo no le daba buena espina.

—Eso no funciona así...

—Créeme que no me interesa saber como funciona, de igual forma no te creo —Torció la boca y resopló—. Estúpido charlatán.

El mayor presionó las muelas con fuerza, su mandíbula se marcó bajo la fina capa de vello facial.

—No estoy bromeando, ni siquiera pienses en perjudicarlo —sentenció.

—Sí, sí, que gran amigo resultaste ser —Dio dos aplausos con pereza—. Todo un guardaespaldas, un perro guardián, ¿sabes ladrar y dar la patita?

La entonación cargada de presunción lo sacó de sus casillas.

—Eres un...

—¿Insoportable? ¿Molesto? ¿Arrogante? —Con mordacidad, le socorrió para complementar la oración—. ¿Qué otro adjetivo se te ocurre? Ya me los sé todos y que flojera seguir escuchando lo mismo, inventa otros, ¿no?

Aquello, ocasionó que TaeHyung cayera primero al barranco.

—Mocoso malcriado.

Jungkook tampoco pudo contenerse, su estabilidad emocional se irregularizó.

—Idiota inmaduro.

—¿Inmaduro yo? ¡Mira quien habla! —La acidez del momento desató su lengua—. ¡El que me devolvió un elefante por puto orgulloso!

El escándalo fue trágico.

—¿Sí? ¡Peor aún! —Se irguió, desafiándolo cara a cara—. ¡Lo dice el que se ganó el elefante solo para humillarme!

—¡Basura humana!

—¡Escoria!

Nunca notaron que comenzaron a gritar.

—¡Oigan! —En cambio, el instructor circense sí se percató del embrollo—. ¡Si tienen temas de importancia que arreglar, les voy a pedir que los traten afuera!

Ambos jóvenes se torcieron el cuello al girar de filo, el estallido de la bomba les nubló la conciencia.

—¡¿Y tú quién te crees para correrme?! —Jungkook desquitó su furia con quien no debía.

—¡Uno de los entrenadores, Jeon, ubica tu posición! —El hombre no toleró la mala contestación—. ¡Váyanse!

Pésima jugada, la exasperación lo manejó y no alcanzó a poner siquiera el freno de mano.

Gracias a su estúpida equivocación, estaba decretado que lo irían a reportar con su madre, le contarían sobre la falta cometida al responder sin moderación y tendría que soportar una charla eterna sobre el respeto a sus superiores en el trabajo.

Él conocía el margen que no debía rebasar, pero enojado se desconectaba de lo permitido. En ese tipo de situaciones, consideraba contraproducente que su progenitora fuese la líder del grupo.

¿Podría su tarde decaer más?

Resignado, emprendió camino y con la amargura picando en su sistema, atravesó una de las salidas laterales de emergencia, sintiendo que TaeHyung le pisaba los talones al seguirlo de cerca.

—¡¿Ves lo que provocas?! —rugió, con los niveles de tolerancia bajando hasta el cero—. ¿Sabes lo importante que era para Jimin tenerme ahí?

—¡¿Cómo te explico que no me importa?! —Sacó una bocanada de aire, avanzando al patio trasero de la gran carpa—. ¡Tu fuiste quien inició!

—¡Está claro que solo piensas en ti! —parloteó en un alarido—. A ti no te interesa lo que ocurra a tu alrededor mientras tú estés bien.

El desagrado parpadeó sobre las facciones de Jungkook.

Ya nada podía ser peor, se había ganado un reclamo por parte de un entrenador, lo que a su vez lo llevaría a un regaño de su madre y ahora, malditamente tenía que soportar el mal genio de TaeHyung hasta que este decidiera cerrar la boca e irse.

Porque él estaba agotado y no se trataba de un agobio físico, estaba ligado a ser cansancio mental y emocional; su energía descendió, lo único que ansiaba era meterse a la cama y dormir por veinte horas seguidas.

—Piensa lo que quieras, me tienes cansado —dijo, al pausar su recorrido a medio sendero.

Se sobó la frente, la jaqueca punzó en su cabeza.

—Tú me tienes cansado a mí, niñato egoísta —Lo tomó del brazo, forzándolo a voltear de un jalón.

Sus miradas se atrajeron como el metal a un imán, los suaves cabellos del menor desprendieron un sutil aroma a coco al menearse y TaeHyung se sintió brevemente mareado por ello.

La situación dio un giro de ciento ochenta grados, el trecho que separaba sus cuerpos era mínimo, tanto que ocasionó un nudo simultáneo en sus estómagos.

Hubo un resplandor fugitivo, una luz indiscreta que ninguno supo esquivar.

A Jungkook se le retorcieron las tripas, tener a centímetros la cara de TaeHyung era un jodido martirio; las líneas de expresión trazaban delicadamente su semblante, el color de sus orbes conservaba la peculiar intensidad y sus pómulos aún resaltaban juguetonamente.

El diablillo en su oído atascó su mente de neblina, impidiendo que reflexionara y lo impulsó a tomar el riesgo de tentar un terreno no explorado.

—Vago mentiroso —dijo, restando peligrosamente la distancia entre sus rostros.

No estaba utilizando su lado lógico, ¿qué podía perder? Se acostumbró a su rechazo constante, sumar otro más a la lista no sería la gran cosa, si lo empujaba o le estampaba la mano en la mejilla, al menos lo haría entrar en razón.

Lo guiaba un misterioso instinto.

—Fastidioso.

Sin embargo, TaeHyung no se movió de su lugar, la suela de su calzado parecía clavada al piso.

Sus terminaciones nerviosas quedaron alerta al tener la punta de una nariz perfilada, rozando con la suya.

—No me vuelvas a llamar así, embustero de mierda —Utilizó el último recurso.

—Tú no me dices que hacer —La proximidad era aterradora, y aún así, continuó firme—. Fasti-...

Todo ocurrió demasiado rápido.

Sus corazones galoparon con viveza, anunciando que podrían escaparse de su pecho y oyeron a detalle el sonido que realizaron al respirar entrecortado.

TaeHyung trastabilló cuando unas manos le rodearon por el cuello, aturdiéndolo como pocas veces en la vida. Algo estalló en su pecho, similar a un volcán haciendo erupción, un terremoto devastador o una tormenta eléctrica...

Tenía una boca cerrándose sobre la suya, unos dientes mordiéndole el labio inferior y el calor de un beso tosco, propagándose por cada minúscula parte de su organismo.

Inverosímil.

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