
━━━Extra XII
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Extra XII
ꜱᴏʙʀᴇ ʟᴀ ᴠɪꜱɪᴛᴀ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴜᴇʀᴛᴇ
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APOLO DETUVO EL MASERATI FRENTE A MI CASA CUANDO DESPUNTABA EL ALBA.
Nico bajó del coche sin decir palabra, cerrando la puerta tras de sí con cuidado. El silencio que quedó entre nosotros no era incómodo. Había dolor todavía. Claro que lo había. Quizá siempre lo habría cuando pensara en Michael. Pero por primera vez en semanas, no me dolía respirar.
Apolo no soltaba mi mano. La tenía entre las suyas, como si al dejarla ir todo se fuera a desmoronar.
Me sentía en paz, me sentía libre de amarlo. Aunque una parte seguiría sintiéndose siempre culpable de seguir viva, estaba dispuesta a vivir haciendo honor al sacrificio de Michael.
—¿Quieres quedarte a desayunar? —pregunté en voz baja.
Apolo no respondió de inmediato a mi pregunta. Sus ojos, dorados como el amanecer que se filtraba por el parabrisas, se mantuvieron fijos en los míos. Acarició el dorso de mi mano con los pulgares, como si tratara de memorizar mi piel.
—Quiero quedarme contigo para siempre, no solo a desayunar —susurró al fin, rompiendo el silencio con una ternura que me estremeció.
Me reí.
—Ah estamos coquetos.
—Te encanto así.
—Mucho. —Me incliné hacia él, besándolo suavemente.
Sus labios sabían a promesa, a algo eterno, a un calor que ni siquiera el sol que nacía en el horizonte podía igualar. Lo besé con cuidado, como si aún estuviera aprendiendo cómo era quererlo sin sentir que traicionaba una parte de mí. Apolo me correspondió con la misma delicadeza, como si temiera romperme.
El mundo entero parecía haberse detenido para dejarnos respirar el uno al otro.
Cuando me separé, él se quedó inmóvil, sus ojos aún cerrados, sus labios entreabiertos, tratando de retener el instante un poco más. Cuando por fin abrió los ojos, su mirada era de esas que hacen que el pecho duela de lo bonito. Me acarició la mejilla y sonrió. Una sonrisa leve, apenas visible, pero que llevaba el peso de mil amaneceres.
—Hoy diste un paso enorme —dijo con orgullo, como si yo hubiese hecho algo imposible.
—No lo habría hecho sin ti —confesé.
Sonrió.
—No lo hiciste por mí, Dari. Lo hiciste por ti. Por él.
—¿Crees que vaya a estar en paz? —pregunté en voz baja, apenas un susurro entre el aliento y el miedo.
Apolo no necesitó que dijera su nombre.
—Creo que está más en paz que nosotros —dijo sin soltar mi mano—. Pero sí, Dari… sí lo está. Habló contigo. Se despidió. No todos tienen esa oportunidad. Y él la aprovechó.
Me quedé en silencio. El motor del Maserati estaba apagado, pero aún podía oír el eco de mi corazón latiendo con fuerza. El amanecer se colaba por la ventana, tiñendo los cristales de un dorado suave. El color de sus ojos.
—¿Y tú? —pregunté sin pensarlo—. ¿Tú estás en paz?
Me miró entonces, de esa forma que solo él sabía mirar, como si pudiera ver todo lo que me callaba, como si sus ojos dijeran “yo aguanto, yo te espero”.
—No del todo —admitió—. Me duele verte herida. Me duele no poder sanar con un solo toque todo lo que te duele. Pero si tengo que pasar cada uno de mis días demostrándote que no estás sola, lo haré. Hasta que tú también estés en paz.
Sonreí, con lágrimas en los ojos.
—A veces olvido lo mucho que me amas.
—Y yo, a veces, me olvido de que no puedo salvarte de todo —susurró, acercándose un poco más—. Pero siempre voy a intentarlo
Incliné la cabeza, apoyando mi frente contra la suya.
—Gracias por quedarte.
—Gracias por dejarme hacerlo.
Nos quedamos así un rato, el aliento compartido, las manos unidas. A veces la eternidad cabía en esos silencios breves, en los latidos que no se ven pero se sienten.
—Bueno… —susurré con una sonrisa cansada—. Hora de bajar. Tengo hambre.
Apolo rió, un sonido suave y cálido.
—Vamos a alimentarte, entonces.
Me dio un último beso, y se bajó. Lo vi rodear el auto y abrirme la puerta. Tendió la mano y me ayudó a bajar. Apolo tendía a tener esos gestos conmigo, le gustaba muchísimo “cortejarme a la antigua”. Y no es como que a mi me disgustara. Era lindo sentirse así de amada.
El aire fresco de la mañana me dio en la cara. El cielo ya se había teñido de ese azul claro que anuncia un nuevo día. No sabía si estaba lista para enfrentar el mundo, pero estaba lista para dar ese paso.
Entramos a casa sin hacer ruido, pero el aroma a pan tostado y café ya inundaba el ambiente. Escuché el tintinear de cubiertos y platos desde la cocina, y supe que mi madre y mi abuelo ya estaban despiertos.
—Buenos días —dije, entrando a la cocina con él detrás de mí.
Mamá se giró con una espátula en la mano y el cabello aún húmedo por la ducha. Su rostro pasó de la sorpresa al alivio en un solo segundo. Mi abuelo, sentado a la mesa con su taza de café y el diario del día, levantó la vista y esbozó una sonrisa cálida, de esas que te envuelven como una manta vieja y querida.
—Mira quién decidió volver a casa —dijo con una voz ronca y suave.
Le di una sonrisa leve. Noté de inmediato como ambos se relajaron. Sus hombros tensos, a pesar de que intentaban fingir que no. Me sentí culpable. Las últimas semanas había sido una bomba de tiempo de mal carácter, era en parte la razón por la que trataba de quedarme más en el campamento. No quería gritarles o pelear con ellos, no tenían la culpa de todo lo que me había pasado. Sobre todo porque era con mi madre con quien más me descargaba, y ella lo único que había hecho, había sido enamorarse de mi padre y amarme mucho.
Me solté de la mano de Apolo y caminé hacia ella. Se sobresaltó cuando la abracé, y la culpa se volvió más fuerte. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Nunca pensé que mi madre llegaría a temerme.
—Lo siento —sollocé contra su pecho.
Mamá me envolvió con sus brazos. No dijo nada al principio. Solo me sostuvo. Y yo me aferré a ella como si fuera lo único que me mantenía a salvo de romperme del todo. Sus manos me acariciaron el cabello y supe que estaba llorando también, porque podía sentir sus lágrimas caer sobre mi cabeza.
—Yo también lo siento, mi pequeño pastelero —susurró, con la voz trémula—. Por no haber sabido cómo ayudarte. Por no poder quitarte el dolor.
Negué con la cabeza, incapaz de hablar por el nudo en mi garganta. Me aferré más fuerte a ella, quería decirle con eso todo lo que me costaba pronunciar.
—Solo… solo necesitaba que alguien me esperara —logré decir al fin, con la voz hecha trizas—. Y ustedes lo hicieron. Gracias por no soltarme.
Cuando me separé de a poco, mamá me sostuvo el rostro entre sus manos, como cuando era niña y me había caído de la bicicleta. Sus ojos estaban rojos, pero su sonrisa era suave.
—Nunca lo haríamos, Darlene. Jamás. Tú eres nuestra luz, incluso cuando no puedes verla tú misma.
Mi abuelo se levantó de la silla sin decir una palabra y me rodeó con sus brazos. Olía a café, a colonia y tabaco para pipa. A seguridad. A mi infancia en Londres.
—¿Sabes? —murmuró, separándose apenas para mirarme—. Todos hemos cargado con pérdidas, con ausencias. Pero si te aíslas, si te encierras, el dolor crece hasta que no cabe en ti. No vuelvas a callarte. Aquí nadie te juzga por sentir.
Asentí, con las lágrimas corriéndome por el rostro.
Apolo seguía a unos pasos detrás, dándome espacio, con las manos entrelazadas al frente. Pero lo miré, y supe que también era parte de mi hogar. Parte de todo lo que me mantenía en pie.
Cuando nos apartamos, mi abuelo dijo que iría a ver las vacas. Él adoraba saber qué en nuestro “jardín” pastaban las legendarias vacas del sol y había saturos cuidándolas. Era el sueño de su vida poder hablar con ellos y conocer tanto de mi mundo.
Mamá se limpió la lágrimas y asintió.
—¿Quieren desayunar? Hice tortitas. Y el café está recién hecho —dijo mamá como si fuera cualquier mañana. Como si las últimas semanas hubieran desaparecido de la nada—. Tú hermano se está duchando, mejor aprovechan antes de que baje y se coma todo.
Asentí, tragando con dificultad la emoción.
—Sí, gracias. Tenemos hambre.
Ambos nos sentamos, Apolo volviendo a sostener mi mano. Lo miré y él se inclinó para darme un pequeño beso que me sacó una risa baja.
Apolo levantó la vista, y la apartó de repente. Me giré hacia donde él veía y me di cuenta que mamá estaba mirándonos fijamente. Ella había acabado aceptando a mi novio porque sabía que me hacía feliz, pero suponía que aún era extraño para ella verme así con él.
Meneó la cabeza, sonriendo divertida, y dejó los platos en la mesa.
—Ese niño se está demorando demasiado —comentó, mirando el reloj de la cocina y luego la escalera con una ceja arqueada—. Se le va a enfriar todo —añadió, antes de desaparecer por el pasillo.
Apolo me miró, aún con una sonrisa en los labios. Jugaba con mis dedos sobre la mesa, sus caricias lentas y distraídas.
—¿Te sientes un poco mejor? —preguntó con esa voz suya, que siempre parecía hecha para decir cosas importantes.
—Sí —admití, sin necesidad de pensarlo demasiado—. O al menos… me siento menos rota.
Asintió, como si esa respuesta fuera suficiente. Lo era. Para él, siempre lo era.
—Nunca pensé que el dolor pudiera doler menos —susurré, con los ojos fijos en nuestras manos entrelazadas—. Pero hablar con él… sentí como si algo que tenía atado al pecho se aflojara. No desapareció, pero ya no me ahoga.
—Te vi —dijo Apolo. Su tono era bajo, pero firme—. Te vi cuando lo soltaste, Dari. Y juro por todos los dioses, fue lo más valiente que he presenciado en siglos.
Sentí un nudo en la garganta de nuevo, pero era diferente. No era tristeza. Era gratitud. Era alivio.
—¿Te preocupaba que lo eligiera? —pregunté, con una media sonrisa que intentó ser juguetona, pero no logró ocultar del todo el temblor de inseguridad que aún cargaba.
Apolo alzó una ceja y negó con la cabeza.
—No. Tenías razón en que no debía estar celoso, sé que me amas. Confío en ti. Me preocupaba qué eligieras vivir rota. Que eligieras quedarte conmigo sufriendo, que nunca lo dejaras ir y no ser capaz de aliviar ese dolor.
Mi corazón dio un vuelco. A veces odiaba lo fácil que era para él decir esas cosas y hacerme sentir si todo el universo se acomodara a mi alrededor.
—No merezco lo mucho que me amas —susurré.
Apolo se inclinó un poco más sobre la mesa, y su voz se volvió apenas un suspiro entre nosotros.
—No. Tú mereces mucho más de lo que yo soy capaz de darte. Pero me voy a pasar la eternidad intentando alcanzarlo.
Lo besé. Porque no había palabras suficientes.
El aroma a café y tortitas todavía flotaba en el aire cuando una corriente helada atravesó la cocina como una daga. Me quedé quieta. El vapor de las tazas se disipó en un instante. La calidez que me envolvía, la calidez de mi familia, de Apolo, desapareció tan de golpe como si alguien hubiera cerrado el mundo.
Sentí el escalofrío primero en la nuca. Luego se deslizó por mi espalda como un dedo huesudo recorriéndome la columna, lento, invasivo. Tragué saliva. No era un frío normal. No el del invierno, ni siquiera el de la madrugada. Era... ausencia. Era como si algo hubiera arrancado la vida del aire.
Apolo alzó la mirada de inmediato. Sus dedos, que jugaban con los míos hace un segundo, se tensaron. Su rostro cambió. De la dulzura de un enamorado pasó al semblante del dios. Lo vi en sus ojos: lo había sentido también.
—Buenos días.
Me giré sobresaltada ante el recién llegado. Estaba de pie en la cocina. Había llegado en un silencio perturbador. Era alto, ojos negros melancólicos. Pálido como un muerto. Llevaba un estilo extraño, como una mezcla entre hombre de negocios y un adoleacente emo.
Parpadeé confundida. Era mi padre. Estaba segura. Pero no lo era al mismo tiempo. No lo comprendía.
Su rostro, sí. Su voz, parecida. Incluso su porte relajado, ese que siempre me hacía sentir que todo estaba bajo control. Pero había algo...vacío. Algo profundamente equivocado. No había amor en su mirada, ni chispa, ni burla, ni esa ternura con la que Eros solía mirarme incluso en nuestros peores días. No. Había un abismo.
—¿Papá? —pregunté con la voz rota, aunque en el fondo ya sabía que no era él.
El hombre me miró como si evaluara el peso de mi existencia. No sonrió. No vaciló. Solo inclinó la cabeza levemente, como un juez que confirma una sentencia.
Apolo se puso de pie con un movimiento fluido, interponiéndose entre él y yo sin necesidad de palabras.
—No es Eros —murmuró, sin apartar la vista del intruso—. ¿Qué haces aquí, Thanatos?
Me quedé sin aliento. Literalmente. Como si mis pulmones se hubieran negado a seguir funcionando al oír ese nombre.
Thanatos.
No era un nombre cualquiera. Lo conocía. Todos lo conocíamos. El dios de la muerte. El final inevitable. El susurro silencioso que se lleva a los mortales en su último aliento.
El hombre sonrió, pero fue una sonrisa triste. No peligrosa. No cálida. Sino algo entre ambas cosas, cargada de un lamento profundo por estar allí, por cargar con el peso de su existencia. No parecía querer ser quien era.
—No tienes que ponerte a la defensiva, Apolo —dijo con voz serena, pero tan baja en temperatura que sentí el alma empaparse en un balde de agua helada.
—Disculpa si no te creo, pero siempre que nos cruzamos te llevas a quienes amo.
La manera en cómo lo dijo; su postura, protectora cubriendo mi cuerpo de la vista del otro dios, y a la vez amenazante; y el inmenso calor que desprendía, igual a un sol a punto de explotar, era una advertencia clara: si Thanatos intentaba siquiera dar un paso hacia mí, Apolo lo reduciría a cenizas.
Y el dios de la muerte lo sabía. Suspiro, negando con la cabeza.
—No he venido por nadie —dijo Thanatos, dirigiéndome una mirada directa, penetrante, como si buscara algo en lo más profundo de mi alma—. Solo quiero hablar.
Sus palabras no fueron un consuelo. No del todo. El frío no se fue. El miedo tampoco.
Apolo no se movió. No parecía creerle. Yo tampoco, la verdad.
Inspiré profundamente, tratando de calmar el temblor en mis manos.
—Apolo, está bien —dije, colocando una mano en su brazo—. Quiero escuchar lo que tiene que decir. —Él me miró, ya la conocía, esa mirada que me decía que pensaba que estoy loca. Pero finalmente asintió, retrocediendo un paso sin dejar de vigilar a Thanatos—. Entonces… ¿de qué quieres hablar?
—He venido porque hay asuntos pendientes, pequeña fugitiva.
Fugitiva.
¿Dónde había escuchado esa palabra?
Se me cortó el aire. La visión del oráculo. Thanathos sonrió con pesar.
—Veo que lo comprendes. La muerte se ensaña con su escurridiza fugitiva.
Apolo gruñó, apenas audible.
—Fugitiva mis pelotas, alejate de ella.
Pero Thanatos lo ignoró. Mantuvo sus ojos en los míos, profundos, oscuros, como si se abrieran a un abismo sin fin.
—Darlene Backer, no soy un dios con el que se juega. Me tomó mi trabajo muy en serio, por eso nadie escapa de mí una vez que su hilo de vida se corta. El tuyo se cortó, pero alguien intervino. —Sus ojos se deslizaron hacia Apolo.
Mi mirada voló hacia Apolo. Él no me miró. Estaba demasiado ocupado observando a Thanatos, esperando en silencio el más mínimo movimiento, preparado ya para lanzarse aunque supiera que esa batalla no se libraría con luz ni con fuego.
—Hades es tu señor, él lo aprobó.
Thanatos asintió.
—Y por eso no vine por ella la primera vez que su alma escapó. —Ladeó la cabeza, como un cuervo curioso ante una pieza de carne—. La segunda vez…estabas lista, un último aliento a punto de extinguirse y de repente. Nada. Otra vez llena de vida.
Mis dedos se cerraron con fuerza en el brazo de Apolo, aunque él no me miraba. No podía. Estaba contenido, al borde del colapso, de una furia ciega.
—La muerte no es un simple fin — continuó—. Es equilibrio. Cuando alguien que ha sido reclamado regresa al mundo de los vivos… se rompe algo. Algo que no siempre se puede reparar. Hay consecuencias por alterar el orden natural.
Apolo bufó con desprecio.
—Ella no rompió nada. Fue una decisión tomada entre dioses. No le corresponde pagar por nuestras acciones.
—Y sin embargo es ella quien sigue viva —replicó Thanatos con una calma que me heló los huesos—. Pero creo que ya has aprendido, qué tratando de evitar que tus seres queridos pasen por mis manos, peores cosas suceden u otros toman sus lugares. —Asentí—. No se puede escapar de la muerte. El destino de todos los mortales.
—Su destino es el Olimpo, a mi lado por la eternidad —siseó Apolo.
—Puede ser —concedió. Su voz era suave, casi compasiva. Se acercó un paso más. Esta vez, Apolo extendió un brazo frente a mí.
—No des un paso más.
Thanatos no avanzó, pero tampoco se detuvo del todo. Se quedó allí, al filo de la distancia.
—Pero no tendrás una tercera oportunidad. Si tengo que venir a buscarte una vez más, no habrá ningún llanto o poderes mágicos curativos que te salven. Será el final.
No lo gritó, ni lo escupió. Lo dijo con la calma devastadora de quien no miente. De quien nunca se equivoca.
Y a pesar de que podía darme cuenta que Apolo se sentía personalmente ofendido por aquellas palabras, esta vez no lo contradijo. No se movió. Su brazo aún estaba extendido frente a mí, como si pudiera detener la misma muerte con un gesto. Tragué saliva.
Mis dedos buscaron los suyos a ciegas. Los encontré. Estaban fríos. No como Thanatos, no como el aire, pero fríos de miedo. Y eso me asustó aún más. Apolo tenía miedo.
—Por favor, no creas que es personal, solo cumplo mi trabajo. Bien lo dijo mi señor Hades en su tiempo. Mientras siga siendo mortal, la muerte seguirá siendo tu destino final.
Era una verdad ineludible. Y, sin embargo, sonaba como una condena.
Apolo no dijo nada. Solo apretó mi mano. Ya no intentaba ocultar el temblor en sus dedos. No frente a mí. Y en ese gesto mudo, comprendí que no solo era miedo lo que lo sacudía. Era dolor. Dolor de saber que no podía protegerme de esto.
—Entonces… —empecé, con la voz áspera por dentro—, ¿eso es todo? ¿Has venido a recordarme que moriré?
No respondió de inmediato. Me sostuvo la mirada. Ya no parecía un verdugo. Tampoco un juez. Se veía cansado. Como si cargar con las verdades absolutas fuera una maldición más pesada que la muerte misma.
—He venido porque aún tienes la oportunidad de decidir qué vida quieres vivir —dijo por fin—. No todos la tienen. Aprovechala.
No pude evitar reírme. Un sonido seco, ahogado. Sarcástico, incluso.
—¿Eso fue un consejo? ¿De la Muerte?
Thanatos alzó una ceja, con la sombra de una sonrisa triste en los labios.
—He aprendido que los mortales a veces entienden mejor el valor de la vida cuando la han perdido una vez. O dos.
—Agradezco el consejo —mascullé entre dientes.
Yo tampoco tenía nada personal contra él a pesar de que se había llevado a todas las personas que amaba de una manera dolorosa. Pero quería que se fuera.
—No tienes que ser amable ni cortez —dijo como si hubiera leído mis pensamientos—. Estoy acostumbrado a que la gente me desprecié. Es parte de lo que soy.
Ok, ahora me sentía avergonzada.
—Lo siento, yo no quería….
Thanatos levantó la mano.
—Antes me confundiste con tu padre, suele pasarme seguido. La muerte y el amor tienen demasiado en común, y aunque yo suelo ser más piadoso que él, más previsible, la gente suele detestarme más a mí. Ha sido así desde siempre. Y es entendible, soy la única verdad irrefutable que todos los mortales están obligados a padecer.
Me quedé en silencio. No porque no tuviera nada que decir, sino porque, por primera vez, Thanatos me parecía... humano. No en su esencia, seguía siendo la muerte encarnada, pero había una sinceridad tan brutal en sus palabras que me dejó sin aliento.
Sus ojos, negros como la nada misma, ya no me parecían vacíos. Eran antiguos. Cansados. Llenos de todo lo que había presenciado desde que asumió esta tarea.
—Supongo que... —dije al fin, bajando la mirada a mis manos entrelazadas con las de Apolo—. Supongo que no había pensado en ti así. Siempre fuiste... la muerte. No alguien con sentimientos.
—Tengo sentimientos, y muchos. Pero, está bien, entiendo lo que quieres decir.
—Lo siento.
—Deja de disculparte, ya te dije que estoy acostumbrado.
—Eso no está bien —repliqué, frunciendo el ceño—. Que seas la muerte no significa que está bien acostumbrarte a que todos te desprecien.
Thanatos me observó por un momento más largo de lo necesario. Sentí como si buscara algo en mi interior. Algo que incluso yo misma no había terminado de ver.
—¿Siempre es así? —preguntó a Apolo con tono curioso.
Y por primera vez desde que el Dios de la muerte se había presentado ante nosotros, mi novio soltó una risa ligera.
—Es la defensora de los sentimientos de cada criatura existente en la tierra.
Sonreí apenas. No por lo que dijo Apolo, que era cierto, sino por cómo lo había dicho. Con esa voz suya que parecía bañada en luz, con ese orgullo suave que usaba cada vez que hablaba de mí frente a otros. Aunque ese “otro” fuera la muerte misma.
—No puedo evitarlo —admití, mirando de nuevo a Thanatos—. Me niego a pensar que incluso lo inevitable tiene que ser solitario.
El dios entrecerró los ojos, mostrando que aquella frase le causaba una punzada de algo que temía nombrar. ¿Nostalgia? ¿Tristeza? ¿Envidia?
—Lo curioso es que, cuanto más tiempo paso entre los mortales, más… los entiendo. A ustedes se les permite llorar, gritar, caer de rodillas por amor o pérdida. A mí me toca observar. Y seguir.
Sus palabras no eran un intento de obtener compasión. Lo supe por el tono, por la mirada que no buscaba lástima, sino simplemente comprensión.
—Debe ser horrible —dije, y esta vez no hubo sarcasmo, ni dureza, ni sombra de reproche. Solo verdad—. Vivir tan cerca de todo lo humano, y no tener derecho a sentirlo del todo.
Thanatos no respondió. Pero hubo un leve movimiento en su expresión, casi imperceptible, como si por un instante se desvaneciera la máscara que llevaba siglos adherida a su rostro.
—Es la primera vez que alguien me tiene compasión —murmuró, con la voz impregnada de incredulidad.
—Ella suele ser la primera para muchos de nosotros —comentó Apolo—. Para mí fue la primera vez que un mortal me encontró con la guardia lo suficientemente baja, como para golpearme en la cabeza.
—Estabas siendo un idiota. —Le di un golpe en el brazo. Él se encogió de hombros. Regrese mi atención al otro dios—. Y no tiene nada de malo, tú mismo lo acabas de decir, tienes sentimientos. Así que tienes el mismo derecho que todos los demás a que sean respetados.
Thanatos bajó ligeramente la mirada, no en gesto de derrota, sino de aceptación. Como si mis palabras hubieran sido una piedra lanzada a un lago dormido, removiendo algo en el fondo de su ser que no se agitaba desde hacía siglos.
—No sé qué harás con esa verdad —dije en voz baja, sin saber de dónde sacaba el valor para hablarle así—, pero ahora ya la tienes. No estás obligado a ser una sombra para siempre.
—Tal vez no —murmuró—. Pero siempre seré el final.
—Sí —admití—. Pero incluso los finales pueden ser hermosos si están bien contados.
Apolo apretó con suavidad mi mano. Cuando lo miré, su sonrisa era tan suave, tan orgullosa, que me dolió un poco el pecho de lo mucho que lo quería. A veces, eso también me asustaba. Que alguien me viera tan entera cuando yo misma seguía sintiéndome en pedazos.
—¿Vas a quedarte? —pregunté entonces, girándome de nuevo hacia Thanatos—. ¿O eso era todo?
—Era todo —respondió con suavidad—. No acostumbro quedarme mucho tiempo. Los lugares con tanto amor suelen incomodarme.
—Porque duelen —dije, no pregunté. Él asintió, apenas. Y me entró un poquito el bichito de la curiosidad—. ¿Conoces el amor solo por lo que dicen de mi padre o porque alguna vez estás enamorado?
¿Pueden culparme? ¿Cuántas veces tienen la oportunidad, en la vida, de preguntarle a la propia muerte si ha sentido amor por alguien?
Apolo se río por lo bajo. Thanatos enarcó una ceja.
—Soy la muerte.
—¿Y?
—Las personas no suelen enamorarse de la muerte.
—No te pregunté si alguien se ha enamorado de ti, te pregunté si tú te has enamorado de alguien alguna vez.
Thanatos me sostuvo la mirada. Fue un instante tan largo que comencé a pensar que no iba a responder. O que simplemente se esfumaría otra vez, como una sombra que no quiere enfrentarse al peso de lo que es. Pero no lo hizo. En vez de eso, bajó un poco la vista, y en su rostro se dibujó una expresión que no había visto antes en él.
¿Vergüenza?
—Nunca —dijo al fin, con esa voz suya que parecía arrastrar siglos de silencios—. Nunca me he enamorado.
Sus palabras no me sorprendieron. Pero sí la forma en que las dijo: sin orgullo, sin indiferencia. Solo con una especie de… fatiga. Como si fuera una verdad que no le doliera admitir, pero que ya ni siquiera esperaba cambiar.
—¿Por qué solo no pasó? —pregunté, inclinándome apenas hacia adelante—. ¿O por miedo?
Él alzó la vista. Sus ojos eran tan oscuros que por un momento sentí que me miraban desde el otro lado de todo lo que existe. Y en ellos, por un segundo, vi algo más que antigüedad o poder. Vi soledad.
—No es miedo —contestó, y su voz sonó casi… humana—. Es inutilidad. ¿Para qué enamorarse si nunca es correspondido?
No supe qué decir. Porque Thanatos no sonaba amargo. Ni siquiera triste. Estaba recitando un hecho. Como si dijera “el cielo es azul” o “todos los ríos llegan al mar”.
—He sentido afecto —continuó—. Curiosidad. Incluso ternura. Pero todo eso muere. Todo lo que toco muere. El amor es algo que florece. Y yo... yo no soy tierra fértil.
Me mordí el labio. No porque me doliera lo que decía —que sí—, sino porque no sabía si era correcto intentar contradecir a la Muerte cuando hablaba con tanta convicción de su propia incapacidad para ser amado.
—¿Y si no fuera así? —susurré—. ¿Y si un día… no muriera? No la persona. El amor.
Thanatos me miró, y sus labios se curvaron en una sonrisa leve. No burlona. Triste. Agradecida, incluso.
—Eres joven aún, Darlene Backer. Tienes la esperanza intacta.
—No tanto como parece —repliqué con una sonrisa de medio lado—. Pero me niego a creer que es algo que no le pueda pasar a todo el mundo. Todos merecen vivir el amor.
Apolo, aún a mi lado, soltó una risa breve y suave. Pero no interrumpió. Solo se limitó a observarnos. Sentí su pulgar acariciando distraídamente el dorso de mi mano, como si me mantuviera anclada a tierra mientras hablaba con el abismo.
—No es mi caso.
—Quizá algún día —dije, con un tono que no sabía si era burla, ternura o desafío—. Quizá alguien te vea como algo más que el final.
Thanatos suspiró. El sonido fue como una brisa fría que pasa por una ventana entreabierta al anochecer.
—No espero eso. Pero gracias. Si alguna vez sucede, me gustaría que fuese alguien como tú. Capaz de ver belleza incluso en la última página.
La puerta del pasillo se abrió de golpe, y el sonido de pasos sobre el suelo de madera anunció la llegada de mi madre antes de que la viera.
—¡Dari, amor! ¿Por qué no me dijiste que…? —Su voz se detuvo en seco.
Mamá se quedó en el umbral de la cocina, el cabello rosa chicle aún húmedo y descalza. Sus ojos volaron primero hacia mí, luego a Apolo, y finalmente se posaron en Thanatos.
—Oh… —Pestañeó varias veces—. Bueno… no me esperaba visitas.
La tensión que llenaba el aire segundos antes pareció agazaparse, como si la calidez de mi madre la hubiera intimidado un poco.
—Hola —dijo ella al fin, con una sonrisa encantadora, aunque algo nerviosa—. Soy Gillian. ¿Puedo ofrecerle café?
Me sorprendió que ella ni se inmutaba por el parecido con papá; más bien, daba la impresión de haber notado de inmediato que no era él.
Al principio pensé que Thanatos no iba a responder. Se quedó inmóvil, observándola con la misma expresión que tendría alguien al presenciar un fenómeno astronómico único, de esos que solo ocurren una vez cada varios milenios y que nadie sabe cómo procesar.
—Err… yo… Hmmm. Verá… —Sonó como si tuviera una papa en la boca.
Abrí los ojos asombrada. Miré a Apolo, esperando que él hubiera visto lo mismo que yo. ¡Thanatos se había sonrojado!
Apolo estaba boquiabierto.
Lo juro por los dioses, me tomó un segundo entero entender lo que estaba viendo.
Thanatos. El mismísimo dios de la muerte pacífica. El susurro final. El que acababa de decirme que jamás se había enamorado porque no tenía sentido intentarlo. ¿Él? ¿ÉL? ¿Sonrojado?
Mamá, mientras tanto, no parecía haber notado nada extraño. O sí lo había notado, pero decidió ignorarlo por cortesía, como hace con los sátiros que se aparecen en la cocina pidiendo avena.
Caminó hacia la cafetera con la misma tranquilidad con la que se prepara un desayuno diario. Incluso si no supiera quién era él, debería sentirlo. Yo lo había sentido, su presencia me era antinatural. Pero ella no. Ni una gota de miedo en su andar. Ni un gesto que revelara que entendía el abismo que se alzaba apenas unos pasos más allá.
—¿Le gusta con azúcar o sin? —pregunto con el tonito de perfecta anfitriona inglesa que mi abuela le había enseñado—. Tengo pastelitos de limón, si quiere acompañar el café.
—Azúcar… por favor —logró decir, algo tartamudo.
Me llevé una mano a la boca. Apolo, a mi lado, todavía parecía no entender en qué dimensión acabábamos de aterrizar.
—¿Estás… viendo esto? —le murmuré al oído, apenas.
—Estoy tratando de entender en qué momento pasamos de una advertencia de que te perdería para siempre a que Thanatos esté babeando por tu madre —confesó atónito.
Mamá sirvió el café y lo dejó frente a él, luego se volvió hacia mí con una expresión desenfadada.
—¿Quién es tu invitado, cielo?
Ahí fue cuando Thanatos volvió en sí. Se aclaró la garganta, ¡se aclaró la garganta! y se puso de pie, inclinando la cabeza.
—Mi nombre es Thanatos, señora. Soy… bueno, soy la Muerte.
Ella se quedó en silencio un segundo. Luego, sonrió más.
—Oh, sí, tiene sentido —dijo como quien descubre que tiene razón sobre una predicción del horóscopo—. Tiene ese aire sombrío, como de actor de cine francés deprimido. Pero me gusta. Le queda bien.
Fue ahí donde me rendí por completo y escondí el rostro en el hombro de Apolo para no reír a carcajadas. Sentí su cuerpo temblar de la risa contenida mientras me abrazaba con fuerza, como si estuviéramos presenciando el evento más raro del milenio. Que probablemente lo era.
Thanatos asintió, incómodo. Bajó la vista al café con azúcar y fijó los ojos en el vapor que se elevaba, entregándose a su contemplación con la atención de quien ha descubierto un enigma antiguo.
—Gracias por la hospitalidad —dijo finalmente, con una nota rara en la voz—. No estoy acostumbrado a… esto.
—¿Al café? —preguntó mamá, sentándose frente a él con su propia taza.
—A la calidez humana —respondió él sin levantar la mirada.
El dios sostenía la taza con ambas manos, tratando de no quebrar su delicado equilibrio, demasiado frágil, demasiado cálido para su naturaleza. Parecía que al apretarla un poco más, podría desintegrarse entre sus dedos, y si la dejaba enfriar, corría el riesgo de perder algo irremplazable.
Nunca pensé que vería a la Muerte encogido sobre una taza de café, como un adolescente en su primera cita.
Mi madre, por supuesto, no ayudaba. Se había acomodado frente a él y le sonreía como si no le temiera.
Y no es que ella estuviera siendo coqueta ni nada, era su naturaleza, demasiado cálida, demasiado amable. La misma que me abrazaba cada mañana, que invitaba a los sátiros a almorzar, que le daba la bienvenida a los dioses extraños que se pasaban por aquí, y que ahora estaba, derritiendo lentamente la coraza más antigua y temida por la humanidad.
Papá iba a estar tan feliz.
Tarde mucho tiempo en subirlo porque no estaba segura de hacerlo oficial, pero como tantas votaron porque lo subiera, bueno, acá esta.
La apariencia de Thanatos acá es parecida a Eros, pero más adelante va a cambiar a como lo describen en el libro de el hijo de Neptuno. Así que el fc es solo por este capítulo. Se dice que él y Eros son a menudo confundidos, así que deberían verse iguales.
Pero luego Rick le da otra descripción que no encaja con eso, así que jugué con el hecho de que no da que le haga acordar a Gillian a su ex.
Quiero dejar en claro de nuevo, Gillian no estaba coqueteando, ella es así con todos. Además, lo último aire tiene en mente es tener una relación con otro dios, quedó espantada y una parte de ella sigue esperando que Eros la elija. No le gustan las relaciones con los dioses, menos los casados, a Apolo lo tolera porque hace feliz a Dari pero lo tiene vigilado.
Voy a admitir que la otra opción era el poliamor con Eros y Psique, tenía algunas ideas de como hacerlo, pero desde que pensé en darle un amor con otro dios, Thanatos siempre estuvo en mi mente como primera opción. Yo creo, que si existe una canción que describiría su relación seria Segundos Platos de Morat.
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